11 de diciembre de 2018
11.12.2018
Tribuna

Autoestima, la enseñanza de los tramposos de Shenzen

10.12.2018 | 20:51
Autoestima, la enseñanza de los tramposos de Shenzen

Los maratones, circuitos de 42 kilómetros o medios maratones de 21, son eventos populares que ganan cada vez más adeptos en muchos países.

Salvo unos pocos profesionales, para la gran mayoría de participantes es un evento lúdico y una experiencia íntima de superación. De hecho, muchos acaban caminando cuando ya no pueden seguir corriendo por agotamiento. No hay otro premio que la satisfacción personal.
El pasado mes de noviembre se celebró en la ciudad china de Shenzen el medio maratón. Una carrera popular como las que se realizan en todo el mundo en la que participaron 16.000 personas.

Más allá de la cuestión ética, que quien juegue por dinero haga trampas es fácil de entender. Es más curioso, y por lo tanto más interesante, que alguien haga trampa no habiendo nada que ganar.

Otro tanto puede plantearse en el reciente escándalo protagonizado por los fanáticos argentinos del fútbol en el insólito enfrentamiento que tuvo como desenlace tener que jugar este pasado domingo en Madrid.

Las cúpulas dirigentes de los Barras Bravas, grupos de fanáticos radicalizados, ganan poder, influencia y dinero, pero las huestes solo pueden aspirar a la efímera vivencia de gloria de pertenecer al equipo ganador, o sea nada de nada.

Pues eso es lo que ocurrió en el maratón de Shenzen... y no fueron solo un par de frikis los que por nada hicieron trampa, fueron descubiertos y sancionados.

Gracias al moderno sistema de control aéreo se detectaron a 258 participantes haciendo trampas. La mayoría cogiendo un atajo entre unos árboles que les ahorró 3 kilómetros de los 21.

Es inevitable preguntarse que demonios ganaban si se trataba solo de subir unos puestos entre miles de clasificados, ya que los corredores profesionales son inalcanzables para un mortal de a pie, nunca mejor dicho.

Una primera respuesta es fácil, vanidad. Pero detrás de ese hecho caricatural hay un tema profundo y presente en las angustias de más de uno.
Pese a las discusiones en torno a la validez de sus teorías hay en la obra de Sigmund Freud algunas herramientas imprescindibles para explicar fenómenos como este que parecen escapar a toda lógica.

En 1914 Freud utilizó por primera vez la expresión "Ideal del Yo" en su libro Introducción al narcisismo. El Ideal del Yo es algo así como el metro patrón, la medida que cada individuo considera suficiente para sentirse digno de ser valorado y amado por los demás, y por si mismo. Se origina en las idealizaciones infantiles de las figuras paternas y, en algunos casos, puede alcanzar exigencias imposibles.

Detrás del popularizado término autoestima se esconde la magnitud y el equilibrio del Ideal del Yo de cada individuo. Cuando el Ideal del Yo es demasiado elevado conformarlo se vuelve una tarea penosa. Al cruel dispositivo interno no lo conforma nada que no sea una proeza.
No son pocos los que mueren en deportes extremos intentando realizarlas. Síntomas como el pánico escénico, los complejos de todo tipo y la inseguridad social se deben a la atribución imaginaria de las exigencias propias a la mirada de los demás. A este mecanismo mental Freud lo llamó proyección.

La mayoría de mujeres y hombres que pasan por quirófano para intervenciones de cirugía plástica, algunas bastante cruentas, no lo hacen para aumentar sus posibilidades de éxito sexual sino por "verse mejor".

Puede que los corredores tramposos de Shenzen optaran por una forma más práctica de subir su autoestima, ahorrándose unos kilómetros... solo para contárselo a ellos mismos!

* Psicólogo clínico

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