Opinión | Tribuna

Diversidad no es pluralidad

Cuando Clístenes diseñó la primera democracia de la historia, lo primero que hizo fue sustituir la vieja división de los atenienses en tribus vinculadas a lazos de sangre por una nueva agrupación tribal de adscripción arbitraria y desligada del parentesco. Así la tribu se vaciaba de significado, de modo que sus referentes dejaban de ser la familia y el clan para ser, en su lugar, la polis y su constitución democrática. Clístenes acababa de inventar el concepto de ciudadano que se relaciona con su comunidad y con sus instituciones políticas sin intermediarios, como un individuo, y no como parte de un colectivo. En otras palabras, trascendiendo la tribu en pos de la individualidad, Atenas dejaba de ser políticamente diversa para devenir plural y, por ende, democrática.

Sí, toda democracia necesita ser plural, necesita que sus ciudadanos tengan ideas propias, individuales, diferentes de las ideas del resto de ciudadanos, y susceptibles de ser discutidas en el foro público gracias a la razón, argumentando y contraargumentando. Por eso la filosofía nació en la antigua Grecia: los miembros del demos de las jóvenes democracias ya no podían recurrir al misticismo, el pensamiento mágico, la religión o la doctrina para convencer a sus conciudadanos de que sus propuestas eran las mejores, sino que debían explicar sus porqués, es decir, tenían que filosofar. Además, dichas ideas deben poder ser libremente expresadas, y sin ningún temor. No sorprende que en su ensayo On Liberty, un referente intelectual de la democracia moderna como Stuart Mill nos explicara aquello de que podemos detestar a nuestro adversario político, pero en ningún caso podemos sofocarlo, impedirle que se exprese, ni tampoco castigarlo por hacerlo. En fin, los ciudadanos pueden asociarse, si así lo desean, para formar instituciones que representen sus ideas políticas y concurran para alcanzar el poder; durante la Revolución Francesa se llamaron clubs, y hace mucho tiempo que las llamamos partidos políticos. El multipartidismo es expresión de la pluralidad de ideas políticas.

Cuando hace dos décadas yo comenzaba a enseñar, me sorprendió ver que tanto los currículos como los proyectos educativos de centro de la época empezaban a repetir recurrentemente un objetivo que se definía como «enseñar a los alumnos el valor de la pluralidad y la diversidad como pilares de las sociedades democráticas» o que insistían en hablar de «democracias plurales y diversas». Una vez, en mi candidez —yo era aún joven e ingenuo—, se me ocurrió preguntar que por qué lo de ‘diversas’, y los presentes, con cierto desdén, me respondieron que qué más daría, que no me pusiera tiquismiquis. La noción de pluralidad empezaba a desdibujarse y a fusionarse tácita y casi inadvertidamente con el mantra de la diversidad.

Que la democracia y la discriminación de cualquier ser humano por cualquier motivo —incluyendo su pertenencia a un colectivo— son incompatibles, lo reconoce toda constitución liberal moderna, y también la propia declaración universal de los derechos humanos. Ahora bien, la igualdad de derechos es cuestión que atañe estrictamente a los individuos, pues los derechos y libertades, por definición, son individuales, pertenecen de modo inalienable a cada ciudadano. De hecho, la ONU reconoce un único derecho colectivo, que es el de autodeterminación de los pueblos, y aun entonces dicho derecho se entiende cono libre expresión de la voluntad de cada uno de los ciudadanos que conforman el pueblo en cuestión.

Pero eso no es exactamente lo mismo que la ‘diversidad’ de marras, porque cuando se habla de diversidad casi nunca se hace en referencia al derecho de todo individuo a no ser discriminado por su pertenencia a un colectivo, y casi siempre se hace en referencia a la supuesta identidad grupal que implica la pertenencia al mismo. Despreciando las características individuales de cada cual, el identitarismo entiende a los seres humanos no como personas singulares, sino más bien como resultantes de múltiples identidades interseccionales que «nos atraviesan» y que permiten etiquetarnos —como si fuéramos cabezas de ganado— y asignarnos no sólo características, sino también ‘privilegios’ y ‘opresiones’ e, incluso, responsabilidades morales por actos que no hemos cometido nosotros como individuos, sino nuestros antepasados y/u otros miembros de nuestro ‘grupo’. Los identitarismos más furibundos suelen mostrarse vindicativos, exigiendo movimientos pendulares que inviertan cualquier injusticia histórica, real o imaginaria. En los casos más extremos y caricaturescos, además de clamar venganza, también exigen que ésta se concrete en legislaciones que quiebran principios fundacionales de la democracia, como el de igualdad jurídica, o el de presunción de inocencia. Como a los identitaristas no les gusta la justicia tradicional —la de la señora ciega que sostiene una balanza y sólo se interesa por los hechos, no por la naturaleza de su autor— prefieren hablar de «justicia social», pero no como lo hacía la socialdemocracia clásica —porque en general sus propuestas están vacías de un plan racional de reforma fiscal tendente a redistribuir la renta—, sino más bien entendida como la necesidad de corregir mediante discriminación inversa los desequilibrios que detectan, que para ellos casi siempre son ‘estructurales’. Incluso cuando exigen equidad económica, sus propuestas suelen apuntar a la confiscación patrimonial de los supuestos colectivos opresores o a la subvención de los supuestos colectivos oprimidos, más que a la fiscalidad directa y progresiva en función de los ingresos individuales: si los identitaristas confunden pluralidad con diversidad, ¿cómo no van a confundir renta con patrimonio, o estímulo fiscal con caridad pública?

En otras palabras, el culto a la diversidad es culto al tribalismo y a la espiral de venganzas y contravenganzas propia de las sociedades gentilicias, a la noción de derecho penal de autor y de responsabilidad colectiva —no individual— y, como colofón, es un ataque directo a los principios de la democracia liberal. Un retorno en toda regla al tiempo histórico en que los seres humanos no gozábamos de igualdad jurídica. De hecho, a mí me recuerda demasiado las nostálgicas teorías carlistas de los cuerpos intermedios; y no me sorprende, porque la defensa de la diversidad en detrimento de la pluralidad es algo muy reaccionario, de lo más Ancien Régime. Lo irónico es que todo esto se haga en nombre de la igualdad y el progreso.

En este contexto resulta muy inquietante que el Real Decreto de currículum de secundaria recientemente promulgado no contenga, ni en su parte general, ni tampoco en el capítulo dedicado a la Geografía e Historia, ni una sola referencia a la noción de pluralidad como fundamento de la democracia. En cambio, hay ejes temáticos y de adquisición de competencias completos —amén de múltiples menciones particulares— consagrados al fomento de la diversidad y la multiculturalidad. ¿Cómo es posible que se nos pida a los docentes que hagamos apología de cualquier elemento cultural que no sea pura, genuina, racional y fundacionalmente democrático?

Lo peor de esta enésima reforma educativa no es su desprecio por los contenidos. Lo peor es su carácter reaccionario y antidemocrático. ¡La posmodernidad es tan medieval!

Le debo mucho al profesor de Geografía e Historia que tuve en el colegio. Recuerdo algo que nos decía con frecuencia: «No me interesan sus opiniones de ahora; lo que me interesa es que aprendan mucho, para que cuando sean mayores puedan tener su propia opinión». El adulto que soy tiene opiniones bastante diferentes de las que él tenía. Sin él y sin referentes como él, no sé si hoy en día yo podría tener mis propias opiniones, porque aquel profesor me enseñó a discrepar de cualquiera, incluso de él. Gràcies, don Toni!