18 de enero de 2014
18.01.2014
Tribuna

La utilidad de la violencia. A propósito de el Gamonal

18.01.2014 | 06:30
La utilidad de la violencia. A propósito de el Gamonal
En el siglo XVII John Locke ya explicaba que cuando el Estado abusa de su posición para imponerse a la ciudadanía, la revuelta no solo es aconsejable sino la única opción ética posible. El filósofo inglés tenia in mente, es cierto, una limitada concepción de la ciudadanía de la que los pobres y católicos jacobitas estaban excluidos pero „y esa es una de las grandes contradicciones que siempre han tenido los liberales como él„ deben dar a sus doctrinas un sentido universal de verdad. Así lo entendieron cien años más tarde los sans culottes de la Revolución francesa cuando implantaron el terror: la libertad sólo puede imponerse con la guillotina, y quien dice libertad, dice también justicia. Justicia en sentido social y profundo, no en sentido legal. Justicia como convencimiento de lo que está bien es lo justo, justicia en el sentido del customs in common popular de los anglosajones. En definitiva, no hallaremos en la historia ni un solo caso en que la justicia del bien común haya logrado imponerse sin medidas de violencia y terror contra los refractarios a aplicarla.

No entramos a considerar las razones de los burgaleses del barrio del Gamonal para oponerse al famoso bulevar. Lo que es relevante en este caso es el método. Meses de protestas pacíficas, firmas, peticiones, entrevistas en los medios y una interminable serie de movilizaciones según los cánones de lo políticamente correcto y aceptable, no sirvieron para nada. Un par de noches de ruido y furia han hecho retroceder a las autoridades y se han suspendido las obras "por el momento". Desconocemos si los burgaleses han leído masivamente los Ensayos sobre el gobierno civil de Locke pero lo que hemos podido comprobar es que se hartaron e hicieron estallar la perversa lógica del respeto institucional con unas cuantas piedras. Gamonal es solo un síntoma, un preludio más que probable de próximas explosiones sociales que empiezan a vislumbrarse. La salida de la crisis para el capital se está resolviendo como siempre se resolvieron las crisis: condenando a la pobreza y a la precariedad a una parte cada vez mayor de la población trabajadora. Y además, esta vez parece que el "final del túnel" también va a significar el final de esa quimérica clase media que en realidad nunca existió. Por eso, pese al aumento de los beneficios para unos pocos, la cólera acabará estallando en mil y una formas y variedades.

Como siempre, es la derecha la que se orienta mejor ante el peligro que acecha. La prueba es la ley de seguridad ciudadana que se pretende aprobar y que nos situará al nivel de una dictadura bananera o un régimen estalinista. La derecha se prepara para utilizar todas las armas del terror de estado contra la población mientras la izquierda sigue hablando de movilizaciones ordenadas y respeto a la ley. Tras la explosión de Burgos se acumula la frustración por decenas y decenas de manifestaciones ordenadas y respetuosas que han servido de muy poco. La dinámica de la conservación de la energía se expresa también en los conflictos sociales. Si las formas pacíficas de protesta no obtienen rédito palpable inevitablemente se ensayarán otras vías.

Hace años, incluso durante el franquismo, una movilización en la calle hacía temblar a los gobiernos y provocaba cambios a corto plazo. Hoy, el sistema se cree inmunizado contra las protestas sociales y tanto da que se manifiesten cien como cien mil siempre que lo hagan civilizadamente. Su insultante prepotencia se basa en la convencimiento que la oposición comparte los mismos puntos de vista esenciales que el poder para asegurar el mantenimiento del statu quo. ¿Es ello realmente cierto? La izquierda tiene ahora una ocasión de oro para empezar a romper esa imagen de complicidad, porque hay leyes y procedimientos que no pueden ni deben respetarse.

* Profesor de Historia Económica de la UIB

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