Dice nuestro psiquiatra de cabecera que «ya solo somos jóvenes para morirnos». Juan Mesquida fallece en plena ambición política, juvenil y legítima. El año pasado cambió su registro pausado por exhibiciones felinas, que lo convirtieron en el candidato más aguerrido a la doble elección general. En la actual y guerracivilista circunstancia política, por fuerza ha de admirarnos que un mallorquín alcanzara el primer mando civil y civilizado de la Policía y la Guardia Civil simultáneamente. Sin un escándalo, sin que le temblara el pulso al destituir al coronel con tricornio de Balears la misma mañana en que este periódico descubrió sus manejos.

Me adelanto a los rastreadores de hemeroteca y hemeroteca al confesar que Mesquida nos desconcertaba como titular de Hacienda en el primer Govern Antich. Uno de mis superiores quiso granjearse su complicidad denunciado mi calificación de «conseller del PP en el Pacto», pero el entonces socialista se le adelantó al celebrar la comicidad del apodo. Siempre respetó las reglas del juego, el hombre que supo reinar.

Pregúntense por qué Mesquida gozó de la confianza absoluta de José Bono, que era su auténtico modelo político, de Albert Rivera que lo vistió de ministro del Interior, de Inés Arrimadas o del anterior Jefe de Estado en plenitud, porque el apoyo regio fue decisivo para colocarlo al frente de las policías. Con Félix Pons o Feliciano Fuster, Mesquida remata el trío de grandes políticos mallorquines que Madrid apreció con mejor olfato.

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Fallece Joan Mesquida a los 57 años a consecuencia de un cáncer: Una vida en imágenes