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Diario de Mallorca

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Astrid Barrio

Astrid Barrio

Profesora de Ciencia Política de la Universitat de València

Socialismo, centro y polarización

El trato que se da a la extrema izquierda acostumbra a ser distinto al que se da a la extrema derecha, sometida a un férreo ‘cordón sanitario’, lo que perjudica por ejemplo al PS francés

Las elecciones presidenciales francesas han certificado la que puede ser una de las grandes paradojas de la política actual y es que en contextos de elevada polarización el centro político puede verse favorecido. Ciertamente, esta afirmación hay que matizarla porque la propia la naturaleza de las elecciones presidenciales en Francia y la existencia de un sistema electoral mayoritario a doble vuelta ha propiciado la concentración de voto en Macron en la segunda ronda. Pero lo cierto es que ya en la primera, el presidente, el candidato centrista por excelencia, fue el más votado seguido justamente de tres candidatos que representaban opciones extremistas. Dos de extrema derecha, Marine Le Pen, que quedó en segunda posición, y Éric Zemmour, que se situó en cuarta a mucha distancia, y Jean Luc Mélenchon, uno de los candidatos de la extrema izquierda, que quedó en tercera posición. En cambio, los representantes de los partidos tradicionales, conservadores y socialistas, obtuvieron resultados absolutamente marginales, en especial Anne Hidalgo, la candidata socialista y alcaldesa de París, que, con el 1,74% de los votos, no superó la décima posición.

La mayor parte de sistemas políticos europeos se han caracterizado históricamente por la existencia de grandes partidos vinculados a las familias ideológicas tradicionales. Y aunque hay quien sostiene que el hecho ideológico no es consustancial al partido político, lo cierto es que, en Europa, solo han tenido éxito a largo plazo los partidos vinculados a las grandes ideologías de la modernidad como el liberalismo, el conservadurismo, el socialismo o el comunismo, a pesar de que el uso de la dimensión izquierda-derecha funciona como un atajo cognitivo que ayuda a los ciudadanos a identificar los rasgos distintivos de cada partido, determinar sus prioridades políticas y situar a los partidos en un continuum en función de su posición ideológica.

Durante largo tiempo, las ideologías que han dominado el panorama político han sido conservadores y socialistas y, de hecho, tras las últimas elecciones europeas, esas fuerzas siguen siendo mayoritarias en el Parlamento. Pero estos partidos obtienen sus mejores resultados en contextos de competencia centrípeta. Son muy ilustrativas al respecto las recientes elecciones en Alemania y Portugal, donde los socialistas quedaron en primera posición y los conservadores en segunda, y tienen más dificultados cuando hay mucha polarización, como ha sucedido en Francia y aparece un partido centrista. En especial, para el socialismo.

Y ello se explica porque, aunque la polarización sea muy elevada, la percepción y el trato que se da a la extrema izquierda acostumbra a ser muy distinto al que se da a la extrema derecha. Y el caso francés es a este respecto muy claro. La extrema derecha está sometida a un férreo cordón sanitario -como lo estuviese antaño el Partido Comunista- hasta el punto de que, al menos hasta ahora -habrá que ver en las legislativas de junio-, apenas tiene presencia institucional: solo 7 de los 577 escaños de la Asamblea Nacional. En cambio, la extrema izquierda de Mélenchon ya no es vista como una amenaza para la República ni se percibe como la fuerza protestataria y tribunicia que fuera antaño. De hecho, para muchos franceses ya es una fuerza orientada al Gobierno y prueba de ello es que Mélenchon aspira a convertirse en primer ministro tras las elecciones de junio, concentrando el voto de la izquierda y ecologista frente a una derecha más fragmentada.

En este escenario, los socialistas, que viven sus horas más bajas tras la humillante derrota de la alcaldesa de París, van a tener muchas dificultades. Están mermados organizativamente, divididos ideológicamente, y algunas de sus figuras históricas han apoyado a Macron, sin ir más lejos el propio Manuel Valls, quien fue diputado de su partido. Entre un centro reforzado y una extrema izquierda digerible, el socialismo francés se ha quedado sin espacio, ni puede centrarse ni puede radicalizarse. Solo le queda, como ya ha hecho con éxito en diversas ocasiones, y tal como ha anunciado su primer secretario, Oliver Faure, tratar de refundarse. Eso y esperar que Macron o Mélenchon fracasen y que encuentren a su Pedro Sánchez.

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