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Charo Izquierdo

El vigésimo cuarto oro

Simone Biles

Simone Biles

Los seguidores del medallero gimnástico creerán que me he confundido. Yo sé que no. Para quienes recuentan las medallas de oro de esa especie de contorsionistas en las que se han convertido las gimnastas artísticas habré errado. Porque sí, estoy hablando de los trofeos áureos de la olímpica Simone Biles, que, en efecto, en su carrera deportiva puede exhibir 23 oros, entre Olimpiadas y Mundiales. Pero ya lo dice la filosofía popular, que a veces el mejor triunfo es una retirada a tiempo. Desde mi punto de vista, el suyo lo es. Retirarse de la competición olímpica significa una nueva medalla, la número 24. La más importante. Porque se la ha otorgado ella misma.

Es «su» trofeo.

En estos días pasados, desde que la joven Biles (24 años) anunciara que no seguía compitiendo en los Juegos Olímpicos de Tokio, he leído de todo. A favor y en contra. Y he escuchado de todo, incluso en la sobremesa familiar. No porque se haya despertado el entusiasmo generalizado por la gimnasia deportiva, por cierto, mi primera vocación. Tampoco porque se haya especializado el mundo en esta disciplina que me apasiona y emociona. Simple y llanamente, he descubierto cómo nos incomodan estos gestos humanos, que he escuchado a algunas personas tildar de debilidad y que yo asumo como fortaleza. Porque las Olimpiadas son el máximo sueño de un deportista. Pero saber escucharse para protegerlo e incubarlo, a la espera de mejores momentos, es una victoria hacia uno mismo; escribiría que sin precedentes, si no fuera porque no es la primera deportista ni será el último que renuncia por no poder seguir luchando en la pelea contra sí misma, contra sí mismo.

Es «su» guerra interna.

¿Qué habría ocurrido si en vez de romperse el alma, Biles se hubiera roto una pierna? La consternación habría sido generalizada y los deseos de curación para próximas competiciones se habrían extendido como plegaria urbe et orbi. Sin embargo, cuando la presión se apodera del ser humano hasta llevarlo a quebrarse, hasta conducirle a las lágrimas, a la impotencia, a veces incluso a la parálisis, asusta tanto, que arrastra al juicio popular. Diría, incluso, que es una manera de interpelar a una sociedad robotizada hasta las últimas consecuencias de ignorarse, de apartar emociones, sentimientos, de eliminar rasgos que definen su especie, eso que llamamos alma, espíritu, ese cordón invisible que la comulga con su interior y con el universo exterior al que pertenece. Es en esa comunión con uno mismo, en ese encuentro con el ser más íntimo donde se descubren esas emociones que a veces elevan y que a veces hunden, lo que al parecer ha ocurrido a una deportista que, no hay que olvidar, trabaja contra su propio cuerpo para convertirlo en plastilina con corazón, hasta modelarlo como una marioneta con ritmo, armonía y melodía. Esa plasticidad suya que tanto nos emocionaba y motivaba y que por su actitud pensábamos que era también su propia emoción, estaba cargada de una tensión que solo pueden comprender quienes se someten a la alta competición y que en la historia olímpica ha sido ampliamente criticada, incluso denunciada.

Es «su» presión.

Su trofeo, su guerra, su presión…, ¿quiénes somos los demás para juzgar lo que debería hacer o haber hecho? Y no, su gesto no es el fruto de haber sido una niña de tres años sometida a las adicciones de una madre de la que fue separada. Y no, no es el fruto de los abusos sexuales por parte de Larry Nassar, el delincuente médico del equipo norteamericano. O sí; no lo sabemos. O influyen en un porcentaje equis. Seguramente, porque su pasado es brutal. Pero imaginemos que fuera diferente. Bastaría que su renuncia respondiera simple y llanamente al reflejo de no poder más, como ella misma dijo. De no confiar en sí misma y en sus competencias. Bastaría que respondiera al deber de trascender el cuerpo para entender la mente y cuidarla. Sin más. No sé si es consciente Biles del favor que hace a la Humanidad con su acto. Porque nos ayuda a aprender a perdonarnos a nosotros mismos, la necesidad de ser y no solo estar, de sentir más allá de hacer, de sufrir además de divertirnos. Nos recuerda la obligatoriedad de sanar las enfermedades de la mente, esa que olvidamos hasta convertirnos en nuestros propios abusadores a base de exigencias y culpas. Por eso, creo que Biles ha ganado, aunque de momento haya perdido. Ha ganado para su futuro. Ahora tendrá que gestionar su perdón.

La humanidad le da las gracias.

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