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Análisis

No es rigor, es frivolidad

Las sanciones económicas contra los mallorquines desalmados, que se atrevan a respirar una sola vez sin mascarilla, fueron presentadas por Margalida Frontera. Esta investigadora, que no policía, carece de cargo jerárquico alguno en el Govern multador. Consta como mera "asesora técnica" durante la pandemia, aunque antes fuera una excelente directora general. No ostenta potestad punitiva o legislativa. Desde luego, no firma el Decreto, y su iconografía en las redes muestra una notoria relajación respecto al distanciamiento social. Son notorias las dificultades de la consellera Patricia Gómez para distinguir a un virus de un mamífero, y Armengol escurre el bulto ante las situaciones comprometidas. Sin embargo, ceder la batuta económica a Frontera demuestra que la mascarilla omnipresente no es rigor, sino frivolidad.

Tras anunciar las multas para las que no posee competencias, Frontera fue incapaz de delimitar científicamente, por citar su aparente parcela de autoridad, las razones que obligaban a una medida que endurece el Decreto del Gobierno. Se refugió en la manoseada "relajación", de escaso valor. Y desde luego, no fijó el momento o las circunstancias que relajarían el amordazamiento de la población. Por tanto, no hay rigor, sino frivolidad.

Pilar Costa, de nuevo sin la consellera del ramo ni la presidenta, tampoco explicó ayer qué fuerza policial vigilará a los viandantes. Mallorca no tiene Mossos como Cataluña, y los años empezaban por 19 la última ocasión en que se avistó a un Policía Local patrullando las calles. El Govern se relamió con multas de 600 mil euros, sin añadir que serán convenientemente anuladas por el Tribunal Superior, al igual que ha ocurrido con las macrosanciones a Airbnb o Vueling. Es decir, no hay rigor, sino frivolidad.

Por último pero no menos importante, el mismo Decreto que impone la mayor limitación de la historia a los viandantes, permite que los taxis viajen repletos. Con estos no hay bromas, porque rompen cosas cuando se enfadan. Un paseante solitario por el campo mallorquín mirará al cielo si su mascarilla se lo permite, y verá un avión con dos centenares de pasajeros enlatados. No es rigor, es frivolidad.

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