Opinión

Sostiene Paul Auster

Hong Kong, estático y mutante.

Hong Kong, estático y mutante. / Pedro Coll

Tenía este texto pendiente de escribir desde el 16 de julio de 2011, cuando me enfrenté a este paisaje urbano desde la ventana de mi hotel, en Hong Kong. El tiempo vuela de manera preocupante.

En diferentes días, a diferentes horas, acerco la cámara al cristal de la ventana y busco exactamente el mismo encuadre, y disparo, a veces el sonido del obturador es corto y seco, y otras veces se prolonga y arrastra y parece que no va a acabar, la luz y la oscuridad juegan su papel en ello, y en todo lo demás, dejo la cámara sobre el pequeño escritorio y busco en la ducha el placer del agua tibia, dejo que fluya, que resbale por la piel de mi cuerpo mientras mi mente escapa y el tiempo se detiene, ya relajado me siento ante la pantalla de la laptop y reviso imágenes recientes, instantes de los que me he apropiado durante el día, y cavilo sobre lo que ya tengo o sobre lo que me falta, me echo en la cama y leo de nuevo este pasaje mágico de El Primer Hombre de un Albert Camus póstumo, el origen de las cosas, sus pesquisas sobre el padre al que no conoció, un emigrante reclutado por el ejército francés que no había aún cumplido los treinta años, fallecido nada más llegar al frente a causa de una bala perdida, ocurrió al inicio de la Primera Guerra Mundial y, décadas después, en el pequeño cementerio de Saint-Brieuc, Camus describe la ternura y compasión que le invade ante la modesta tumba de su progenitor, a quien él, en este momento, superaba en edad, y visualizo su relato en imágenes, como un sueño a cámara lenta, me entra un sopor profundo... Cuando abro los ojos, el libro está en el suelo y en la pantalla de plasma que tengo enfrente, integrada en la pared, el locutor chino habla sin palabras, gesticula sin sonidos, me incorporo, tendría que cenar algo pero vuelvo a la ventana, es de noche, quizá madrugada, de manera obsesiva pego de nuevo la cámara al cristal y busco aquella imagen que ya tengo infinidad de veces, pero que siempre es distinta, de nuevo procuro que el encuadre sea el mismo que el de todos los encuadres anteriores, busco imágenes milimétricamente iguales a la vez que diferentes, me inspiro en el Harvey Keitel de Smoke, fotografiando cada mañana, a la misma hora, aquella escena urbana en su Brooklyn neoyorkino, claramente aludido, Paul Auster me mira, él y yo sabemos por qué, intenta ocultarse sin conseguirlo tras las volutas de humo del tabaco que no fumo, junto a él está Tabucchi —¿qué coño hace aquí Tabucchi?— algo le está sugiriendo al oído a Auster, le hablará de Pereira, con su secretismo en absoluto pretende evitar que yo me entere de lo que le dice a Auster, ni sabe Tabucchi quién soy yo ni le importo un comino, creativamente celoso, más bien procura que la confidencia que le transmite quede entre ellos dos y no la comparta con Wayne Wang, que lleva un rato a mi lado, pegado a mí aunque parece no notar mi proximidad, pegado también al cristal de la ventana, él a lo suyo, visualizando, excitado, absorbiendo las luces, absorbiendo los sonidos que llegan desde afuera, matizados por ese cristal especial que inútilmente pretende anularlos, absorbiendo el fragor monótono de la ciudad roto a veces por una sirena, Hong Kong...

Hong Kong, estático y mutante.

Hong Kong, estático y mutante. / Pedro Coll

Evocado por mí de manera subliminal, Carver es el último en sumarse a la fiesta, lo hace de manera silenciosa y envuelto en su ambigüedad, consciente de mi necesidad de condensar en una frase final lo que aquí intento expresar me echa una mano susurrándomela al oído, se lo agradezco con un gesto inútil, porque ya me ha dado la espalda y se ha unido a Auster y Tabucchi, mientras Wayne Wang sigue absorto mirando a través de la ventana, ignorándoles.

¿Qué quiero decir cuando digo que la imagen es la palabra?

Necesito un café, cenar algo y dormir.

Referencias: Smoke, 1995, film dirigido por Wayne Wang, basado en un relato de Paul Auster, autor del guion, interpretada por Harvey Kietel y William Hurt, y también los escritores Antonio Tabucchi y Raymond Carver.