Oblicuidad

No se hizo la cárcel para Shakira

«Las mujeres no lloran, las mujeres facturan y pagan impuestos».

«Las mujeres no lloran, las mujeres facturan y pagan impuestos». / E.P.

Matías Vallés

Matías Vallés

Se repite a menudo el experimento de incluir una cláusula estrambótica en los contratos telefónicos o bancarios, del estilo de «el cliente se compromete a cortarse un dedo cada lunes», en la seguridad de que nadie va a reparar en este incisivo apartado. En el caso del pleito de la Agencia Tributaria contra Shakira, por una evasión multimillonaria de impuestos ampliamente documentada y reconocida por la protagonista, se debió llevar a cabo la misma investigación social. Titulares como «Piden cien años de cárcel para la cantante», o «Exigen 3.500 años de trabajos forzados para la artista», hubieran pasado tan desapercibidos como los efectivamente publicados. La indiferencia numérica obedece a una razón muy sencilla, nadie se lee un contrato y mucho menos se imagina que un personaje con el poderío supremo de la colombiana pueda ingresar en prisión. Y si alguien duda de este razonamiento encadenado, puede desmentirlo sin más que responder a una pregunta, ¿cuántos años de cárcel pedía la Fiscalía a Shakira el día del inicio de su juicio?

No se hizo la cárcel para Shakira, ni para Messi, y mucho menos para una testa coronada con independencia de la magnitud del fraude cometido. Tampoco se diseñaron las prisiones para acoger a figuras de la talla de Rodrigo Rato, y en algún momento habrá que explicar por qué los políticos omnipotentes no han gozado de un escudo a la altura de los grandes artistas. Sirva de ayuda la prueba fehaciente de que para un jurado popular es más fácil condenar a Harvey Weinstein, un monstruo desconocido para la mayoría de los ciudadanos, que a Kevin Spacey o Johnny Depp, investidos del aura de las interpretaciones fantásticas. Pertenecen a los sueños de la población, al igual que los reyes.

Cabe establecer a priori que el acuerdo con un famoso, que supone extraerle una cantidad millonaria para hospitales y escuelas, siempre debe ser bienvenido. No se interviene aquí en el plano prosaico del dinero, sino en el funcionamiento de las excelsas mansiones olímpicas. Cuando se pacta con Shakira, Messi y todos los demás, no se difunde la imagen de un sometimiento a la ley de los mitos, más divinidades que divos, sino que se interpreta la tregua como una concesión de los intocables. Así ocurrió por ejemplo cuando se pretendía que el populacho agradeciera a Juan Carlos I su cumplimiento a la fuerza con los deberes tributarios.

La pena fundamentalmente económica aceptada por Shakira debió incluir la exigencia de una corrección en la letra de su canción primordial, que pasaría a recitarse «las mujeres no lloran, las mujeres facturan y pagan impuestos». Queda derribada así cualquier pretensión de altruismo de los mitos con jet privado, y si desean una interpretación populista del fenómeno, la masa no permite que ningún tribunal le dispute su privilegio de hundir a una estrella. Ocurrirá, pero solo cuando la plebe lo decida.