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Joaquín Rábago

360 Grados | Cuba ha sabido desarrollar sus propias vacunas pese a un embargo implacable

No se habla mucho en Europa- al parecer no interesa- de las vacunas contra la covid-19 que está desarrollando Cuba en medio del implacable bloqueo de seis décadas impuesto por EEUU.

Esfuerzos cubanos que desmienten la afirmación del premier británico, Boris Johnson, cuando dijo con sarcasmo ante un grupo de diputados tories que la vacuna anglo-sueca AstraZeneca era mérito exclusivo de la codicia capitalista.

Ni siquiera dijo Johnson la verdad porque esa vacuna fue posible gracias a la generosa inyección de fondos públicos en la universidad Oxford, que fue quien la desarrolló, sin contar con que es el Servicio Nacional de Salud quien la administra a los ciudadanos británicos.

Obligada por las circunstancias, al margen de los flujos internacionales de capitales, Cuba ha tenido que trabajar en sus propias vacunas con total independencia del sector privado, por lo que su esfuerzo es tanto más meritorio.

De poco sirvieron los llamamientos internacionales, entre ellos el del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, para que EE UU y sus aliados suspendieran las sanciones unilaterales mientras durase la pandemia.

Una resolución en ese sentido presentada por Rusia en la Asamblea General de la ONU fue votada en contra por EE UU, la Unión Europea, Gran Bretaña y Georgia y Ucrania, dos países que tratan claramente de hacer méritos para entrar en la OTAN.

No hay arma más letal que las sanciones económicas contra un país, como demuestran las aplicadas a Irak a raíz de la guerra del golfo en Irak, donde se calcula que causaron la muerte de medio millón de niños.

Muertes debidas casi todas ellas a enfermedades perfectamente curables al no haber podido importarse los fármacos e instrumentos sanitarios que necesitaba el país.

Cuba ha estado sometida ininterrumpidamente al boicot de la vecina superpotencia desde 1960, cuando, por primera vez, EE UU prohibió la importación de caña de azúcar, cultivo agrícola fundamental para la economía de la isla.

Ese primer boicot se agravaría año tras año, lo mismo con el presidente John F. Kennedy que con quienes le sucedieron, incluso acabada ya la Guerra Fría, cuando nadie podía argumentar que Cuba representase peligro alguno para EE UU.

Y así se sucedieron los embargos a pesar de veinticuatro resoluciones de condena por Naciones Unidas, votadas por la inmensa mayoría de los países con excepción de EE UU, Israel y alguno más.

Las restricciones comerciales tanto de EE UU como de otros países sometidos a su presión crearon gravísimas dificultades de aprovisionamiento, pese a lo cual, a base de tesón y de ingenio, Cuba logró construir un sistema nacional de biotecnología.

Y este sistema, cien por cien público, es el que ha conseguido desarrollar desde el estallido de la covid-19 distintos tipos de vacunas, a los que el sistema político internacional y los medios de comunicación apenas prestan atención.

Cuba, que tiene uno de los mayores cocientes de médicos por cada mil habitantes del mundo, ha enviado a 3.500 de ellos a distintos países a luchar contra la pandemia.

Se calcula que 57 brigadas de especialistas llevan tratados a más de 1,26 millones de pacientes de covid-19 en cuarenta países, entre ellos Italia, adonde llegó una misión de 52 médicos que estuvo activa en algunas de las ciudades más golpeadas en la primera ola como Crema y Turín.

Estados Unidos, un país que no quiere compartir con otros sus vacunas hasta que sus propios ciudadanos estén vacunados, llegó a calificar las misiones cubanas en el exterior de «trabajos forzados que el Estado impone al personal médico».

Incluso se presentó allí un proyecto de ley – todavía en discusión- por el que se incluiría a quienes acogiesen esas misiones en la lista negra de los países que favorecen la trata de seres humanos.

Mientras tanto y a pesar de todas esas trabas, el sector biotecnológico cubano trabaja en hasta cinco vacunas contra la covid-19, de las que algunas están ya en la fase III de experimentación. Han recibido nombres como Soberana 2, Abdala o Soberana Plus.

Sus especialistas colaboran además actualmente con China en el desarrollo en la provincia de Hunan de una nueva vacuna, la Pan-Corona, que se pretende sea eficaz contra distintas cepas del coronavirus. Y también lo hacen con el instituto Pasteur, de Teherán.

No todo en esta lucha contra la pandemia es fruto del capitalismo y desmedido afán de lucro, como presumía Boris Johnson.

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