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Opinión

Nadie va a ir a ver una capea

Nadie va pagar por ver una capea , que es lo que el Parlament define como corrida de toros a la balear, con lo que los espectáculos...

Nadie va a ir a ver una capea

Nadie va pagar por ver una capea , que es lo que el Parlament define como corrida de toros a la balear, con lo que los espectáculos taurinos clásicos pasarán a la historia en las islas.

La Cámara autonómica, que es incapaz de poner coto al desmadre del alquiler turísticoalquiler turístico y garantizar a los residentes el acceso a una vivienda digna, se reviste de animalista y prohibe, de facto, las corridas de toros, como ya hicieron hace años sus homólogos catalanes.

Las corridas a la balear son un engendro como si en el fútbol se prohibiera marcar goles y los partidos se limitasen a diez minutos de pachanga entre los dos equipos. Eso no es fútbol. Lo otro tampoco son toros.

Lo de la tauromaquia en España va por regiones. A nadie, ni tan siquiera a Bildu (que sí vetó las tardes de toros en San Sebastián) se le ocurriría perseguir las corridas y los encierros en Pamplona.

En Balears, todo hay que decirlo, en las últimas décadas no ha habido un apego social a los espectáculos taurinos, reducidos a unas pocas tardes en Mallorca y muchas veces organizados como reclamo (sin éxito) para turistas foráneos.

Por eso pocas voces se van a alzar contra los legisladores tramposos que ahora llaman corridas a las charlotadas.

Quizás alguno tenga el prurito de llevar la ley balear al Constitucional y gane el pleito, pero eso cuesta dinero y tiempo. Para entonces ya no habrá paseíllos, monosabios, picadores, estoques, espadas, mulillas y banderillas. Habrá que ir a otras plazas peninsulares para presenciar un espectáculo sangriento, pero en ocasiones sublime.

Prohibir algo que lleva siglos arraigado en España, que es un motor económico para el campo y la ganadería, y con lo que muchos disfrutan no es sensato.

Las corridas deberían desaparecer o perdurar si lo quiere el público y no por el capricho de los gobernantes, movidos muchas veces por un puro afán electoralista. Los toros forman parte de la cultura española, aunque a algunos les duela y les produzca urticaria.

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