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Norberto Alcover

En aquel tiempo | Los días del pasado

Mario Camus, rodeado del reparto de 'Los santos inocentes', en el Festival de Cannes, en mayo de 1984.

Sobrellevo como puedo la muerte de Mario Camus, a quien conociera en mis años madrileños y cuando mi relación con el mundo del cine era más intensa. Mis tareas críticas estaban pendientes de las imágenes de Carlos Saura, de José Luis Borau, pero sobre todo de esas narraciones fílmicas del cántabro Camus. Nunca conseguí la entrevista deseada, y jamás llegué a preguntarle, a solas, por el misterio de su cine, pero sus películas detuvieron mi vida, incluso personal, mucho más que lo hicieran otras grandes obras de los otros dos. Saura era más frío y Borau menos intenso, mientras el cine de Mario Camus conjugaba calor humano, excelencia narrativa y sobre todo perfección de las historias contadas, es decir, solidez de los guiones en que comenzaban sus películas. No en vano, era adicto a relevantes escritores españoles: Delibes, Cela, Aldecoa, Pérez Galdós, Calderón, Lorca y un largo etcétera de personajes del gremio. Gran lector, defendía la «inspiración literaria» como punto de partida de grandes obras cinematográficas. Como sigue sucediendo ahora mismo. Pues bien, esa visualización literaria de sus mejores películas, confería al cine de Camus una hondura más allá de lo corriente en la gran pantalla. Eran vida en estado puro. Eso que también ocurre con el cine de Eastwood, incluso con su reciente película, una obra menor pero de un humanismo enternecedor. Repito: vida en estado puro. Trocitos de la España de la postguerra que, a pesar de tanta memoria histórica, hemos olvidado. Aquella España en que tantos españoles más que vivir se limitaban a sobrevivir. Tiempos de silencio.

Pero todo lo anterior se hacía palpable en «su modo de hacer cine». Quiero decir que, utilizando palabras clásicas, el fondo era la forma, las imágenes las ideas, el «tempo» la narración, y en fin, los diálogos eran la ultimidad de sus actores y actrices, a los que Mario veneraba y decía ser la fuente de toda buena película. Algunas de las mejores interpretaciones de nuestro cine han sido dirigidas por él: Charo López en La colmena, Paco Rabal en Los santos inocentes, Carmen Maura en Sombras en una batalla o Marisol en Los días del pasado, por ejemplo. Nada interpretaban sus personajes que no estuviera perfectamente calculado, si bien les diera gran libertad de actuación, pero sabían perfectamente lo que su director deseaba porque sabían de memoria el guión y sus intenciones, la clave del buen cine y de las grandes interpretaciones. Todo esto se traducía en imágenes para la imaginación, que diría Villegas López. Y sus imágenes nos atrapan todavía hoy porque ellas son una época pero también somos nosotros en la España actual. Pero demos un paso más.

Camus trabajó para la televisión con resultados espléndidos. Él ha sido el creador de las primeras «series a la española» con sus adaptaciones de varias entregas de Fortunata y Jacinta, de Galdós, y La forja de un rebelde, de Arturo Barea, entre otras obras. Ana Belén adquirió su auténtico peso como actriz en la obra de Galdós versionada por Mario, y su rostro entre descarado y encogido es inolvidable. Uno se pregunta por qué extraña razón TVE no repone estas dos miniseries como homenaje a una persona tan emblemática de su parrilla histórica. Eran obras de encargo, donde los grandes directores demuestran saber «hacer cine», porque el cine se hace de la misma manera que las novelas se escriben. Hubo un tiempo en que aquella televisión tan encogida encargaba grandes obras a grandes creadores. Pero el tiempo pasa y nada es tan siquiera semejante. Todo es más voluble, más instantáneo, más ligero y más light. Lástima.

El caso de Mario Camus, además, me permite recordar una realidad frecuente en nuestra España: la distancia de los hombres y mujeres llamados cultos/intelectuales de las obras cinematográficas. Es una especie de menosprecio, como si se pretendiera cobrar distancia de productos de menor rango e intencionalidad. Y de esta manera todos salimos perdiendo, porque gente para la que se piensa y gobierna está en la pantalla y porque la historia de esa gente, desde los años primeros del siglo pasado, late en concretas interpretaciones que permanecen vivas todavía hoy. Incluso cuando hablamos del «cine franquista», es muy interesante visionar cómo vivía aquella sociedad con sus dominantes ideologías pero a la vez con su incansable espíritu de salir adelante. Nada en el cine es materia de olvido porque toda película nos remite a esos trocitos de vida antes citados. Y esas vidas son nuestra historia, incluso las grandes películas norteamericanas, tantas veces demostradas sencillamente por envidia.

Acabo estas líneas con una sugerencia, si es posible comercialmente: sería bonito y ejemplar que en alguna de las salas de nuestros cines se diera a luz una retrospectiva del mejor cine de Camus, como homenaje al director cántabro y a nuestra propia memoria. Los cinéfilos seguro que lo agradeceríamos, y el público tendría la oportunidad de contemplar unas imágenes que se trascienden a sí mismas para resultar siendo las imágenes de nosotros mismos. Los días del pasado son nuestros propios días.

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