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El desgaste de la perfección

Esta última semana, una investigadora experta en genealogía me explicaba sorprendida cómo había descubierto por casualidad en un archivo regional que un antepasado suyo no muy lejano había sido ingresado en un «manicomio» (así constaba en el expediente), cuando tan solo tenía 40 años y varios hijos. Nunca nadie de aquellos que la antecedieron en el linaje nombraron semejante hecho, así que para ella, en su ignorancia, su tatarabuelo había vivido una vida ‘normal’, en consonancia con el resto de su generación, o sea, guerras, escasez de recursos y supervivencia. Pero no fue solo así. Por lo que fuera, este hombre, un labrador que no sabía leer ni escribir, además acabó encerrado en la plenitud de su vida en un centro donde apenas podían cubrirse con una sucia camisa raída donada por la beneficencia.

Más de un siglo después, sentadas las dos en una terraza a sol veíamos a la gente pasar y no pudimos evitar preguntarnos cuáles serán las consecuencias para nuestra salud mental de todo lo que, resignadamente, hemos vivido este año, inédito y devastador a partes iguales. Muchas personas han visto fallecer en soledad a sus seres más queridos y otras hace meses que no les pueden ni abrazar. Quienes han perdido su trabajo se cuentan por miles y al miedo al virus se han ido añadiendo otras capas más sutiles de inquietudes aparejadas a la soledad, a la sensación de vulnerabilidad, de abandono y a un poso que parece invencible de melancolía y desamparo. El «me siento un poco triste» o «será la astenia primaveral» es el modo suave de expresar que no estamos bien y que, tras un año haciendo esfuerzos titánicos para demostrar que podíamos con todo, la sociedad de la exigencia ha podido con nosotros. A muchos niveles. Estamos fatigados.

En palabras del psiquiatra Rafael Tabarés, estamos viviendo «la situación de dificultad más importante como sociedad desde la guerra civil, con un impacto sin precedentes en la salud física y en la mental». Durante décadas este modelo de sociedad nos ha exigido y exige todavía darlo todo -en casa, en el trabajo, en la esfera pública, con los amigos, como profesional, con la pareja, como padres y madres, como hijos.... - y hemos estado ahí, fielmente, entregando lo máximo siempre, no vaya a ser que nos estigmaticen, que nos califiquen de incapaces, no válidos, de no dar de más, de ser blandos...

No sé si alguna vez saldaremos las cuentas, en conjunto, con los millones de personas que han sido perseguidas, apartadas y ocultadas de la esfera pública, de los centros de decisión y de la familia por no ser ‘suficiente’ a lo largo de nuestra historia. Suficientemente cuerdo, puro, inmaculado, rico, sobrio, sano, dócil, bello. Personas con problemas de salud mental o con graves adicciones, discapacitados psíquicos o físicos, madres solteras, pobres, opositores ideológicos y ‘ovejas negras’ que han ido engrosando un batallón de excluidos invisible de lo que no se quería ver ni asumir. En mi familia no. Yo, no.

No es momento de seguir ocultando ni de mirar hacia otro lado. Es momento de cuidarnos entre nosotros y de reconocer que el golpe que hemos recibido ha sido duro y que, quizás, nuestro nivel de satisfacción en esta sociedad de la extrema exigencia ha sido la trampa que no veíamos para continuar obviando las sombras de nuestra existencia. Viene la segunda parte y quizás no se llenarán las UCI pero los abrazos, la empatía y la comprensión van a ser más necesarios que nunca.

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