El cambio climático supone una amenaza existencial de primer orden. Su magnitud viene avalada ya no solo por reputados informes científicos, también por las evidencias en nuestro entorno. Desde mayo, la Aemet ha registrado 123 noches tropicales en Palma, 23 más que en la década de los ochenta. A este estío con el mercurio disparado, le ha sucedido un pegajoso ‘veroño’, esa nueva estación con temperaturas inusualmente altas que revoluciona el ciclo de la naturaleza hasta el punto de que los frutales florecen como si fuera primavera, poniendo en riesgo la producción de alimentos. Aunque el fenómeno no es nuevo en Mallorca, sí hay un elemento que preocupa: su frecuencia aumenta de forma vertiginosa, con todo lo que ello supone para nuestros ecosistemas, para nuestro modelo económico y para nuestra manera de vivir. Hace tiempo que el cambio climático dejó de ser aquella imagen remota de los casquetes de la Antártida desplomándose sobre el mar, preludio de un colapso letal y lejano en el tiempo que generaciones futuras en el mejor de los casos podrían evitar con avances tecnológicos. Los efectos devastadores de fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más intensos y frecuentes, forman parte de nuestra actualidad por un calentamiento global que no solo daña el planeta del futuro, también mata y enferma a la gente en el presente. Aunque crece la concienciación, el problema no deja de agravarse. La ONU advierte que los avances realizados son muy insuficientes tras evaluar a los casi doscientos países firmantes del Acuerdo de París, que se comprometieron a tomar medidas jurídicas con el objetivo de que el calentamiento mundial quedara por debajo de los 2 grados Celsius, preferiblemente en 1,5, en comparación con los niveles preindustriales. La realidad es que ya ha subido 1,1 y se prevé que alcance los 2,5 a finales de siglo. Tras el oasis de la pandemia a estos efectos, la guerra de Ucrania, la crisis energética, la lucha contra la inflación… se colocan por delante en la agenda de urgencias, por más que la del cambio climático pueda resultar la más letal de todas hasta conducirnos a la extinción.

El Govern balear ha presentado una ley de Cambio Climático muy ambiciosa que ha topado con fuertes reticencias en los sectores económicos afectados e incluso entre los ayuntamientos. Consideran exageradas las exigencia y demasiado cortos los plazos. El descomunal reto al que nos enfrentamos exige voluntad y firmeza política, pero también requiere dosis de realismo que hagan viable el plan, para que no quede en papel mojado y agrave todavía más la situación. La descarbonización demanda grandes inversiones, que en parte podrán ser financiadas con los fondos Netx Generation, pero sobre todo requiere un cambio en el modelo de consumo. Cada gesto cuenta. Cada décima ayuda. No hay tiempo que perder.