Opinión | LAS CUENTAS DE LA VIDA

Viernes Santo

Cabe pensar que, en un futuro, la Semana Santa quedará reducida a un evento folclórico y a unos pocos días de vacaciones, o quizás ni eso. En nombre del laicismo se buscarán otras fechas más adecuadas para el descanso de la ciudadanía, seguramente con una excusa vaga: algún día que permita celebrar la paz universal o los derechos de un colectivo minorizado. Si eso sucede –¿y por qué no va a ocurrir?–, la pérdida cultural será inmensa y también la pérdida humana, porque cultura y humanidad se encuentran unidas. La historia de la Pasión es sencilla y, a la vez, misteriosa. Un hombre -que para los cristianos es también Dios- decide cargar con la culpa de todos los hombres y morir por ellos. El antropólogo francés René Girard ha querido ver en ese momento crucial no sólo la encarnación real de un mito, sino también el antimito por excelencia: el acontecimiento que termina con el culto sacrificial de una vez para siempre. El inocente, al convertirse voluntariamente en víctima, transforma el amor en la auténtica medida de toda la realidad. El filósofo posmoderno italiano Giorgio Agamben supo ver que, en la escena central de este juicio, Jesús opta por «entregarse» (dando a entender que podría no haberse entregado), en lugar de resistir y condenar. Esta «entrega», meditada incesantemente a través de los siglos, se ha convertido en uno de los grandes temas de la cultura occidental, desde los códices legislativos –contrarios al populismo punitivo– hasta la gran música –pensemos en las pasiones de J. S. Bach– o la tradición pictórica. Borges escribió un poema inolvidable –Viernes Santo– sobre el acontecimiento que celebramos hoy. Vale la pena leerlo entero. Dice así:

Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.

Los tres maderos son de igual altura.

Cristo no está en el medio. Es el tercero.

La negra barba pende sobre el pecho.

El rostro no es el rostro de las láminas.

Es áspero y judío. No lo veo

y seguiré buscándolo hasta el día

último de mis pasos por la tierra.

El hombre quebrantado sufre y calla.

La corona de espinas lo lastima.

No lo alcanza la befa de la plebe

que ha visto su agonía tantas veces.

La suya o la de otro. Da lo mismo.

Cristo en la cruz. Desordenadamente

piensa en el reino que tal vez lo espera,

piensa en una mujer que no fue suya.

No le está dado ver la teología,

la indescifrable Trinidad, los gnósticos,

las catedrales, la navaja de Occam,

la púrpura, la mitra, la liturgia,

la conversión de Guthrum por la espada,

la inquisición, la sangre de los mártires,

las atroces Cruzadas, Juana de Arco,

el Vaticano que bendice ejércitos.

Sabe que no es un dios y que es un hombre

que muere con el día. No le importa.

Le importa el duro hierro con los clavos.

No es un romano. No es un griego. Gime.

Nos ha dejado espléndidas metáforas

y una doctrina del perdón que puede

anular el pasado. (Esa sentencia

la escribió un irlandés en una cárcel.)

El alma busca el fin, apresurada.

Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.

Anda una mosca por la carne quieta.

¿De qué puede servirme que aquel hombre

haya sufrido, si yo sufro ahora?

En los últimos versos Borges se equivoca. Porque, más allá de la fe personal de cada uno –y Borges era agnóstico–, perduran los relatos que nos hablan de unos ideales que informan la realidad. La muerte de Jesús sirve porque sufrió por amor, porque lo hizo por nosotros. Y esta verdad que descubrimos en la cruz –la de un amor que se entrega– sigue siendo hoy el eje sobre el que se asienta la humanidad más autentica. La Semana Santa no es, no debería convertirse en un evento meramente folclórico.