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Diario de Mallorca

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Entender + con la historia

Abanicando la historia

Justo cuando hace más calor que nunca, tenemos que moderar el uso del aire acondicionado por culpa de la crisis climática y energética. Es un buen momento para poner un valor uno de los inventos más antiguos de la humanidad

Abanicando la historia. Abanico inglés del siglo XVIII con una escena mitológica. Metropolitan Museum of Art

Ahora que toca controlar el termostato del aire acondicionado mientras las temperaturas suben como nunca es un buen momento para reivindicar uno de los inventos más antiguos de la humanidad para combatir el calor. Y es que no hay civilización ni época de la historia en la que no hayan existido los abanicos.

Se han utilizado desde tiempos antiguos. En el Egipto de los faraones, por ejemplo, en un templo de la época de Ramsés III, que reinó entre 1186 y 1155 aC, se han localizado relieves de escenas donde se ven abanicos de grandes dimensiones, bastante similares al que se encontró Howard Carter al entrar en la tumba de Tutankamón. Es un ejemplar magnífico de un metro de altura y con la estructura de oro preparada para colocar plumas de avestruz en la parte superior.

En cuanto a la Europa grecorromana, no se han encontrado abanicos en las excavaciones arqueológicas pero sabemos que los utilizaban gracias a las escenas de la vida cotidiana dibujadas en las piezas de cerámica y en las figuras de Tanagra, una ciudad de la región de Beocia famosa por producir unas piezas de unos 20 centímetros que representaban a mujeres de la época con sus accesorios habituales como el abanico. Eso sí, eran diferentes a los plegables que utilizamos actualmente.

Signo de distinción

Parece que el diseño actual llegó de Asia posiblemente en el siglo XVII. Entonces aquellas piezas se convirtieron en signo de distinción entre la nobleza europea. Cada abanico era fabricado a mano y lucían unas cuidadas decoraciones. Las escenas pintadas solían representar pasajes de la mitología clásica para demostrar el refinamiento de quien lo utilizaba.

Durante el reinado de Luis XIV, Francia se convirtió en el principal exportador de este accesorio gracias a la habilidad del ministro Colbert, que en 1678 fundó el gremio de fabricantes de abanicos. Esta organización controlaba todos los detalles del proceso de manufactura y se cuidaba especialmente el estampado, hasta el punto de que los pintores encargados de ilustrar aquellas pequeñas piezas de tela firmaban un contrato de exclusividad y no podían pintar otra cosa. El problema fue que con las guerras de religión que libraron los católicos y los protestantes muchos artesanos tuvieron que huir a Inglaterra, que durante el siglo XVIII se convirtió en el nuevo centro neurálgico de la fabricación de ese producto.

Durante la Ilustración, la aristocracia estaba volcada al lujo y reclamaba la sofisticación de todo lo que la rodeaba y utilizaba. Entonces , más que nunca, esos pequeños utensilios se convirtieron en algo más que una herramienta para pasar menos calor. El abanico era un complemento de moda, minuciosamente escogido para combinar con el vestuario, el peinado y el maquillaje. En cuanto a la temática, a pesar de que continuaban haciendo furor las escenas mitológicas, también aparecieron nuevos motivos decorativos, sobre todo relacionados con la vida cotidiana aristocrática que se representaba tan idealizada como puede serlo el selfi de cualquier influencer de Instagram. Otra cosa que gustaba mucho eran los abanicos con chinoiseries, es decir, las decoraciones que imitaban los colores y cenefas de los productos procedentes de Asia, que en aquellos momentos estaban de moda gracias al comercio colonial.

Durante el siglo XIX, el abanico se adaptó a los nuevos tiempos. Con la llegada de la revolución industrial y la incipiente sociedad de consumo, las grandes empresas descubrieron que podían ser una buena herramienta publicitaria y era habitual que los cartelistas que creaban aquellos magníficos anuncios que todavía nos fascinan, también decoraran abanicos. Hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial era habitual ver ejemplares patrocinados por empresas de transporte ferroviario, cruceros transatlánticos, hoteles y restaurantes de lujo, perfumes, champán...

Durante la década de los 20 y 30 se mantuvo la producción, pero fue perdiendo el glamour de otros tiempos. Después, la llegada de la electricidad, los ventiladores y el aire acondicionado condenaron el abanico al ostracismo. Al menos hasta ahora, que la crisis climática y energética quizás lo resucita y se vuelve a poner de moda.

Caballeros | Menos decorados y más pequeños

Existe la creencia muy extendida de que el abanico es un complemento exclusivamente femenino, pero no es cierto. Desde los primeros tiempos los hombres también los utilizaron. La única diferencia es que los abanicos considerados para caballero no están tan decorados y suelen ser de menor tamaño para poder guardarlos en el bolsillo de la chaqueta o de la camisa.

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