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EL RECUERDO

El mascarón de proa de mi vida

El guionista de la película póstuma de Agustí Villaronga, ‘Lola Tormento’, evoca su estrecha relación personal, alimentada durante nueve años compartiendo piso en Barcelona, y profesional

El sábado, cuando me despedía de Agustí, le cogía de las manos y, al notarlas frías, muy frías, y escuchar su respiración profunda y extenuada, me vine abajo por completo. No lo pude evitar. Pero de repente frené en seco. No por Agustí, sino por mí. Por salvar mi cara. Porque tal y como era él, pensé: «Este se levanta ahora ¡y me da un bofetón!». Y luego me habría dicho: «Pero atontao, ¿se puede saber qué haces? Anda, anda…Tira para allá». Y me habría echado de la habitación.

Así era Agustí, un ser único. Y cuando digo único, lo hago como si la palabra saliera lavada y recién peinada del diccionario. Con él compartí piso durante nueve años y medio en la calle de Trafalgar de Barcelona. Mi momento preferido del día era el desayuno. Yo esperaba a que Agustí se levantara y cuando aparecía por la puerta del comedor, con su pijama azul y su camiseta gris, entonces sí me sentía en casa. Entraba en la estancia dando un saltito brusco, como si tuviera un resorte, y empezaba a recitar una canción de Bertolt Brecht interpretada por Massiel cuyo estribillo decía así:

«La vida es bella / Vivámosla pues / Vivirla en libertad / Cosa es de rey».

Y seguía canturreando y canturreando sin parar. Imitaba a Massiel en el espectáculo homenaje al dramaturgo alemán A los hombres futuros: Yo, Bertolt Brecht, en el que la cantante trabajó con Fernando Fernán-Gómez y que se estrenó en 1970. En 1972 Ariola grabó un disco para inmortalizar aquel espectáculo. Pues bien, había días que, si Agustí se levantaba de buen humor, te podía cantar todo el disco contoneándose al más puro estilo Massiel entre platos y tazas de café. Y había días que, si no amanecían bellos, por lo que fuera, él te lo recordaba simplemente tarareando aunque solo fuera el estribillo de aquella canción para que no te olvidaras: «La vida es bella, vivámosla pues».

Agustí, cuando se ponía guapo, con su estilo sobrio y elegante, tenía el porte de un conde del siglo XIX. Y yo le decía que era su cochero. El cochero del carruaje del conde. «Ale -le decía-. Ya voy a sacar el carruaje de las cocheras». Y el me contestaba: «A ver si te sacas el carnet de conducir de verdad y te callas».

Agustí era un cineasta del coponazo. Era como uno de esos escritores profundos que no temen explorar las oscuridades del ser humano, solo que él exploraba con imágenes. En 1982, mientras en España se representaba la verbenera ¡Que vienen los socialistas!, él rodaba Tras el cristal, una obra rotunda y perversa que ahora mismo nadie en este país se atrevería a hacer. Se adelantó medio siglo en el tiempo. O más.

Cine sobrio, severo y espartano

Agustí era el mayor devoralibros que he conocido en mi vida. Había pasado por la educación estricta de los jesuitas. De ahí que su cine más puro sea un cine tan sobrio, severo y espartano como el atuendo de un jesuita. Ahora que recuerdo: el primer borrador del guion de la película La mala educación, de Almodóvar, era suyo. Se llamaba Las visitas. Y en cierta manera era su ajuste de cuentas con esa educación que recibió, con todo lo bueno y lo malo. Le gustaba mucho el cine de Hitchcock y el de Polanski porque decía que su equilibrio era perfecto: tenía la capacidad de conectar con el público sin perder el calado artístico.

Hace cuatro años exactamente me entretuve coleccionando un montón de hojas publicitarias de las que llenaban nuestro buzón de Trafalgar. Y me lié a escribir en ellas, en la parte blanca de atrás. Luego las pegaba en una pared. Un día Agustí entró en mi habitación y empezó a leer aquellas cosas mías entre anuncios de detergente y venta de electrodomésticos. Era el desarrollo de una historia pequeña. De un barrio muy humilde. Iba de una señora mayor que había sido una gran atleta y que por circunstancias de la vida se tenía que hacer cargo de sus dos nietos de 14 y 8 años. La señora empezó a padecer alzhéimer y entonces eran los niños los que se tenían que hacer cargo de ella, con mucho ingenio para que Asuntos Sociales no les separaran. La abuela, de joven, había sido saltadora de obstáculos, y esos obstáculos de su deporte eran los obstáculos de la vida que tenían que saltar ahora los nietos. Aquello le gustó a Agustí y enseguida lo hizo suyo. Su madre había muerto de alzhéimer y conocía bien de lo que hablaba. Así que empezamos ha trabajar porque él quería intentar hacer una película a lo Berlanga… y, mira por dónde, ha resultado ser lo último que rodó este verano. Yo no quería que hiciera la peli. Porque si rodaba significaba que tenía que dejar la quimioterapia. Los médicos le hicieron firmar un papel de que no se hacían responsables de esa locura.

Él sabía que era lo último

Dicho y hecho. Dejó la quimio y se puso a rodar la película. Con niños, abuelos, un loro… con todo lo que su admirado Hitchcock desaconsejaba a la hora de rodar para evitar quebraderos de cabeza. Pues él lo reunió en una película, y con cáncer. Una película que hizo en cinco incomprensibles y diabólicas semanas de rodaje. El sabía que iba a ser lo último, pero era un cineasta puro de los que mueren con cámara puesta. Era un cabezolón.

Confieso que durante esta última época estaba algo enfadado con él porque no soportaba la idea de que estuviera enfermo, y eso hacía que me volviera loquito de la cabeza y lo pagaba con todo Dios. La película se llamará Loli Tormenta, y es algo que ya es nuestro y que nadie, repito, nadie, ningún productor insensible y demás farfollas, nos va a quitar.

Ahora no se qué voy hacer con mi vida, si jugar al pimpón o irme al Tíbet y hacerme monje. Pensé: si se muere Agustí, cambio de vida, me hago paleta o burro de carga. Pero también pensé que podía dedicarme a que su obra sea más conocida. Es insoportable vivir sin él, era el mascarón de proa del barco en que navego y el que me avisaba si se aproximaba un iceberg. El que rompía todos los hielos con su cabeza y sabiduría. Fuiste increíble. No has muerto. Siempre vivirás en mi cabezota loca como a ti te gustaba habitar cuando tratabas de comprenderla.

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