Opinión

El discurso del Rey

E l pasado 29 de noviembre el Rey inauguró la decimoquinta legislatura de las Cortes Generales desde 1978 en que se aprobó la Constitución, un largo periodo democrático. Seguí la sesión con especial interés, aunque en diferido. La actual situación política que vive el país se caracteriza por la crispación, mejor dicho, la irritación general, que está presente no sólo entre los que participan en política en este momento, sino también entre la ciudadanía. El vocerío político se ha trasladado de los responsables políticos a la población, no recuerdo otro periodo de la historia reciente en el que el único tema de conversación, en tertulias, encuentros callejeros o almuerzos, fuese el escenario político presente. La impresión existente es que el país va a implosionar. Con este desabrido ambiente empezaba la XV legislatura. La Cámara del Congreso estaba llena, a rebosar de invitados, diputados, senadores, representantes de todas las instituciones del Estado. Entre los diputados había monárquicos, republicanos, conservadores, centristas, comunistas, bolivarianos y algunos independentistas. Dicen algunos comentaristas políticos que la Constitución presenta síntomas de envejecimiento, pero ahí estaban todos para asistir al cumplimiento de un mandato constitucional.

Con este panorama era de esperar cualquier cosa, sin embargo, la llegada del Rey a las Cortes acompañado por el regimiento de caballería, -las formas son importantes, trascienden-, contuvo a los que le esperaban en la puerta de los leones. Al entrar en el hemiciclo, los que ocupaban el salón de plenos se pusieron en pie ante el Rey. La presidenta del congreso articuló una alocución en la que intercaló frases en catalán, gallego y euskera y el Rey Felipe pronunció un discurso bien estructurado, inteligente, oportuno, trasmitiendo normalidad -a un país que no la tiene-, lleno de sentido común. Tuvo el acierto dar por sentado que se estaba dirigiendo a los representantes de la ciudadanía de una nación en la que no pasa nada fuera de lo corriente, con ello serenaba la anormalidad reinante. En algún momento pensé que me encontraba ante el parlamento sueco, danés, u holandés en donde todo transcurre con tanta naturalidad, que la política allí puede resultar hasta aburrida, en esas cámaras se discuten también asuntos tan triviales como por ejemplo cual debe ser el porcentaje de grasa que puede contener la margarina. Muy diferente a lo nuestro. Durante unas horas el clima político se calmó, hubo sosiego y corrección. Don Felipe dio en su discurso un impulso a la Constitución invitando a la juventud a participar dentro del marco constitucional, -estuvo acompañado por la Princesa de Asturias, un acierto-. Dio por supuesta la normalidad institucional y también cerró su intervención en castellano, catalán, gallego y euskera, nuevo acierto. Fue un buen discurso y mejor si se tiene en cuenta que Zarzuela tiene pocos asesores, si los tiene… (la Moncloa creo que cuenta en nómina con cerca de 900).

Pienso que la mayoría del país aprueba el trabajo del Rey. Las muchas complicaciones con las que le ha correspondido reinar, la falta de entendimiento entre los partidos políticos, crisis en algunas instituciones e incluso problemas familiares, han dificultado el ejercicio de su función, ha tenido que hacer equilibrios entre estar y no pasarse y no quedarse corto, no obstante, está saliendo bien y su discreción ha conseguido dar solidez a la Institución. Volviendo a la sesión de las Cortes hay que reconocer que la mayoría de los parlamentarios estuvieron de acuerdo con su intervención, pues al finalizar el discurso se pusieron todos en pie y aplaudieron durante un largo rato. La ausencia de ERC, EH Bildu y BNG resultó irrelevante, igual que es irrelevante su porcentaje de representación política, aunque su peso político sea, hoy, desmesurado. El 29 de noviembre fue un día en que se destensó el país, supuso un alivio, aunque fueran solo veinticuatro horas, fue como un bálsamo, un lenitivo, en la descalabradura política.