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Trámites de los refugiados en Mallorca: «Ya tenemos la tarjeta sanitaria y cita con el médico; mi hermana necesita sus medicinas»

Margarita Reznik, afectada por una migraña crónica, es uno de los 412 refugiados ucranianos acogidos temporalmente en la isla que ya posee el documento para la asistencia sanitaria

Margarita y Kristina Reznik, con el documento sanitario que les permite acceder a los servicios de salud públicos. Manu Mielniezuk

Diez de la mañana en el centro de salud Escola Graduada en Palma. Se abre la puerta y Margarita Reznik sale con el rostro iluminado porque poco a poco va solucionando sus problemas y superando las barreras que se presentan cuando se llega con lo puesto a un país nuevo. En breve podrá conseguir los medicamentos que le alivian la migraña crónica que padece. La joven de 19 años llegó a Mallorca huyendo de la guerra de Ucrania el pasado día 13. En sólo diez días ya posee el documento que le abre las puertas a la asistencia médica pública en las islas. De momento, tiene en su poder una suerte de resguardo que es igualmente válido que la tarjeta de plástico, «el problema es que en este centro se han quedado sin tarjetas y por eso no se la han podido imprimir ahora mismo», explica a este periódico su hermana Kristina, que lleva viviendo en Palma desde el año 2018. «También pedí el asilo porque en mi ciudad, Melitópol, los rusos querían crear una base militar y ya había mucha tensión en la zona», relata. 

Su hermana residía en Dnipró y se sumó al éxodo por Polonia. Llegó muy cansada y sólo le dio tiempo de coger la poca medicación que le quedaba en casa para su migraña crónica. Ahora lleva días sin tomarla porque no le quedan pastillas y sólo se sirven con receta médica. Una prescripción que podrá conseguir hoy mismo, pues tiene cita con el médico en el centro de salud. «Esperamos poder tener en breve la tarjeta porque es más sencillo que te la pasen en la farmacia y no tener que venir a buscar la receta impresa, pero no pasa nada, estamos contentas», confiesa Kristina, quien tiene alquilada una habitación en un piso del barrio de sa Gerreria «Mi hermana vive ahora conmigo, no tenemos nada más, Yo tengo un pequeño sueldo, cuido por las noches a personas mayores en domicilios particulares. Yo duermo en sus casas, así que le cedo mi cama, que es de las pequeñas, a mi hermana. La otra opción que nos quedaba era que alguna de las dos durmiéramos en el suelo», cuenta. «De momento nos estamos arreglando así, pero, claro, ahora todos los gastos se duplican». 

El periplo burocrático para regularizar la situación de Margarita arrancó el lunes 14 de marzo. «Fuimos a la comisaría de la Policía Nacional. Allí rellenamos un papel con todos sus datos, por qué pedía el asilo y entregamos una fotocopia de su pasaporte. Nos dieron cita para el lunes siguiente, que fue cuando ya entregamos una foto y le tomaron las huellas», explica sobre el trámite de conseguir el NIE. El proceso de Margarita como refugiada temporal ya está activo, lo que supone que puede acceder a derechos de residencia, trabajo, sociales, sanitarios o a la educación pública. «La figura jurídica a la que se están acogiendo ahora mismo los ucranianos que huyen del conflicto se aprobó durante la guerra de Kosovo, pero no llegó a aplicarse nunca», informan desde Delegación del Gobierno a este diario.

Sobre el papel suena muy bien, pero no es todo tan rápido y es una figura que tiene en principio una duración de un año, 12 meses que serían prorrogables

Kristina también ha acompañado a su hermana a la Cruz Roja, desde donde asesoran y acompañan a los refugiados temporales con diferentes acciones. «Nos han cogido los datos y tenemos una cita mañana con ellos», detalla. «Allí hemos preguntado por los cursos de español, porque mi hermana no sabe hablar ni una palabra», dice Kristina, «y el idioma es muy importante para integrarse y encontrar trabajo. Y queremos que nos informen de los programas que tienen de orientación laboral o a qué otro tipo de ayudas económicas podemos acceder, como por ejemplo subvenciones para alquilar un piso».

Margarita trabajaba en Dnipró como camarera. «Aquí también podría trabajar de lo mismo, a ella le gusta, y hay muchos turistas y ella es muy abierta y amable. Creo que tendría posibilidades», opina Kristina, quien después de su trabajo por las noches hace de voluntaria en el polígono de Son Castelló recogiendo ayuda y material para enviar a su país que está en guerra. «También estoy apoyando y acompañando a muchos refugiados que están llegando a la isla a la Policía Nacional o a la Cruz Roja».

En las próximas horas, aterrizarán en Mallorca la madre y la hermana pequeña de 15 años de Kristina y Margarita. También huyen de las bombas constantes y de los aviones rusos. «Mi hermana cuando escucha aviones por aquí todavía se asusta. Los primeros días cuando íbamos por alguna calle tranquila y alguien cerraba fuerte una ventana ella daba un salto y se tapaba los oídos, llegó traumatizada», narra Kristina. Con el paso de los días, se impone la necesidad de seguir una rutina para salir adelante.

Las dos hermanas saben que ahora tienen un problema que les urge solucionar: buscan un lugar donde puedan quedarse de forma temporal su madre y la pequeña de la familia. «En mi habitación no caben, es imposible, estoy haciendo lo posible por que alguien nos ayude durante unos días», solloza Kristina. Al Hotel Covid tampoco pueden acudir, «del 25 al 30 tienen que ir liberándolo, nos han dicho». El motivo es el fin del convenio por parte del Govern con sus propietarios.

«Nuestro sueño es poder vivir las cuatro juntas en un mismo piso. Sé que es algo muy difícil, pero intentaremos conseguirlo. Nosotras queremos trabajar, hacer vida aquí en España. Uno de los anhelos de mi hermana Margarita, al igual que cualquier otra chica de su edad, es poder sacarse el carné de conducir. Y a la pequeña en cuanto podamos la matricularemos en el colegio», expone. 

En este punto, el de la educación, Kristina comenta que hay algo que le inquieta. «Para apuntarla y hacer primero de Bachillerato me han dicho que ha de estar empadronada y he mirado las citas del padrón en Palma y no hay hasta día 22 de abril. Si la empadronamos ese día, ¿qué hará, un mes de clases? Entre la guerra y esperar a esa cita del padrón y entregar los papeles a Educación mi hermana habrá perdido cuatro meses de estudio», lamenta Kristina.

Agredida en el bus por una rusa

Hay otro hecho que perturba a esta voluntaria ucraniana. Y son las agresiones que está sufriendo en Palma por parte de otros ciudadanos, «casi todos ellos rusos». Desde que estalló la guerra, Kristina lleva siempre una pulsera de la que sobresalen cintas con la bandera de su país. «El otro día en el autobús una mujer rusa me increpó, me dijo que cómo podía apoyar a mi país, con lo que estaban haciendo en la guerra. Yo la entendía porque el ruso es también mi lengua materna. Se puso muy agresiva conmigo. Yo le pedí que me dejara tranquila. Un hombre tuvo que intervenir para defenderme», cuenta. También le han llamado «fascista» por la calle. «Un señor se lo estaba explicando a sus hijos en voz alta: ‘¿Ves a esa chica con esa bandera? Son fascistas’». A Kristina le apena mucho que la tensión se esté extiendo por todas partes. «La guerra entre los rusos y ucranianos también está empezando aquí, en Mallorca. Los ánimos están caldeados. Prefiero que no pongas en el reportaje el nombre de la calle donde vivo, empiezo a tener un poco de miedo», confiesa.

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