Opinión | Una Ibicenca fuera de Ibiza

Regreso a lo auténtico

La Real Academia Española ha presentado la actualización 23.7 del Diccionario de la lengua española incorporando 4381 novedades entre nuevos términos, nuevas acepciones y enmiendas a artículos ya existentes y supresiones. Por fin podemos decir sin que sea un barbarismo ‘chundachunda’, ‘bracket’, ‘sexting’, ‘criptonita’ o ‘supervillano’. Otro imprescindible: ‘porsiacaso’, que hasta ahora solo se encontraba recogido como propio de Argentina y Venezuela para denominar un tipo de alforja, engloba ahora también el sentido «cualquier cosa que se tiene o se lleva en previsión de necesitarla». Lo que viene siendo un fondo de armario de toda la vida —o bolso o nevera— para cualquier madre guapa y apañá.

Porque a saber si la ciencia resolverá algún día el misterio de si fue antes el huevo o la gallina, pero en el lenguaje la cosa está clara: primero viene la necesidad de una palabra y luego la misma y ya, años y deliberaciones después, el visto bueno y bendición del diccionario.

Y esa necesidad popular se encuentra tan dibujada o más que en el barómetro del CIS en cómo se habla en la calle. No sé yo si el español de a pie habría aguantado un poco más sin sumar el ‘sexting’ (Envío o intercambio de imágenes o mensajes de texto con un contenido sexual explícito a través de un dispositivo electrónico) a su vocabulario, pero en mi alrededor en particular alabo un poco más que el diccionario en línea Merriam-Webster (America’s Most Trusted Dictionary; el diccionario más fiable de América) haya decidido que ‘auténtico’ es la palabra del año 2023. Más que necesario devolver la importancia que merece la palabra, era apremiante después de que FundéuRAE (La Fundación del Español Urgente), que desde el2013 elige también la palabra del año según el interés lingüístico y periodístico suscitado, escogiera para el pasado 2022 el término ‘Inteligencia artificial’ (IA). Basta asomarse a la lista de finalistas donde se encuentran ‘apocalipsis’, ‘ecocidio’, ‘criptomoneda’, ‘gripalizar’, ‘inflación’ o ‘sexdopaje’ para confirmar que el mundo se va a la mierda. O se iba. Porque Merriam-Webster destaca un incremento sustancial del uso de la palabra ‘auténtico’ a lo largo de los últimos meses en el marco de artículos, conversaciones y redes sociales. Como si ‘auténtico’ fuera el antídoto — la criptonita— en torno a unas fake news y una IA que parecían dispuestas a devorar todo a su paso.

Mordiscos de mentira al encender la luz. Como aquel egipcio que pidió el divorcio de su mujer tan solo un mes después de la boda porque afirmó que, aunque lo había intentado, no se acostumbraba a esa cara tan distinta a la que había conocido primero en Facebook y después en las citas. Alegaba que no es que fuera fea sin maquillaje, es que se sentía profundamente engañado. La Advertising Standards Agency (Agencia de Estándares Publicitarios en Reino Unido) vetó una campaña protagonizada por la actriz Julia Roberts para Lancôme alegando que las imágenes habían sido tan exageradamente manipuladas que podían dar lugar a engaño en cuanto a los resultados de un producto que se llamaba —manda huevos— Miracle. La campaña continúa, pero ahora la actriz luce así de estupenda gracias a un perfume. Países como Reino Unido, Noruega o Francia han legislado que marcas —e influencers— incluyan una anotación visible advirtiendo de la manipulación de las imágenes. Francia acaba de estrenar una nueva norma que obliga a los restaurantes a señalar en sus cartas los platos que no han sido preparados por el chef del restaurante. Croquetas caseras quiere decir caseras, oh là là! Y un último ejemplo de que las decepciones van más allá de estómago y cutis lo tenemos en Nueva York donde un juez ha ordenado a los miembros de un bufete de abogados, Levidow, Levidow & Oberman, a pagar cada uno 5000 dólares en multas por utilizar en una demanda contra la aerolínea Avianca un escrito en el que se oponían a que el caso fuese desestimado citando más de media docena de precedentes judiciales con nombres como ‘Martínez contra Delta Air Lines’ o ‘Varghese contra China Southern Airlines’ en apoyo de su argumento. Lo malo es que ninguno de los casos existe. El abogado, Steven Schwartz, con más de 30 años de experiencia, confesó que usó la herramienta ChatGPT «por recomendación de sus hijos» y que «no tenía idea de que fuera capaz de inventar casos o sentencias judiciales». Es más, la única verificación que confirmó haber llevado a cabo fue preguntar a la propia aplicación si los casos que citaba eran reales. «¡Ciertamente!» —Contestó la máquina— «Espero haberte ayudado».

¿Llegará el día en que una inteligencia artificial me redacte el artículo mientras yo rejuvenezco gracias a una crema? ¡Quién sabe! Pero ‘porsiacaso’ tengan a mano una rebequita y un paraguas y confíen su tiempo, su dinero y su corazón a lo fiable: a lo auténtico. Como cantaba Amaral:

«Qué no daría yo por tener tu mirada, por ser como siempre los dos mientras todo cambia».

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