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La última voluntad de los musulmanes de Mallorca: más tumbas

Reclaman sepulturas para enterrarse de acuerdo con su culto en una isla que suma cuarenta parcelas para una comunidad de miles de personas

Mariano Mayans: "Cuando muera quiero que me entierren aquí"

Mariano Mayans: "Cuando muera quiero que me entierren aquí" MARÍA PEDRAZ

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Mariano Mayans: "Cuando muera quiero que me entierren aquí" Jaume Bauzà

Igualdad de derechos en vida, pero no en la hora de la muerte. Es la denuncia que hacen los musulmanes residentes en Mallorca, que ven vulnerado su derecho a un enterramiento que respete su confesión por falta de sepulturas. En la mayoría de los casos se opta por la repatriación del cadáver al país de origen o en el que exista algún vínculo familiar, pero para una parte de ellos este camino de vuelta no es una opción. 

«Una vez alguien me dijo que cuando muera que repatríen mi cadáver a Marruecos. ¿Y qué pinto yo enterrado en Marruecos?», se pregunta Mariano Mayans, mallorquín que abrazó la fe musulmana hace veinte años. 

Mayans es uno de los miles de españoles conversos que, se estima, viven en el archipiélago. Y uno de los promotores del cementerio islámico de Palma, un pequeño rincón del camposanto de Son Valentí en el que se agrupan 39 tumbas y un osario. Bautizado como Jardí de l’Islam, son las únicas sepulturas de toda Balears que respetan el rito musulmán: están orientadas hacia la Meca y carecen de cruces y ornamentos que las identifiquen.

«Lo que pedimos a los ayuntamientos de las islas, que son los que tienen las competencias, es que se lean la ley de régimen local y cumplan con esta normativa. Como ciudadano español tengo derecho a asistencia sanitaria, educación, policía local para garantizar mi seguridad y que respeten nuestras creencias, lo que incluye un lugar de enterramiento que se adapte a nuestro rito», manifiesta Mayans.

Mariano Mayans, en el cementerio musulmán de Palma MARÍA PEDRAZ

Son Valentí contabiliza 39 parcelas —cuatro de ellas para niños— aunque el Ayuntamiento de Palma, que gestiona el cementerio a través de la Empresa Funeraria Municipal (EFM), las eleva a un total de cincuenta. La empresa ha presentado alegaciones al Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) para recalificar una serie de terrenos libres dentro del cementerio y así ampliar el número de sepulturas, pero el proceso, de culminarse, llevará meses o años. La demanda supera ampliamente la disponibilidad de espacio porque ese medio centenar de parcelas son las únicas que hay en todo el archipiélago para una comunidad de alrededor de 60.000 musulmanes.

De este modo, las parcelas solo pueden alquilarse por espacio de cinco años. Tal como denunció una mujer en este diario el pasado abril, la EFM le había comunicado que debía exhumar los restos de su padre en breve porque estaba a punto de cumplir ese plazo. Sin ofrecerle más alternativa que el osario común. 

Para la comunidad islámica Ihsan de Balears se trata de una cuestión de derechos. «Si somos un país aconfesional y un cristiano tiene su espacio, por qué no lo tiene un musulmán. Si puedo profesar mi religión en toda su intensidad, por qué esas trabas a la hora de enterrarme», se pregunta Catalina Llinàs, mallorquina que se convirtió al Islam hace casi treinta años y que lamenta lo complicado que sigue resultando el día a día de una musulmana conversa. Sobre todo para las que, como ella, llevan el «uniforme», dice con sorna.

Catalina Llinàs, en Palma. J.B.

«Los políticos no tienen suficiente presión en este tema. Los musulmanes mallorquines estamos en una especie de limbo porque no estamos respaldados por nuestra propia sociedad. Siempre hablo mallorquín, es mi lengua, soy autóctona, pero frecuentemente te preguntan de dónde eres tú o de dónde eran tus padres. Así que por parte de la sociedad no hay una presión para ayudarnos, sigue habiendo discriminación y racismo. Me ha pasado que me digan que me vaya a mi país, cuando nací en Palma. Sientes ese rechazo de la sociedad, y la sociedad es reflejo de los políticos, o al revés», lamenta Llinàs. 

Asiente S.G. — prefiere conservar el anonimato— , española residente en Mallorca y también miembro de la comunidad Ihsan en las islas. «La realidad es que todos vamos a morir, seas de la religión que seas. Nacemos y morimos, todos seguimos el mismo camino y en teoría mientras vivimos tenemos los mismos derechos. Entonces, ¿por qué no los tenemos también al final?», se pregunta. 

«Si hablamos de Palma, nos gustaría que el Ayuntamiento nos cediera un terreno, con un contrato a diez o quince años por el que pagaríamos un alquiler. Es esencial tener espacio, un cementerio musulmán necesita unas dimensiones mínimas porque nuestra confesión no contempla la cremación, solo la inhumación», explica S.G.

Estas dos mujeres lamentan que la problemática no se limita a las 39 sepulturas que se agrupan en Son Valentí ,y el límite de cinco años para inhumar un cuerpo. «Allí hay muchos fallecidos en el limbo, musulmanes que no tenían familia ni vínculos en la isla que se quedan en una nevera porque nadie los reclama», aseveran. 

Los cuerpos de la gran mayoría de musulmanes que fallecen en Balears son repatriados a algún país musulmán. En algunos casos porque esa es la voluntad que expresan antes de morir, y en otros porque no les queda más remedio. Por lo general, contratan un seguro de repatriación que abarata un trámite que cuesta en torno a seis mil euros. «Hemos gestionado repatriaciones al cementerio de Málaga, que es el más cercano a Mallorca en disponer de sepulturas para musulmanes. Pero no siempre tienen espacio porque allí también hay una comunidad musulmana importante», señala S. G.

Falta, lamentan, más sensibilidad por parte de las administraciones y de la sociedad. Aunque también reconocen la dificultad de crear un frente común dentro de la propia comunidad musulmana, muy numerosa pero también muy diversa y con diferentes niveles de formación e integración en las islas.

El Jardí de l’Islam celebró el primer entierro en 2010 tras años de polémicas y frustraciones


El Jardí de l’Islam, una parcela del cementerio municipal de Son Valentí en el que se agrupan 39 sepulturas musulmanas y un osario —aunque el Ayuntamiento de Palma las eleva a cincuenta— se terminó en 2009 y acogió el primer enterramiento siguiendo el rito islámico en 2010. 

Mariano Mayans, entonces miembro de la Fundación es Sirat, fue uno de los interlocutores de la comunidad islámica ante el Ayuntamiento de Palma durante años de negociaciones y frustraciones. El primer proyecto contemplaba 71 sepulturas, pero se paralizó una vez aprobado porque se había proyectado en un terreno catalogado como zona verde. 

«El actual cementerio es la mitad de lo que se nos prometió al principio, y es insuficiente. Cuando tratamos aquel tema hice una relación de leyes orgánicas que se estaban incumpliendo, incluyendo la Constitución, la ley de Extranjería o la del Régimen Local», destaca este mallorquín que abrazó el Islam hace veinte años. 

«Cada día se muere gente musulmana y muchos no queremos ser enterrados en otros lugares. En un cementerio de Marruecos no se me ha perdido nada, yo soy español, y quiero que me entierren donde he vivido toda la vida», manifiesta Mayans. 




 

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