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Relecturas veraniegas

Esas lecturas enganchan sin remedio y me han vuelto a proporcionar el mismo disfrute como hiciera la primera vez que me asomé a esos textos

Un cliente en una librería. Adrián Sanso

La canícula no aconseja meterse en lecturas que conduzcan en demasía a calentarse también la cabeza y aconseja dedicarse a disfrutar de textos algo más festivos, sin demasiada carga mental pero con mayor divertimento; una de mis preferencias de verano, para conseguir esa frescura cerebral, es dedicar algún momento a obras de teatro.

Este pasado estío he vuelto a la reiterada lectura de dos dramaturgos; el uno de mundial conocimiento, George Bernard Shaw y lo hice a través de su Pigmalión, obra teatral dedicada a las andanzas de un muy británico profesor del arte de la fonética en su intentos de pulir el atropellado inglés de un florista del Coven Garden londinense; seguro que les suena la historia, aunque solo sea por el recuerdo de su más conocida versión musical cinematográfica aun cuando existe una anterior protagonizada y codirigida por Leslie Howard en 1938; películas ambas sumamente fieles a la obra de Shaw, que por cierto se estrenó no en el Reino Unido como sería de esperar sino en el vienés teatro Burgtheater en 1913. He vuelto a rememorar en esa lectura los ímprobos esfuerzos de la desvalida Liza, los casi iracundos intentos de enseñar de Higgins y las siempre amables maneras de Pickering, un relato simplemente delicioso. Por ello me permito recomendarles que acudan a la versión teatral original, les sorprenderá ver que los guionistas de ambas películas acertaron al seguir al pie de la letra aquella obra. Existe una muy buena edición en Cátedra Letras Universales.

El otro quizá menos conocido en España, es uno de los autores teatrales más prolíficos de Estados Unidos, no otro que Neil Simon, de quien si tuviera que hacer una mera relación de obras me quedaría sin espacio y del que solo añadiré que él solo obtuvo setenta nominaciones al Tony Award, de los que ganó tres, además de un Pulitzer. Y volví a releer su “La extraña pareja”, también llevada al cine (honor y gloria para Lemmon y Matthau), en un muy neoyorkino relato de un par de divorciados viviendo juntos situaciones que son más comprensibles en un matrimonio de muchos años que en un par de compañeros de partida de póker. Un fascinante vodevil.

Ambas lecturas, que apenas permiten depositar el libro cerrado sobre la mesa sin haberlo finiquitado, como se dice ahora, enganchan sin remedio y me han vuelto a proporcionar el mismo disfrute como hiciera la primera vez que me asomé a esos textos; los dos textos consiguen dibujar en el lector esa sonrisa comprensiva y cómplice con los inventados personajes por ambos escritores. Desde aquí recomiendo también leer teatro, seguro que lo disfrutan tanto como yo.

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