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Albert Soler

Limón & vinagre

Albert Soler

Enrique Windsor | Cuando Harry encontró a Moehringer

El principe Enrique, duque de Sussex, en Londres EFE-EPA

Ha tenido que ser gracias al libro de moda, que me enterara de que Harry es lo mismo que Henry, es decir, Enrique, y que, por lo tanto, los hijos de Carlos y Diana son solamente dos, y no tres, como siempre he pensado, apunte que hago de entrada para que quede constancia del interés que en mí despiertan las monarquías en general y la inglesa en particular. A mi abuelo Enric le habría encantado saber que se llamaba Harry, pero murió sin enterarse y sin que nadie de la familia le hubiera llamado jamás de tal forma.

En todas las familias reales hay un miembro rebelde, se da con mucha más frecuencia que en las familias de la plebe, será que es más fácil ser rebelde con el riñón cubierto, que habiéndote de levantar a las seis de la mañana para ir al curro. Aquí tenemos a nuestro Froilán y allí tienen a Harry/Henry, igual Froilán también se dedica a escribir sus memorias en cuanto se canse de andar a navajazos por tugurios nocturnos. Harry, o Henry, acaba de publicar las suyas, que se han convertido en el libro de no ficción más vendido de toda la historia, en parte porque a la plebe, además de levantarse a las seis para ir al curro, le gusta saber que las familias reales también tienen problemas, en parte porque no las ha escrito él. El solo hecho de que un príncipe de cualquier monarquía no escriba sus propias memorias ya es motivo de celebración, ya que en general no se trata de individuos demasiado doctos pluma en mano, pero en este caso la celebración es doble, porque el encargado de escribirlas ha sido J. R. Moehringer, el mismo premio Pulitzer que escribió la biografía de André Agassi, el mismo que noveló su propia biografía en El bar de las grandes esperanzas, el mismo que revivió en un solo día la historia del atracador Willie Sutton y el mismo, en fin, que si le confiaran redactar la guía de ferrocarriles del estado de Ohio, la convertiría en un monumento literario.

Ya antes de publicar, que no de escribir, sus memorias, Harry, o Henry, dio muestras de querer convertirse en una oveja negra casándose con Megan Markle, una actriz norteamericana a quien había conocido en una cita a ciegas. Las citas a ciegas de los trabajadores culminan como mucho en una noche de lujuria, eso las más afortunadas, en cambio las de la nobleza terminan en boda televisada a todos los rincones del planeta. Sin embargo, Henry, o Harry, no calculó que ser la oveja negra de los Windsor requiere mucho más que casarse con quien no debes, estamos hablando de una familia que ha tenido entre sus miembros abdicaciones, bodas con divorciadas e incluso coqueteos con el nazismo. No, una boda con una actriz norteamericana no es suficiente para destacar, ni aunque la actriz sea sibilinamente acusada de no ser lo suficientemente blanca para los estándares british.

El libro se llama Spare, eso sí me lo sé, y aunque aquí se ha traducido como En la sombra, en realidad significa «sobrante» o «de repuesto», se conoce que Harry, o Henry, se siente ninguneado. En España, además de traducir a nuestra manera, se nos acumula el trabajo, porque al mismo tiempo que tenemos en las librerías la triste vida del pobre niño rico inglés, se estrena en las pantallas de televisión Cristo & Rey, que viene a ser lo mismo, pero al revés: la biografía de una actriz de largas y apetitosas piernas, que se convierte en manceba de un miembro de la realeza, tal vez unidos por el amor de ambos a los elefantes, si bien una los montaba y el otro los abatía.

No nos desviemos del tema. Uno se enfrasca en la lectura de Spare con el sano propósito de conocer la miserable vida de su protagonista y de toda la familia real inglesa, que saber de desgracias de poderosos es una bonita manera de empezar la semana laboral. Al fin y al cabo, Dickens era inglés, así que uno lee Spare esperando enterarse de que Harry, o Henry, es maltratado por su padre, por su hermano mayor, por su cuñada y —no puede faltar— por su malvada madrastra, viéndose obligado a huir de casa y trabajar durante interminables jornadas en una fábrica textil, donde por supuesto un amargado capataz le coge ojeriza. En lugar de esto, nos encontramos con un príncipe que fue a la guerra y —dice— mató a veinticinco enemigos, ni capataz ni fábrica textil ni nada, a menos que aprovechara los días de permiso durante su estancia en Afganistán, para trabajar en un telar a las órdenes de un mulá.

Lo más horrible que le sucede a Harry, o Henry, es un empujón de su hermano, a resultas del cual cae encima del plato del perro, rompiendo la vajilla canina en pedazos. Sin duda, fue este el detonante que le empujó a saldar cuentas con la familia mediante la escritura. Por hechos menos graves y truculentos, se escribió la Ilíada.

El príncipe Enrique, duque de Sussex, en Londres.

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