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JOrge Dezcallar

Me está gustando Joe Biden

Porque es valiente y no funciona solo a golpe de encuestas como otros sino que está dispuesto a hacer las reformas que los Estados Unidos necesitan para enfrentar el futuro en mejores condiciones. Tuve ocasión de tratarle cuando yo era embajador en Washington y guardo de él la imagen de un político discreto y siempre consciente de ese papel subordinado que le daba el cargo de vicepresidente y que en su día había hecho comentar al presidente Coleridge que tenía dos amigos: uno embarcó para un viaje lejano y a otro le nombraron vicepresidente... y jamás volvió a oír hablar de ninguno de ellos.

Y ahora se ha destapado. No era fácil destacar después de una presidencia tan histriónica como la de Donald Trump, que le acusaba de estar «adormilado» porque en los debates nunca respondió a sus provocaciones para que entrara en el cuerpo a cuerpo en el terreno por él elegido, que es el error que ha cometido Pedro Sánchez y que le ha costado un buen revolcón en las elecciones madrileñas.

Cuando Biden alcanzó la presidencia, con 78 tacos a sus espaldas, el mundo lo catalogó como presidente «de transición» y «de un solo mandato» pues no se le imaginaba presentándose a la reelección con 82 años. Por la misma razón Kamala Harris aparecía como la esperanza Demócrata para las elecciones de 2024 a las que Trump amenaza con presentarse. Y resulta que Biden nos ha sorprendido ahora al no descartar la posibilidad de hacerlo él también. Pero haga entonces lo que haga, lo importante es lo que está haciendo ahora con una gestión valiente para estar a la altura del tremendo reto del tiempo que le ha tocado vivir. Biden está dispuesto a asumir riesgos para dejar una huella profunda y transformadora en el país que recibió, sumido en una pandemia que su predecesor no quiso ver, que se ha llevado por delante las vidas de miles de compatriotas y que ha traído una grave crisis económica que ha disparado el desempleo. Y como en los Estados Unidos el seguro médico va en muchos casos unido a estar empleado, los dramas personales y familiares aumentan de una manera que en Europa cuesta comprender.

El PIB mundial es de 80 billones de euros (el de EE UU es de 18) y los estímulos y ayudas concedidos por Washington para salir de la crisis alcanzan la asombrosa cifra de 6 billones (el PIB español es de 2) para una vacunación rápida y masiva que salve vidas y recupere la economía; ayudas directas a ciudadanos, familias, negocios y estados; inversiones en educación y en luchar contra las desigualdades y la discriminación racial; apoyo a un vasto plan de infraestructuras creador de empleo; lucha decidida contra el calentamiento global regresando al Acuerdo de Paris, restringiendo la explotación petrolífera en ciertas zonas e impulsando las energías renovables y el coche eléctrico... Todo eso supone una revolución comparable a las que en su tiempo llevaron a cabo Franklin Delano Roosevelt, Lyndon B. Johnson y Ronald Reagan. Lo excepcional es que ahora lo quiera hacer un hombre al que todos consideraban como «un presidente de transición» y que sabe muy bien que para llevarlas a cabo tendrá enfrente a un partido Republicano que no le va a dar ni agua.

No cabe ocultar que tanto que dinero de golpe es también causa de preocupación porque tiene riesgos. El endeudamiento ha alcanzado el 124% del PIB (en la Segunda Guerra Mundial llegó al 122%), y aumentará la carga para futuras generaciones aunque las bajas tasas de interés faciliten actualmente su pago. Pero tenderán a subir porque también lo hará la inflación con el brutal aumento de la masa monetaria disponible, lo cual puede tener también un efecto muy negativo para países pobres endeudados en dólares y tocados por la pandemia, augurando así más pobreza y más desigualdades a escala global.

En todo caso Biden ha decidido arriesgarse asumiendo que es mejor pasarse que quedarse corto ante la crisis, y probablemente hace bien porque es la mejor manera de garantizar el rebote en V de la economía, que gracias a él se recuperará en EE UU antes que en Europa.

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