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Mujeres rurales: Las marjaleres de sa Pobla

El pasado 15 de octubre se celebró el ‘Día Mundial de la mujer Rural’, que reconoce a las mujeres que han dedicado su vida laboral a las tareas del campo. En mallorca hay que recordar el gran papel y la inestimable aportación que han desempeñado las campesinas de sa Pobla desde hace siglos, más conocidas como las ‘marjaleres pobleres’.

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Mujeres rurales: Las marjaleres de sa Pobla

Marjalera’, así se llama en sa Pobla a la mujer que, antes de la mecanización de los trabajos del campo, doblaba su espinazo, hombro con hombro junto a los varones, realizando las duras tareas agrícolas: Desde el arado y la preparación de las tierras hasta la siembra, el riego, la recolección, la trilla y el ensacado del producto.

Un trabajo, el de la mujer marjalera, que se prolongaba más allá del horario laboral, de sol a sol en el campo, con el desempeño de las tareas propias del hogar, cuidado de sus hijos y del ajuar doméstico; es decir con las tareas propias de una ama de casa.

Entre las mujeres campesinas de sa Pobla se distinguían las copropietarias de las fincas familiares y las jornaleras, que al igual que los hombres jornaleros, antiguamente eran contratadas a primera hora de la mañana en la Plaça Major. Desde allí se dirigían al tajo en bicicleta o en carro, portando en su zurrón el pan y algunas viandas para merendar a media mañana y comer al mediodía. El jornal que cobraban las mujeres por dieta siempre fue inferior al que cobraban los hombres.

El atuendo que vestían las marjaleres era prácticamente uniforme: Alpargatas, medias oscuras, bata larga, manguitos, pañuelo estilo velo y sombrero de paja de ala ancha. Una vestimenta que las protegía de los rayos del sol y también del polvo y la paja que generaban algunos de aquellos trabajos, especialmente la trilla.

Está suficientemente documentada la importante participación de la mujer campesina poblera en las labores del campo, tanto en los arrozales de s’Albufera a principios del siglo XX como en la titánica obra de reconversión de las tierras yermas en productivos vergeles, gracias al empeño de hacer aflorar las aguas del subsuelo llevada a cabo por la esforzada generación de 1910.

Con la mecanización de las labores del campo, que comenzó a introducirse con la llegada del tractor, a mediados del pasado siglo, y siguió con el riego por aspersión, las sembradoras, las trilladoras y las cosechadoras, se produjo un notable descenso de la necesidad de mano de obra rural y la práctica desaparición de los jornaleros y jornaleras del campo, salvo para la realización de trabajos puntuales. No obstante, siguen siendo bastantes las mujeres que participan en las labores del campo, sean mecanizadas o más artesanales.

La historiadora Isabel Peñarrubia Marqués, en un documentado trabajo de estudio e investigación editado por el Ajuntament de sa Pobla bajo el título Sa Pobla en femení plural i singular, destaca los trabajos realizados por la mujer marjalera, entre otros su activa participación en el cultivo del arroz en los humedales de s’Albufera, introducido en el último tercio del siglo XIX. Un cultivo que requería de mucha mano de obra, hasta el punto de que la mitad de jornaleros y jornaleras de la villa trabajaban en aquellas duras labores que suponían tanto la siembra como su recolección. Las fuentes gráficas que ilustran este reportaje atestiguan la gran participación de las mujeres en aquellas tareas, con los pies en remojo y las faldas arremangadas hasta las rodillas.

Retrocediendo en el tiempo, vemos cómo en el Mapa de Mallorca del Cardenal des Puig de 1789, en la viñeta dedicada a sa Pobla se habla de la importancia del cultivo del cáñamo y del lino, y se reproduce la imagen de una mujer trabajando en el hilado de dichas plantas textiles. Desde el siglo XIV existe documentación sobre el cultivo de estas dos plantas en sa Pobla, que llegó a ser la gran proveedora de aquella fibra en Mallorca.

En la elaboración del cáñamo para convertirlo en tela, el trabajo más duro, que consistía en bregar y romper la fibra golpeándola con fuerza, lo realizaban los hombres, mientras las mujeres realizaban el segundo golpeo, que era más suave, así como el correspondiente peinado, hilado y tejido.

Asimismo, las campesinas de sa Pobla también trabajaron en otros cultivos ancestrales como la viña, la recogida de almendras, higos y olivo, trabajos casi exclusivos de las mujeres en toda la isla, donde eran llamadas collidores.

Cuenta Isabel Peñarrubia que «respeto a las labores cerealícolas —trigo, cebada, avena— estrechamente ligadas a la subsistencia durante todo el Antiguo Régimen, existía una asignación de los trabajos por sexos». Así, los hombres conducían las bestias con el arado cuando se sembraba, mientras que las mujeres les seguían detrás, esparciendo la semilla dentro de los surcos. Las mujeres se dedicaban mayoritariamente a entrecavar, construir hormigueros, quitar las malas hierbas y ‘espigolar’; es decir, tareas de mantenimiento de la fertilidad del suelo.

Los hombres se encargaban prioritariamente de la siega y la trilla, si bien ellas también segaban, según se desprende de multitud de gloses recogidas por Rafel Ginard en su Cançoner Popular de Mallorca. Gloses, canciones o tonades de los trabajos del campo, que expresan claramente los lamentos y quejidos alusivos a la extrema dureza de los mismo.

Durante el primer tercio del siglo XIX y hasta la completa mecanización de los trabajos del campo, las marjaleres siguieron estando presentes y activas en todas las labores; desde el arado de las tierras hasta la siembra, riego, recolección, trilla, selección y envasado del producto.

Centrándonos en la actual ruralía de nuestra isla, en sus distintas vertientes —agrícola, ganadera, avícola, manufacturera o comercial— sigue participando activamente la mujer. Lo que sí ha cambiado, y mucho, son los distintos sistemas de cultivo, fruto del enorme progreso tecnológico que tan solo en cuestión de un siglo ha sido aplicado a las explotaciones rurales y a sus trabajos en las mismas.

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