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Diario de Mallorca

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Oblicuidad | Antonio Escohotado, según Ibiza

Antonio Escohotado.

El problema de las geografías poderosas es que convierten a sus habitantes más ilustres en pretextos. Así ocurre con Ibiza, tal vez la marca insular más acentuada del planeta. Las enormes personalidades humanas condenadas a poblarla se reducen a incidentes decorativos, dado el magnetismo de la significación colectiva. Esta usurpación del individuo por el territorio me beneficia ahora mismo, porque no estoy autorizado a escribir de Antonio Escohotado, pero entiendo su deslumbramiento ibicenco.

La ortodoxia que pulverizó el pensador invitaría a titular «Ibiza, según Escohotado». La preeminencia de «la isla», en la esbelta denominación de Salvador Pániker, obliga a revertir el enunciado en «Escohotado, según Ibiza». El influjo no es mutuo, un astronauta no modela la esencia de la Luna, y el mito ibicenco ha esculpido a decenas de predecesores letrados del intelectual ahora fallecido. Empezando por Walter Benjamin, el tótem más expendido en pastillas antes de que las citas cultas se sustituyeran por los tuits.

La isla púnica reescribe su propia dimensión en cada poblador con pretensiones, y Escohotado no figura entre los más humildes. La vena de tráfico pirata se ha acentuado en las décadas crecientes, cuando la isla exportó su botín de músicas, modas y sustancias prohibidas, con la Amnesia fundada por el escritor como buque insignia. Los visitantes de postín son cobayas, ni siquiera azulejos sino piezas de trencadís fractal gaudiniano. Cuerpos desnudos incrustados en la tierra desnuda, literalmente disolutos en la isla.

Ibiza materializa todos los tópicos detestables para los nativos civilizados, que preferirían integrarse sin traumas en la ortodoxia occidental. Y a fe que abundan los barrios ibicencos que no desentonarían en las ciudades más vulgares del planeta, pero la fauna que decía Umbral siempre corrige la cotidianeidad en asombro. Transforma un tendedero en una opción lujuriosa. Si no es pecado, no es Ibiza.

Una isla a solas civilizó a toda España, pero no es cierto que Ibiza prosperara con un salvoconducto franquista, porque la eclosión hippy alentó a finales de los sesenta el condenatorio «Miles de indeseables han invadido la bellísima isla». Hubiera sido más correcto con «Miles de deseables», pero conviene recordar que la perspectiva madrileña sobre el libertinaje se recogía en fiestas hippies celebradas en el hipódromo de La Zarzuela, con el Dúo Dinámico de cabeza de cartel y las nietas de Franco entre el público chillón.

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