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Diario de Mallorca

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Can Picafort, memoria del turismo

Un libro documenta la singularidad y el peso del fenómeno turístico en Can Picafort, enclave en el que han convivido el ocio local, el negocio casi sobrevenido y el turismo de masas

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Can Picafort, memoria del turismo Llorenç Riera

El fenómeno de la transformación turística experimentado en Mallorca durante la segunda mitad del siglo XX ha modificado la geografía de la isla y el comportamiento de su sociedad para siempre. Es una evolución, muy rápida en sus inicios, que queda patente ya a simple vista y también ha sido objeto de numerosos estudios y análisis. Por otro lado, es evidente que presenta retos inmediatos de cara a un futuro más sostenible en cuanto a equilibrio entre territorio y recursos disponibles, bajo los efectos de una presión demográfica incuestionable y una fluctuación desigual entre residentes y visitantes.

Si hay un lugar que refleja como pocos el fenómeno turístico de Mallorca y su intersección con la sociedad local, es Can Picafort. La localidad más poblada de Santa Margalida ha aglutinado, con el desorden de la rápida demanda turística y la plácida tranquilidad de veraneantes y residentes mallorquines, una singular convivencia entre el ocio local, el negocio casi sobrevenido y el turismo de masas procedente de Centroeuropa y todo ello, visto con ojos de algunos comportamientos actuales, sin demasiados excesos. Miquel Vidal Bosch (Palma, 1998) acaba de incidir en la explicación y documentación de estas realidades conexas con la publicación en Lleonard Muntaner, con la colaboración del área de Cultura del ayuntamiento de Santa Margalida, de El turisme i el procés urbanitzador a Can Picafort (1961-1973). Vidal Bosch es graduado en historia por la UIB y en la actualidad cursa un máster en historia contemporánea y mundo actual en la Universitat de Barcelona. Ha colaborado, entre otros aspectos, con las fundaciones Darder-Mascaró en la creación del portal web Arrels Democràtiques.  

El libro es una herramienta válida para confirmar las singularidades que acompañaron el nacimiento y la evolución del núcleo costero de Can Picafort en cuanto a cambio cultural y de mentalidad social, el peso del crecimiento hotelero y los graves efectos medioambientales que ello ha comportado, con el consiguiente desorden urbanístico y una renovación de infraestructuras que pocas veces ha estado en consonancia con las necesidades del momento. Son las consecuencias de la falta de planificación, de la improvisación impuesta por la exigencia del día a día. Por supuesto, hay que incluir todo ello dentro de la irrupción del turismo de masas que a partir de la década de los 60 y 70 comenzó a transformar el conjunto de Mallorca. En Can Picafort no se puede disociar en modo alguno el desarrollo turístico del urbano, se retroalimentan entre sí.

El estudio realizado por Miquel Vidal Bosch sitúa la gran expansión del núcleo entre 1961 y 1973. Es a partir de este periodo cuando comienzan a llegar las primeras oleadas de visitantes extranjeros procedentes de países centroeuropeos impulsados por una oferta, o más bien oportunidad, de precios bajos en comparación con su capacidad adquisitiva. Se levantan los primeros hoteles y tras ellos despunta el crecimiento urbano y poblacional. Es un proceso acelerado que lleva a Can Picafort a generar sus propias empresas hoteleras y a experimentar un crecimiento notablemente superior al que se sigue en sus núcleos urbanos más próximos de las bahías de Alcúdia y Pollença. 

Faltaban casas y los trabajadores, en su mayoría procedentes de la península, vivían en los propios establecimientos hoteleros aprovechando una oportunidad de trabajo que, por lo menos en los años iniciales, no atrajo alas mujeres mallorquinas de las poblaciones vecinas. Pesaba la influencia del campo y de la sociedad insular cerrada. No estaba bien visto para la sociedad de la época que las mujeres se alejaran del hogar para trabajar en los hoteles. 

Después, con el tiempo, como es sabido, se produciría la gran ruptura, el abandono de fora vila para trabajar en la hostelería y en sus servicios complementarios. Pero mientras, con los asalariados de fuera de la isla viviendo en los establecimientos hoteleros, se produciría un peculiar modo de convivencia y en muchos casos una notable familiaridad entre propietarios y trabajadores. La coyuntura aún lo permitía, todavía no habían llegado los touroperadores para imponer sus criterios y directrices, lo hicieron cuando la oferta todavía era muy inferior a la demanda y entonces empezaron a imprimir su sello, en forma de exigencia y control, al gran movimiento turístico de Can Picafort. De todos modos, en honor a la verdad, conviene puntualizar que ello no ha logrado anular, por decirlo de algún modo, la marca local que imprimieron los hoteleros autoformados en la zona.

