en contra

"‘Oppenheimer’ maltrata en el cine a las víctimas de Hiroshima"

Agustín Rivera (Málaga, 1972) es periodista de ‘El Confidencial’ y profesor de la universidad malagueña, trabajó en ‘El Mundo’ con escala en Mallorca. Fue corresponsal en Tokio y presenta ‘Hiroshima: Testimonios de los últimos supervivientes’ en la librería Literanta el día 12. Ha ganado el premio Chaves Nogales.

Agustín Rivera

Agustín Rivera / Toñi Guerrero

Matías Vallés

Matías Vallés

Para que se haga cargo del tipo de entrevista: «¿Todo el mundo presume de saber qué sucedió en Hiroshima?»

Todavía no se conoce toda la verdad, queda mucho que contar sobre la vida cotidiana de las víctimas antes y después de Hiroshima o Nagasaki, la gran olvidada.

Las víctimas fueron estigmatizadas también en Japón.

Es impresionante, tenían problemas para conseguir una pareja, casarse, tener hijos o acceder a un empleo. Solo se ayudó a los hibakusha de primera generación.

¿Qué significa la palabra ‘hibakusha’?

Significa literalmente «persona irradiada», que recibió la radiación de la bomba atómica.

¿Qué define a un superviviente?

Psicológicamente llegan a arrepentirse de haber sobrevivido, «por qué yo y no mi compañero de colegio».

Es un sentimiento que comparten con los supervivientes de los campos de concentración.

Es muy parecido, con la diferencia de que en Europa hemos estado muy pendientes del nazismo como es lógico, pero olvidamos la guerra cruenta en el Pacífico. Contemplamos a Hiroshima y Nagasaki como un mal menor, cuando fue innecesario bombardearlas incluso desde el punto de vista bélico.

Pero Hiroshima y Nagasaki salvaron las vidas de miles de soldados estadounidenses.

Hirohito no confiaba en sus dirigentes y se planteaba rendirse, antes de las bombas que no solo causaron una matanza sin precedentes, sino el estigma y el drama de los supervivientes.

¿Qué secuelas padecen estos supervivientes?

El cáncer de tiroides es la enfermedad fundamental, además de los efectos del recuerdo permanente de la explosión, y de la sensación de que su historia ha sido olvidada en el propio Japón, incluso dentro de las ciudades bombardeadas.

¿Y cómo superan estos traumas?

Porque poseen una gran resiliencia, capacidad de superación y una ausencia total de odio. De hecho, se avergüenzan de Pearl Harbor y piensan que ese ataque a Estados Unidos no debió producirse nunca.

¿Qué relato le conmovió?

Cuento en el primer capítulo el dolor de una mujer que no dio agua a una niña de seis años, porque el líquido ya estaba radiado. Le pidió perdón, pero el recuerdo la ha atormentado toda su vida, y piensa que debió darle de beber al margen de las consecuencias.

Estados Unidos y el Japón ocupado son hoy tan amigos.

Hay más McDonald’s en Tokio que en Manhattan, y la explosión económica de Japón no se entiende sin la ayuda militar de Estados Unidos, son dos países que pasaron de la guerra a la colaboración estrecha de la noche a la mañana. Cuando el gigante americano estuvo a punto de ser superado por el asiático, Washington reprochaba a Tokio que su crecimiento espectacular se debía a que no gastaba un euro en defensa.

Usted se enamora de Japón por amor.

Sí. Estudiaba primer curso de Periodismo en Salamanca en 1992 cuando me enamoré de una japonesa. Estuvimos siete años juntos, y yo tenía 22 cuando viajé por primera vez a su país. Le dije a Manu Leguineche, «maestro, me voy a Japón en julio». Me respondió «¿por qué no vas en agosto, cuando se cumple el cincuenta aniversario de Hiroshima y Nagasaki?». Así escribí mi primer reportaje para Diario 16.

¿Recomienda el viaje?

Totalmente, es imprescindible ver el Museo de la Bomba de Hiroshima alguna vez en la vida. Y comprobar también que Nagasaki es una ciudad mediterránea como Palma o Valencia. La bomba cayó junto a la catedral del barrio católico, en una urbe que concentraba al noventa por ciento de los japoneses de esta confesión.

Un japonés se salvó de Hiroshima y huyó a Nagasaki.

El ingeniero Yamaguchi es un caso muy curioso. Era de Nagasaki, pero trabajaba en Hiroshima cuando se produce la explosión. Regresa a su ciudad y, en el mismo momento en que explicaba a sus compañeros la «gran bomba» que todavía no se llamaba atómica, bombardean Nagasaki. Fue un doble superviviente y vivió hasta los 93 años.

¿La película ‘Oppenheimer’ ayuda?

Frivoliza lo que pasó. Ha maltratado a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, que no aparecen en una sola escena como si fueran un daño colateral. La película no ha sido estrenada en Japón, ni creo que lo sea.

¿Ve otra Hiroshima en el horizonte?

No, hemos aprendido la lección.