Opinión

Villaronga antepuso el cine a la vida

Fallece el director y guionista de cine Agustí Villaronga a la edad de 69 años

Fallece el director y guionista de cine Agustí Villaronga a la edad de 69 años / DM

Agustí Villaronga nunca se engañó ni engañó a nadie. Era el primero en reconocer la sordidez y el hermetismo inherentes a sus películas, véase el caballo precipitado al abismo junto a su carromato en Pa Negre. Son obras que requieren un plus de atención, para que el espectador reciba la recompensa del único director español contemporáneo que merece el título de cineasta. Como mallorquín practicante, ejercía la autoironía de reconocer que «llevo colgado el sambenito de Tras el cristal».

Este alumno de Montesión se convirtió a la religión cinematográfica en los cinefórum de Norberto Alcover, por no hablar de un progenitor también aquejado de cinefilia. Villaronga ingresa en un arte alejado de los cánones, lo profundiza y fallece una década después de haber conmocionado al cine español por los nueve goyas conseguidos en catalán con Pa Negre. En la ceremonia volvió a demostrar que pertenece a la estirpe clásica de los mallorquines que no se dan importancia, infelizmente extinguida. Al recoger el galardón al mejor director, no se dedicó ni una palabra a sí mismo, se limitó a atribuir el triunfo a su equipo. Hubiera deseado rodar a solas en una habitación, preservar el anonimato de autor del vestuario de La Plaça del Diamant

Sostenía Villaronga que no había fundado una familia porque su vida entera desde los juegos infantiles había sido un rodaje, realizó la transmisión genética a través de sus películas. Y puso a prueba la jerarquía de la obra sobre la existencia, que en otros artistas no pasa del tópico engreído, en el momento decisivo de su peripecia.

Villaronga tiene la oportunidad de rodar su primera comedia en medio del tratamiento por la enfermedad que se lo llevó. El director obedece a su única verdad, así que interrumpe la terapia con el lógico descontento de los médicos, una decisión que incluso le obligó a firmar los protocolos de descargo. Un artista no tiene opción.

El resultado de la última decisión vital de Villaronga es Loli Tormenta, con un estreno previsto para marzo y ahora bajo la rúbrica de película póstuma. En cambio, el director se queda sin estrenar el doctorado honoris causa que la Universitat de les Illes Balears había programado para el mismo mes, porque la normativa impide concederlo a personalidades fallecidas.

Se hablará sin límites de Pa Negre, tal vez olvidando que el huracán mallorquín arrasó con el autohomenaje que había orquestado aquel año Álex de la Iglesia, presidente de la Academia y catorce veces nominado por Balada Triste de Trompeta. Sin embargo, el impacto de Villaronga se aprecia mejor en una ceremonia goyesca celebrada más de tres décadas atrás. Las nominaciones al Goya al mejor guion original en 1990 emparentaban a clásicos como Jaime Chávarri con el José Luis Cuerda de la icónica Amanece, que no es Poco. Sobre todo, en la relación sobresalía Rafael Azcona, con el rango de mejor guionista de la historia del cine español refrendado por seis estatuillas jamás superadas. Solo Jean-Claude Carrière se le puede comparar en toda Europa.

La relación de candidatos se remataba aquel 1990 con un mallorquín desasosegante, solo conocido por las élites. La entrega se celebraba en el muy madrileño Palacio de Congresos, ubicación que debería ser permanente. Se despega el sobre y «el premiado es Agustín (sic) Villaronga por El Niño de la Luna». El todo Madrid se revuelve incómodo en sus asientos, las cabezas se giran a punto de desenroscarse del tronco, mientras desciende por el patio de butacas un ser periférico con perfil de indio comanche reforzado por el pelo recogido en una coleta. Las miradas van más allá de la incredulidad, lindan con el reproche por la insolencia de haber aventajado a los clásicos.

Los ceremoniales son imprescindibles para el escalafón, pero inútiles para encuadrar a un Villaronga en quien no debe confundirse la naturalidad con la modestia. El éxito masivo le llegó a su pesar, comentaba con perplejidad la elevación de Tras el Cristal a película de culto en todo el mundo, con revisiones continuas. Y desde esa ironía tan mallorquina que no necesita ni manifestarse, admitía la comercialidad descarada de su Born a King «lleno de pitufos», hagiografía de gran presupuesto sobre la infancia del rey Faisal de Arabia en Londres.  

Villaronga ha sido una persona esencialmente decente, que aceptaba con buen talante una crítica negativa a Incerta Glòria, que nunca abandonó el cine que varias veces estuvo a punto de desahuciarlo. Siempre acababa imponiendo su estoicismo senequista. «Tengo que vivir, y no me refiero solo a lo alimenticio, sino a lo emocional. Necesito estímulos». Ha muerto como creador de un universo mallorquín que ha sobrecogido al mundo, en la estirpe de Toni Catany o de Miquel Barceló, pero con el aliciente añadido de marcar su impronta en la más comercial de las disciplinas. El cine.