Opinión

Aprenda a odiar a Kissinger

El fallecimiento del último estadista hace hincapié en los claroscuros del gigante centenario que ha diseñado el mundo contemporáneo, una figura tan inclasificable como Churchill

Usted no tiene ningún derecho a juzgar a Henry Kissinger, ni tampoco el 99 por ciento de los intelectuales que despachan la desaparición del último estadista con el equidistante «por una parte, por otra parte». Aprenda a odiar a Kissinger, deje de hacer hincapié en los claroscuros debilitantes para celebrar al último ser humano que no solo comprimió el mundo entero en su cerebro, sino que encima lo rediseñó en su formato vigente. China, ¿le suena esa palabra?

Fue un criminal de guerra, sobre todo si aceptamos esta definición para todas las personas que han participado activamente en un conflicto armado, con la intención de infligir el mayor daño físico posible a un enemigo. Los iconoclastas de Kissinger olvidan a Hegel, cuando seleccionaba a las personas inmunes a las leyes de sus congéneres. Kissinger no es solo un gigante centenario, sino también una figura tan inclasificable como Churchill. Reducirlo a bueno o malo equivale a calificar moralmente a un volcán.

Si usted insiste en odiar a Kissinger para no ser cancelado en las redes, recurra al menos a los escasos intelectuales que podían alcanzar a la suela de los zapatos del secretario de Estado que no llegó a presidente de Estados Unidos, por haber nacido en el país equivocado. Alemania, 1923. Tomemos por ejemplo a Carlos Fuentes, que miraba al cielo señalando al infierno en cuanto le mentaban al equivalente de Satanás. Por eso le dedicó en los ochenta de Reagan la impugnación «¿Está usted escuchando, Henry Kissinger?», donde denunciaba sus andanzas por Centroamérica.

Los beligerantes se refugiarán sobre todo en el demoledor Juicio a Kissinger del añorado Christopher Hitchens. Sin embargo, el extraordinario polemista inglés acabó apoyando la liberación a muerte de Irak de George Bush. Los extremos se tocan, porque el ahora fallecido ejerció hasta su último día de oráculo de la docena de inquilinos de la Casa Blanca que fueron sus contemporáneos. Odiar a Kissinger resulta fácil, frente a la dificultad de escabullirse de las tupidas redes que tejió alrededor del planeta.

Abróchense los cinturones, porque en su abigarrada biografía bombardeó Camboya y quemó el sudeste asiático con napalm, asesinó a Salvador Allende, fue el primero en escabullirse del Watergate de Richard Nixon con su vozarrón hueco. Al mismo tiempo, los gobernantes del mundo entero exprimieron a Kissinger porque una página de su Diplomacia alimentaría a todo un Estado. Llegados a este punto, los ingenuos elaborarán que bienvenidos sean los actuales gobernantes desdentados, que han confeccionado un planeta más habitable. ¿Se refieren a Obama perdonando al sirio Al Asad la utilización de armas químicas?, ¿o quizás a Angela Merkel engrandeciendo a Putin más allá de toda proporción habitable? Sin necesidad de desembocar de nuevo en las matanzas de Bush, jaleado por sus perrillos falderos de raza española y británica.

Y luego está la vocación cardenalicia, la avidez por conquistar el oído de los emperadores. Entrevistando a un nonagenario Jean Daniel, tal vez el periodista europeo más influyente de la historia, el gurú levantaba el dedo admonitorio para constatar con desencanto:

-Zapatero nunca me llamó a La Moncloa para consultarme, fue el único que no lo hizo.

El creador de Le Nouvel Observateur había sido el báculo de los gobernantes mundiales progresistas desde un John Kennedy al que sirvió de intermediario con Fidel Castro, y no podía encajar con deportividad el desaire del líder socialista español. Kissinger comparte y multiplica esta ansiedad por influir, la manera más aristocrática de intervenir.

Odiamos a Kissinger porque aceptó la lógica descarnada de la política napoleónica a cañonazos. Sin embargo, su pócima secreta era la evidencia de que ninguna derrota ha de ser completa, para airear el futuro. Es innecesario citar el ejemplo de Alemania y Estados Unidos, donde la rivalidad económica no anula pero disminuye el número de víctimas mortales. El sumo sacerdote de Occidente monta una orquesta planetaria en que la paz sea rentable, donde vestir a un ser humano a la moda ofrezca mayores oportunidades de negocio que descuartizarlo en un campo de batalla. En efecto, la crudeza de la depreciación de la carne humana como moneda de intercambio, porque Kissinger también sabía que la eliminación radical de dicha contingencia era utópica, el concepto que más odiaba. Engañó a otros, pero nunca se engañó a sí mismo. Incluso sus enemigos mortales reconocerán un día que el mundo creó a Kissinger porque lo necesitaba.