Opinión | escrito sin red

Adónde vamos

Tras la investidura de Sánchez, conseguida con los votos del PSOE, Sumar y el abigarrado conjunto de fuerzas independentistas de izquierda y extrema izquierda (ERC, EH Bildu, BNG), de derechas carlistas (PNV, Junts) y la basculante derecha canaria (CC), es oportuno detenerse a reflexionar sobre hacia dónde se nos está dirigiendo. Para algunos se ha iniciado una mutación constitucional por la puerta de atrás que conduce directamente a un Estado plurinacional en forma de confederación de naciones. El constructo sería de difícil definición. Sabemos que los separatistas, unos con más apoyo ciudadano (País Vasco), otros con menos (Cataluña), otro con un respaldo muy reducido (BNG), reclaman para sus respectivos territorios el carácter de nación. Lo que no está tan claro es extrapolar ese carácter al resto de territorios. Una constatación de la diferencia entre unos y otros se percibe en los resultados electorales de las generales. La regla general ha sido que la derecha ha vencido en todo el territorio excepto en País Vasco y Cataluña y ha sido en estas dos comunidades donde la izquierda y el nacionalismo han resultado vencedoras. El resultado de la mutación sería una inestable confederación de País Vasco y Cataluña (fiscalmente autónomos) con el resto de España, que podría derivar en su destrucción y la independencia del País Vasco y Cataluña. España dejaría de existir y mutaría en un ente indefinible.

El camino hacia ese Estado plurinacional se podría ver facilitado por el constructivismo del Tribunal Constitucional formado al gusto de Sánchez. Los indicios son abrumadores, Armengol no habla en sus discursos de la soberanía nacional, que reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado, entre ellos el Congreso de los Diputados, sino del Congreso como sede de la soberanía popular, término inexistente en la Constitución. El artículo 66.1 adjudica a las Cortes Generales (Congreso y Senado) la condición de representación del pueblo español. O sea, en contra de lo que afirman, no es el Congreso ni sede de la soberanía popular, ni de la representación de los españoles, esta última la comparte con el Senado. Bajo esa falsa liebre, dado que el Congreso tiene la última palabra legislativa, se sustentaría la idea de que esta asamblea es la fuente de toda legitimidad democrática. Esa misma idea sería ya de por sí una mutación constitucional. Supondría una de las paradojas de la democracia, la de la dictadura de la mayoría de la cámara, única fuente de poder, como la Convención de la revolución francesa. No estaríamos en una situación de dictadura personal sino de dictadura de la mayoría, del que dependerían el resto de poderes, específicamente el Poder Judicial y el TC. La figura autocrática de Sánchez ha comprado su investidura a cambio de la impunidad para los delincuentes. Así arma la mayoría que le mantiene en el poder. El prófugo Puigdemont ya ha amenazado con romperla (votando en contra o incluso apoyando una moción de censura del PP) si Sánchez no cumple lo pactado: impunidad para los golpistas (ley de amnistía), autonomía fiscal para Cataluña, referéndum de autodeterminación. Otegi, por su parte, ha anunciado una legislatura muy corta si Sánchez no cumple.

Es de suponer que Sánchez querrá cumplir, con lo que la mutación del sistema político podrá seguir llamándose democracia, pero no un Estado de Derecho. Y no será una democracia liberal como Francia, Reino Unido, Alemania, etc., sino una democracia populista o bolivariana al estilo del peronismo argentino, Venezuela, Colombia, Perú, Méjico. Los resultados electorales de Milei en Argentina no pueden sorprender tanto si se tiene en cuenta que el candidato peronista era el ministro de economía que había conducido a una inflación del 142% y a una pobreza del 40%; un salto al vacío de lo desconocido antes que el suicidio de la corrupción peronista. Pero, ¿tenía todo este plan Sánchez de antemano, o es simplemente el resultado de una trayectoria trufada de mentiras, fraudes electorales y cambios de opinión, destinados a mantenerse en el poder en cada momento sin más horizonte que el presente? Su defenestración como secretario general del PSOE en 2016 apuntaba ya a que sus correligionarios conocían sus intenciones. Su alianza estratégica con Zapatero y todo lo que éste representa de connivencia con los populismos latinoamericanos, avala la idea de que, si bien pudiera ser que él solo habría pretendido asegurar su poder personal, es esa voluntad de poder la que le conduce irremediablemente al extraordinario talento táctico para las mentiras a sabiendas, el cinismo, su ausencia de límites, sus alianzas con quienes quieren destruir el Estado, que, al final, requieren de un plan que les otorgue un sentido distinto al de la mera ocupación del poder, una legitimación que sólo otorga un proyecto estratégico antiliberal. Él de líder.

Una muestra adicional de sus intenciones ha sido la embestida contra Israel. En el mitin de Madrid se ha presentado como un líder del tercer mundo, alabado por Hamás. Sánchez ha demostrado su condición de killer político. Como cuando espetó a Rajoy en debate electoral «Ud., señor Rajoy no es una persona decente». Inclina algo la cabeza, como si se protegiera, al tiempo que adopta una hipócrita expresión de pureza virtuosa, la de un Robespierre, fijándola en su oponente, mientras pronuncia con suavidad y casi con dulzura palabras que se hunden como puñales en el corazón de su interlocutor. Así lo hizo también con Netanyahu; Israel tenía derecho a defenderse, pero observando la legalidad internacional, tan respetada por Hamás. Algo así como que deberían dejarse matar. Puro antisemitismo. Lo repitió en Madrid «Condenamos los viles atentados de Hamás, pero también la matanza indiscriminada; no es política, es hu-ma-ni-dad». De matanza indiscriminada de palestinos, nada. Hamás utiliza a los palestinos como escudos humanos solapando hospitales y escuelas con sus centros militares y depósitos de armamento. No se puede destruir a Hamás sin esos daños colaterales que la misma organización terrorista provoca. La acusación de bombardear un hospital era falsa; según Human Rights Watch fue la explosión fallida de un misil de Hamás. No es humanidad, es la egolatría de un autócrata que desconoce todos los límites; también los de la diplomacia.