Opinión | La suerte de besar

Crear problemas donde no los hay

Los políticos deberían fomentar la paz social, no crear crispación y, desde luego, no generar problemas donde no los hay

En el autobús, lugar de sabiduría donde los haya, dos chicas charlan sobre la incorporación laboral de una de ellas. Comentan el horario, la forma cómo organiza la jefa los trabajos, la acogida de los compañeros y el sueldo inicial. La nueva incorporación está inmersa en un mar de dudas e inseguridades. Está ilusionada, pero le preocupa no estar a la altura. ¿Y si no lo hago bien? ¿Y si me echan? ¿Y si le caigo mal a mi supervisora? ¿Y si meto la pata? La amiga le dice que todo fluirá, pero la trabajadora en ciernes ha entrado en el horrendo bucle de buscar problemas donde, todavía, no los hay. Nada nuevo bajo el sol.

La conversación autobusera me recuerda a cuando coincidí con una compañera del colegio saliendo del psicoanalista. Me agarró por el brazo y, a la desesperada, me confesó que acababa de darse de baja del terapeuta porque no aguantaba más la presión de tener que encontrar conflictos donde ella no veía ninguna contrariedad aparente. «He llegado al punto de no saber si odio a mi abuelo o si estoy enamorada de él. Estoy demasiado confundida», me dijo. También he hecho psicoanálisis y, a pesar de no ser yo quien vaya a criticar esa gestión de nuestra psique, reconozco que, tras la hora de diván, volvía a casa cuestionándome cosas que, lejos de provocarme bienestar, me generaban confusión. Donde jamás había sentido que había un dilema, de repente aparecía uno. El clásico de mis sesiones era saber si, de verdad, me sentí querida de pequeña. Cuando mi psicoanalista me hacía la pregunta me veía obligada a decir que no, porque ¿qué persona con una infancia feliz va a hacer terapia? Y, a partir de ahí, surgían los rompecabezas. Puede que mi niñez no fuera idílica, pero tampoco hay necesidad de desenterrar todas las miserias porque, total, ¿para qué?

Una amiga de mi hija está angustiadísima por si un día deja de sacar excelentes en todas las asignaturas y una compañera sufre sobremanera imaginando que su novio, con el que se profesa un amor honesto y recíproco, podría desenamorarse de ella en el futuro. Es decir, ver problemas donde no los hay.

Vox ha presentado en el Parlament una ley con la que pretende obligar a las administraciones de las Illes Balears a comunicarse en castellano. El texto dice que esta lengua se ha abandonado y desterrado y vuelven a abrir el arcaico melón de que el idioma que hablamos en las islas no es catalán, sino que es mallorquín, menorquín, ibicenco o formenterense. Proponen multas por incumplimiento de hasta 100.000 euros. Casi nada. Desde mi más humilde y bilingüe opinión, la iniciativa es irresponsable y busca crear un conflicto innecesario. No sólo con su socio de gobierno, el PP, sino entre la ciudadanía que tiene muy superado ese discurso casposo y anticuado. Parte de una premisa errónea, porque el castellano jamás ha estado ni estará desterrado, y fomenta la intolerancia y vehemencia de los que, de por sí, ya se sitúan en los extremos y a quienes les convendría una dosis de concordia, sosiego y respeto. Sería bueno que tratasen de comprender el motivo de esa rabia irracional y de esa querencia a generar crispación por el mero gusto de generar crispación. ¿Terapia, quizás?