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Juan José Millas

Tierra de nadie | ¿A quién llamo?

Queridos amigos, si os digo que tengo la cabeza vacía, me entenderéis o creeréis entenderme, pero si os digo que tengo el pie vacío, haréis un gesto de extrañeza. Tener la cabeza vacía no significa tenerla vacía de cerebro, sino de ideas.

-Tengo la cabeza vacía -le digo a veces a mi psicoanalista.

-Ese es un buen comienzo -suele decir ella porque tirando de esa frase hecha suelen aparecer frases deshechas.

Pero en este artículo quería hablar del pie vacío. El izquierdo, para ser exactos. Lo noto hueco, como si se hubiera diluido en la sangre la porción de esqueleto que le corresponde. Lo percibo como una cámara desocupada, como un plumier sin lápices. Funciona, pero con una ligereza extraña porque le falta peso. He llamado al médico, pues ahora hacemos las consultas por teléfono, y no ha sabido qué decirme. Más tarde me ha telefoneado él para aconsejarme que me coloque en el tobillo una especie de pulsera de plomo, que por lo visto usan los deportistas, para darle el peso que le corresponde. La he comprado en una tienda de deportes que hay cerca de casa, pero ahora noto que me pesa más el pie vacío que el relleno, pues no había pesas equivalente a los gramos perdidos por esa extremidad.

Temo descompensarme.

De hecho, estoy descompensado por esta experiencia que parece más onírica que real. Se trata, en efecto, de un argumento que parece sacado de un sueño. Pero es cierta. Me da pánico que esa pérdida, o su sensación, que viene a ser lo mismo, se prolongue más allá del tobillo y acaben desapareciéndome también la tibia, el peroné, y el fémur. Y se me corta la respiración con la sola idea de que se esfume el cien por cien de mi estructura ósea. Es sugestión, lo sé, pero cuando las sugestiones alcanzan determinado grado, no hay manera de distinguirlas de los sucesos verdaderos.

Casi prefiero tener la cabeza vacía. Prefiero esa sensación de aturdimiento que provoca la ausencia de claridad mental. Estoy acostumbrado a esa niebla anímica, llevo defendiéndome de ella toda la vida. Pero lo del esqueleto, cuanto más lo pienso, más atroz me parece. ¿A quién llamo?

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