Opinión

‘Septimana horribilis’

Al coincidir el inicio de la legislatura, la tramitación de la amnistía y el Día de la Constitución aumentarán la agresividad retórica y la gestual de los poderes movilizados contra el pacto de investidura

Difícil imaginar la demagogia que sufriremos esta semana, en la que coinciden el inicio de la legislatura, la tramitación de la amnistía y el Día de la Constitución. Todos aquellos que se han convertido en los celadores de la Carta Magna, y utilizan su nombre en vano, lo suelen hacer siempre que la cuestión catalana se ha puesto encima la mesa. Poco importa que muchos de ellos vengan de tradiciones ideológicas contrarias a sus principios -algunos de los líderes más ruidosos han confesado que votaron en contra-, o que la Constitución garantice derechos que ellos mismos deniegan. Poco importa porque, ahora que los tiempos no permiten defender España como si fuera una cruzada religiosa, han deificado la Constitución, transmutada en una especie de Santo Grial español que hay que preservar de los herejes. En términos políticos abrimos una septimana horribilis, donde aumentará la agresividad retórica tanto como lo hará, probablemente, la agresividad gestual de todos los poderes movilizados -especialmente la judicatura- contra el pacto de investidura.

La orden de movilización que Aznar dio en su momento se está cumpliendo con precisión germánica. «El que pueda hablar, que hable; el que pueda hacer, que haga; el que pueda aportar, que aporte; el que se pueda mover, que se mueva», y cada soldado ha sacado su artillería. No ganan las elecciones, no tienen capacidad para lograr pactos parlamentarios, pero usan todas las puertas de atrás de los poderes que controlan para impedir que puedan gobernar aquellos que sí lo han logrado. En este sentido, se pueden emplear todos los eufemismos del diccionario, pero es evidente que esto es un golpe de Estado silente, alzado en contra de un pacto político y de un Gobierno regidos por las leyes democráticas. La cruzada de los patriotas españoles de siempre, con Dios convertido en una Constitución deificada, estrujada y sobreinterpretada.

Y si la amnistía ha sido el primer pecado democrático que ha escandalizado a los guardianes de la fe española, el segundo, el inicio de unas negociaciones sobre el conflicto catalán, con verificadores internacionales, les ha hecho estallar las neuronas. ¡Qué es esto de que vengan extranjeros a meter las narices en nuestros asuntos!, gritan por las esquinas del Madrid más patriótico. Y los tintes xenófobos se deslizan sutilmente por las declaraciones: «No necesitamos que un salvadoreño decida nuestro futuro», se desgañita el alcalde Almeida; y Feijóo asegura que poner uno «de El Salvador a decidir el futuro de España es una humillación insoportable». De nada importa la categoría profesional y la experiencia internacional del señor Francisco Galindo, reducido a simple extranjero de un pequeño país. Ser de El Salvador como desprecio y... «arriba España».

Aun así, lo que está pasando debería ser un motivo de orgullo y no de desprecio -«nos sentiremos orgullosos», dice Zapatero-, del mismo modo que todo lo que ha pasado hasta ahora ha sido una vergüenza descomunal. Por primera vez, hay quien intenta que un conflicto territorial endémico y muy profundo circule por vías políticas y no represivas, y lo haga con el rigor y la dimensión que merece. Ninguna democracia puede justificar las barbaridades que se han hecho contra líderes políticos y sociales, y contra una causa democrática legítima, avalada por amplias capas de la población. ¿Qué miedo dan unas reuniones en Suiza, avaladas por verificadores de prestigio -¡ay, cuando se sepan otros nombres!-, que abordan el problema territorial que arrastramos desde hace tres siglos? Es el miedo a la negociación, a la palabra, al pacto, conceptos ciertamente aberrantes para aquellos que apuestan por la represión, el bozal y la imposición.

Sea como fuere, se han abierto unos canales de enorme altura política y la escandalera que han provocado no retrata las miserias de aquellos que intentan una vía negociada, sino las miserias de los que están en contra. Unas miserias que han removido la famosa grieta machadiana, aquella de las dos Españas. La cuestión es quién ganará, y esta es una pregunta que, en un Estado con tanta vocación golpista, resulta difícil responder. A estas alturas, vista la dimensión del alzamiento en contra del pacto, nadie puede garantizar que la amnistía y las negociaciones lleguen a buen puerto. De momento, sin embargo, empieza a andar y, como es bien sabido, resistir es vencer.