Sin comparar no podemos hablar de igualdad

Domingo Sanz

Todos hemos reído o llorado muchas veces tras conocer casos en los que la igualdad de todos ante la ley que proclama el art. 14 de la Constitución se quedaba en papel mojado. Por eso, algunos seguimos boquiabiertos ante lo mucho que está triunfando la consigna de que la amnistía es una grave violación de esa igualdad.

Soy de los que piensan que cuando las consignas simples tienen éxito en las sociedades donde se puede discrepar es porque ocultan, de manera consciente, trampas que impiden analizar lo que proponen.

Desde la lógica más elemental, considero que no es lícito emplear la palabra «igualdad» como argumento, en tanto que su significado exige, respecto de una norma, establecer comparaciones entre dos o más hechos que deben haberse producido y ser, entre ellos, lo suficientemente parecidos.

Mientras no haya en España otras CC.AA. que protagonicen iniciativas independentistas como las de los catalanes y recibido después respuestas represivas y judiciales similares por parte del Estado, es demagogia y mentira orientadas a la manipulación de las masas lo de convocarlas afirmando que la amnistía viola la igualdad, pues falta el hecho comparable. Uno al menos.

Confunden interesadamente «igualdad» con interpretación de las leyes, aunque los del PP y Vox saben que no están autorizados para sentenciar. O quizás ocurre que lo están descubriendo ahora, a la vista de lo muy bien que se llevan con sus jueces amigos del CGPJ, que llevan cinco años convertidos en okupas de sus altos cargos.

Y también con los fiscales que se «lo afinan» y con los altos magistrados del Supremo que les permiten controlar su Sala Segunda «por la puerta de atrás».

Comprendo eso de que «todas las comparaciones son odiosas», pero mucho peores son las consecuencias de tantas decisiones que se toman sin mirar lo que nos rodea.