Oblicuidad: Maria Callas y Aristóteles Onassis acabaron a golpes en Mallorca

La inauguración del lujoso hotel Son Vida fue concebida para lograr el matrimonio del magnate y la diva, incluida la improvisación de una banda musical con el armador, Grace y Rainiero de Mónaco

Maria Callas y Aristóteles Sócrates Onassis en el hotel Son Vida.

Maria Callas y Aristóteles Sócrates Onassis en el hotel Son Vida. / DM

Matías Vallés

Matías Vallés

L a noche mallorquina acabó tal como merecía la fama del idilio tormentoso entre Maria Callas y Aristóteles Sócrates Onassis. El armador y la diva, a esas alturas con más nombre que voz, rodaron cuesta abajo por el inmaculado césped del hotel Son Vida, seguramente el más legendario de la isla. No se trataba de una escaramuza erótica, aunque hubiera costado efectuar la distinción dado el historial de los beligerantes antes que amantes. Ambos mitos, del dinero y del arte, la habían emprendido a puñadas. Se desarrollaba sobre el verde una escena de violencia de género con los ojos actuales, pero la cantante ahora centenaria golpeaba con la misma fuerza que el magnate, que siempre llevaba un manojo de billetes en el bolsillo de la americana para no perder conciencia de su poder.

La paliza mutua tuvo lugar en octubre de 1961, la pareja navegaba a bordo del yate Cristina donde también atrajeron a Mallorca a un político de cierta nombradía, el bravío Winston Churchill que ya no estaba para pegarse con nadie. El yate disponía de camarotes de lujo suficientes para cobijar asimismo a Grace y Rainiero de Mónaco, los anfitriones efectivos de la inauguración del hotel Son Vida. Los príncipes monegascos querían celebrar su quinto aniversario de boda en la misma isla que visitaron con motivo de su luna de miel, por lo que compatibilizaron amor y negocios en su calidad de accionarios del establecimiento. Y es posible que todos los personajes citados en este párrafo empalidecieran frente a Jacqueline Onassis, nacida Bouvier y viuda de Kennedy, que acabó desplazando a la Callas y que nunca se pegó con su marido armado y armador. Solo guerreaban desde la melancolía. Como buena afrancesada, la primera dama de la Casa Blanca y del Cristina encontró un hueco en su gira mallorquina para visitar y admirar la Catedral palmesana, la única del mundo que se reflejaba en el mar. El yate no atracaba por entonces, sino que fondeaba en la bahía para que sus ilustres pasajeros se desplazaran al puerto en lancha motora.

La travesía no se limitó a Palma, el magnate y la soprano se habían alojado antes en el Formentor auténtico, el único hotel que puede competir en currículum con el Son Vida. En el paraíso a la sombra del norte de la isla también se las tuvieron tiesas los enamorados, pero no hay razón para convertir este texto en una crónica de sucesos. Callas y Onassis se amaban con violencia.

Se sabe todo de aquella inauguración con pompa franquista del hotel mallorquín, porque entre los invitados sobresalía Elsa Maxwell. Es imposible comparar a la deslenguada cronista social estadounidense con ninguna de sus humildes equivalentes españolas. Escribía con veneno, su pluma fue decisiva para calibrar la cantidad de champán consumido por Onassis y Callas durante la velada en que llegaron a las manos.

Y Elsa Maxwell no era la única rapaz estadounidense en la inauguración, la acompañaban sus inseparables rivales Hedda Hopper y Louella Parsons. La noche mallorquina protagonizada por Maria Callas fue bautizada por la revista Jours de France como «La fiesta más extraordinaria del año».

Atendiendo a la tradición periodística de inventar la noticia cuando no sobreviene espontáneamente, Elsa Maxwell fue decisiva para que una de las tres noches consecutivas de festejos arrinconara los uniformes militares del franquismo para montar una improvisada orquesta. Antes de empezar a pegarse, Onassis cantó como un crooner otoñal y la Callas empuñó sonriente las maracas. La percusión se completaba con la batería aporreada por Rainiero, mientras la propia periodista se encargaba del piano. La alineación se completaba con Ortiz Patiño, el magnate del estaño y playboy sobresaliente, que se encargó del contrabajo.

La greconorteamericana Callas fue decisiva en el repertorio escogido por la orquesta, que encaminó hacia el folklore griego. En su papel de acreditada compositora y componedora, Elsa Maxwell se había propuesto que el viaje a Mallorca desembocara en el matrimonio del armador y la cantante. Al ver frustrada su misión de casamentera, la periodista compuso una imagen agridulce de la figura de Onassis. «Es un cínico romántico que asusta, una paradoja porque puede ser extremadamente amable y extremadamente cruel. Siento admiración por esta figura fantástica».

Hollywood rindió homenaje al romance mallorquín de Onassis y Callas, al rodar en Mallorca buena parte de su biopic a dos voces, con Anthony Quinn en su segundo gran papel griego después de Zorba, y con la delicada Jane Seymour de diva operística. Se alojaron en el más modesto hotel Bellver, situado junto al paseo marítimo donde había fondeado el Cristina original de Onassis.