Opinión | Presentadora, actriz, ‘socialité’

Limón & vinagre | Ana García Obregón: A ti te encontré en la calle

La actriz y presentadora de televisión Ana Obregón en una imagen de archivo.

La actriz y presentadora de televisión Ana Obregón en una imagen de archivo. / EUROPA PRESS

Ana Obregón, la madre abuela, no ha tenido una hija nieta. Tenido o comprado, pónganle el participio que consideren de acuerdo a sus principios. Muy a pesar de la madre abuela, o acaso no tanto, lo que ha tenido o comprado Ana Obregón es una socialité, un anglicismo (socialite) que queda mucho mejor en su acepción francófona, como entrepreneur o croissant. Una socialité campea en un escalafón superior al de un simple personaje del corazón; una socialité jamás saldría por propia voluntad en otra revista que no fuera el ¡Hola!, que es la aristocracia de quienes acumulan una fama instilada en las portadas, sin que apenas se recuerde qué singular acontecimiento les llevó a ocupar hace años aquel primer frontispicio en cuché (otro galicismo, del francés couché, que significa acostarse. En las portadas del cuché sale a menudo gente porque se acuesta con otra gente).

Son nuevos tiempos. Los hijos ya no se tienen: se subrogan. Los hijos se subrogan como se subroga una hipoteca o un préstamo bancario. O un cachorro de pastor alemán con pedigrí, de esos en origen inscritos Von Hausen o Von Kranich’Hof y acaban llamándose Pipo o Thor cuando llegan a casa. «Guárdame un cachorro macho cuando cruces a Hedwig Von Hausen con Wilhelm Von Kranich’Hof». Y así es como uno de los retoños de la camada, pongamos Helmut, acaba convertido en Pipo, subrogado en el vientre de Hedwig. Hedwig y Wilhelm reciben a cambio una alimentación de primera y el criador del pequeño Helmut, transmutado ya en Pipo, Thor o Kiro, percibe el pago consiguiente por la transacción o subrogación.

Si Ana Obregón (68 años) ha convertido a un bebé, al bebé de su hijo muerto y de una madre de alquiler, en mercancía subrogada, queda a juicio de los miles de expertos en la materia que han brotado desde que la vimos salir en silla de ruedas de un hospital de Miami. Lo escandaloso no es, o no solamente es, que Ana Obregón haya hecho lo que muchos otros famosos ya hicieron antes sin tanto griterío (hombres casi siempre, Miguel Bosé, Cristiano Ronaldo, también mujeres, Tita Cervera o Paris Hilton), sin pasar de la prensa rosa a la generalista, sin calzarlo en la agenda de la política.

A la Obregón se la atiza por muchas razones, porque iba para bióloga y se tornó en actriz de poco fuste, por vender su vida en las revistas, por el primer posado del verano, porque pudiendo ejercer de bióloga salió un día en una portada y le tomó el gusto, porque carece de una carrera meritoria como sí han tenido los Bosé o los Ronaldo, o porque no trajo un museo de arte moderno al centro de Madrid.

Con idénticos mimbres, lo que otros y otras hicieron también sería constitutivo de impudicia. Lo más sensato se lo he escuchado a la ministra de Defensa y magistrada, Margarita Robles: «Deberíamos acostumbrarnos todos a respetar las razones personales, por qué una persona toma una decisión. […] Opinamos sobre lo que hacen los demás, muchas veces sin tener datos concretos».

La verdadera inmoralidad es convertir a un bebé en socialité nada más salir del vientre de Y.E.V.P., la mujer de origen cubano afincada en Florida, la madre biológica. Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle, recitaba Rafael de León. La glosa ya está obsoleta. Dicho con presciencia, Ana Sandra Lequio Obregón será socialité hasta el final. Podrá elegir lo que quiera en la vida, lo que decida en su pubertad o adolescencia, abogada, actriz, ingeniera o activista proambiental, pero siempre será un personaje, desde la cuna y hasta el final de sus días; una socialité a la que se recordará como la hija nieta de Ana Obregón que nació por gestación subrogada, tal cual se apostilla cuando se escribe de Neil Armstrong como el primer hombre que pisó la Luna o de Richard Nixon como el presidente norteamericano que renunció a su cargo, solo que estos tenían una biografía antes de hacer lo que hicieron y por lo que pasaron a la historia. Ana Sandra no tiene más biografía que la de su nacimiento, como en su día Kiko Rivera -en un tiempo Paquirrín-, que no tiene mayor currículum que ser hijo de la Pantoja.

Juzgar públicamente a Ana Obregón por lo que ha hecho carece ya de sentido. La moralidad o inmoralidad de esta gestación subrogada ya no tiene vuelta atrás. Lo que sí la tiene es lo que Ana Obregón haga con esa niña a partir de ahora y en lo que acabe convirtiéndola, si en alguien por quien haya merecido la pena el apaleamiento público o en el primero de muchos posados de los veranos futuros.