La gran expansión de Can Picafort eclosionó con la demanda turística nacida en la intersección de la década de los 60 y 70

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La construcción autóctona 

Si bien es cierto que la gran expansión de Can Picafort eclosionó con la demanda turística nacida en la intersección de la década de los 60 y 70 del siglo pasado, no es menos cierto que antes, sobre todo en la parte de Son Bauló, ya había una colonia de residentes locales que había estructurado un núcleo de construcciones unifamiliares. Eran casas de planta baja que con el tiempo han ido consolidándose y dan carácter al lugar. Son el principal reflejo de la capacidad de convivencia que representa Can Picafort en cuanto a ocio y descanso local por una parte, y turismo foráneo por otra. Hablamos de viviendas de planta baja, con terraza al mar siempre que sea posible y corral en la parte trasera. En 1948, cuando se creó el Club Náutico había unas 300 de estas casas. Esta institución y sus instalaciones, el Club Náutico, han sido otro de los elementos que han sellado para siempre la personalidad y el carácter de Can Picafort, desde la modestia de los aficionados a la mar y pescadores locales del principio a la gran envergadura actual. En el lugar han veraneado desde siempre gentes de Santa Margalida, Muro, Sa Pobla, Inca y, en menor medida, Petra. Aún hoy perduran los ecos de las barriadas de los inquers y los murers, con una clara delimitación marcada por la anterior iglesia ubicada en lo que en la actualidad es la sede de la Delegación Municipal de Santa Margalida.

Otra de las singularidades que llama la atención en Can Picafort es el de la Residencia. Miquel Vidal explica en su libro que empezó a construirse en 1933, en la Avinguda dels Anglesos, por iniciativa de Joan March Monjo, primo del March por excelencia, el famoso Joan March Ordinas. En principio debía ser el hotel Platja Golf con capacidad para 200 personas y con urbanización anexa. Un sabotaje truncó la iniciativa cuando un centenar de trabajadores estaban entregados a la construcción de lo que, según el alcalde de Santa Margalida de la época, Felicià Fuster, debía ser el gran revulsivo para el desarrollo de Can Picafort. Se cuenta que el líder de la revuelta fue asesinado por la policía en Palma. Monjo March acabó cediendo las instalaciones a Educación y Descanso, institución ligada al sindicalismo vertical. El lugar ha perdurado después como Residencia General Yagüe para oficiales del Ejército.

El fenómeno de los picadors

Una visión de conjunto sobre la realidad que ha configurado la personalidad de Can Picafort sería incompleta sin hacer mención al ocio nocturno y al fenómeno de los picadors, en alusión a los jóvenes y hombres, un colectivo poco homogéneo, que acudía al lugar en busca de ocio y relación con unas mujeres extranjeras que también eran diversas en su origen y condición. Las había casadas, solteras, estudiantes, ricas, pobres... Con el tiempo, ellas también se dirigían a Can Picafort a la hora de escoger el lugar de vacaciones, en busca precisamente de los picadors llegados de los pueblos del interior de la isla. Se puede decir, en este sentido, que estos personajes llegaron a formar un colectivo específico de promoción turística del lugar. En la misma órbita de diversión y sexo nacieron las más conocidas discotecas del enclave, como Al Rojo Vivo o Skau, y después se generaron conjuntos musicales formados en buena parte por jóvenes que hallaron en ello una fórmula ideal para los ingresos rápidos sin demasiado esfuerzo ni sacrificio.

Hubo también otros hechos destacados que contribuyeron a la proyección internacional de Can Picafort. Uno de los más relevantes es el caso de la película británica La mujer de paja, dirigida en 1964 por Basil Dearden y protagonizada por Gina Lollobrigida y Sean Connery. Parte de sus escenas fueron rodadas en el antiguo Bar Central, el actual ca sa Rossa, y son útiles para ver cómo era el Can Picafort de la época. Calles sin asfaltar y espacios amplios aparecen en una cinta que contó con el beneplácito del régimen franquista en un esfuerzo por mostrar una imagen de estabilidad y confianza alejada de los fantasmas y también las miserias reales de la postguerra.

El declive y el impacto ecológico

El gran boom que supuso el estallido turístico de Can Picafort comenzó a declinar con la primera gran crisis del petróleo en 1973. El frenazo al desarrollo industrial y a la provisión de servicios se tradujo claramente en una devaluación del poder adquisitivo de las familias medias europeas y por tanto en una reducción de su capacidad de viajar. Por supuesto, es un cambio de tendencia que afectó a toda Mallorca, una isla que ya se iba decantando claramente por el monocultivo turístico. Desde entonces ha habido constantes oscilaciones y algún parón mayúsculo como el último ocasionado por la pandemia de la covid-19.

Aún hoy, Can Picafort es conocido por algunas de sus deficiencias medioambientales. La depuradora insuficiente, sin consenso institucional para su recambio y la aparición de vertidos incontrolados son la expresión más drástica de las secuelas de una expansión sobrevenida que, sobre todo en sus inicios, fue anárquica y desordenada. La playa, con una alta presión humana, también necesita recuperar su equilibrio dunar.

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