30 de abril de 2020
30.04.2020
Diario de Mallorca
Análisis

Pedro Sánchez se inventa el turismo de proximidad

El Gobierno remata cualquier hipótesis de una temporada turística tradicional en Mallorca, los empresarios se conforman con el pago de las nóminas a cargo del Estado en un súbito arrebato de marxismo leninismo

29.04.2020 | 22:40
La industria turística pensaba que nadie podía prescindir de su concurso, y ha sido la primera arrinconada por la pandemia.

Pedro Sánchez ha sido turista en Mallorca, zonas de Alcúdia y Can Picafort, con créditos notables en el terreno sentimental. Por tanto, comparte con los presidentes del Gobierno mesetarios la visión unilateral y la incomprensión absoluta de la "industria de los forasteros". El líder socialista se muestra ciego al impacto y sensibilidad de esa actividad, al igual que antes González, Aznar, Zapatero o Rajoy.

El desconfinamiento no declina después de la muy discutible contención del coronavirus en Madrid o Barcelona, sino porque no es lo mismo encerrar a la población en marzo que en mayo. El calor es decisivo para matar al virus y para liberar a sus presuntas víctimas enjauladas durante meses.

De no mediar la elevación de temperaturas, ninguna "provincia" según vuelven a ser denominadas en el afán recentralizador sería liberada mientras hubiera un solo contagiado en Madrid. Por desgracia, la fórmula elegida para el descongelado a regañadientes castiga con furia a la única actividad mallorquina. Sánchez se ha inventado el turismo de proximidad.

Comprar en un comercio de la misma calle donde se vive no coincide como concepto solidario con alojarse en un hotel del mismo barrio donde se reside. Trescientas mil camas turísticas dormirán solas esta noche en Mallorca, igual que ayer y también que mañana. Ese volumen al por mayor no se cubre con la población autóctona, ni siquiera con los visitantes del resto de España en recuperación tras años de atonía.

Mallorca depende absolutamente del extranjero, y el apartado de Movilidad Aérea de la "transición a una nueva normalidad" se detiene en la abstracción de que se halla "sujeta a acuerdo europeo o internacional en materia de seguridad". Es decir, que el tráfico también turístico con otros países podría obtener condiciones más favorables que los intercambios con otras "provincias". Desde siempre, Manchester o Berlín han sido más importantes que Madrid para Mallorca, pero nunca la capital lo había expresado con tamaña claridad.

El año pasado, nueve de cada diez turistas alojados en hoteles palmesanos eran extranjeros, y solo el décimo provenía de la España hoy proscrita como emisora. La subordinación se acentúa en el conjunto de Mallorca, con un porcentaje abrumador de 94 a seis que supera a los restantes destinos nacionales. Tenerife está en el 84 por ciento, la Costa del Sol en el 73.

Con sus restricciones y constricciones, que están a punto de confinar al visitante en su habitación de hotel, el Gobierno remata cualquier hipótesis de una temporada turística tradicional en Mallorca. Certifica por otro lado lo irreversible, una vez que Alemania desaconseja los viajes de sus compatriotas.

Por ejemplo, la imposible apertura de los hoteles por falta de clientes en una Formentera que ha salido indemne de la pandemia, confirma que Balears afronta una crisis de demanda. A los hoteleros les costó aceptar esta evidencia en febrero, contagiados por la soberbia que ha aquejado a la actividad viajera. Se estaba rozando el techo de un vuelo por cada habitante del planeta, el sueño se ha estrellado con la misma dureza y víctimas que un avión. El número de muertos oficiales en España por coronavirus equivale a dos centenares de catástrofes aéreas.

Mallorca es una pieza capital del turismo mundial, tanto desde la perspectiva hotelera tradicional como en los análisis de Airbnb. La industria turística pensaba que nadie podía prescindir de su concurso, y ha sido la primera barrida del mapa por el coronavirus. Quién podría reprocharles su hubris, cuando hasta Corea reserva un subsidio vacacional para los castigados por la pandemia sin recursos.

En la remodelación del mapa español con la excusa de la pandemia, Balears ni siquiera merece para Sánchez el rango de "provincia". La nueva normalidad prohíbe el contacto entre islas no excesivamente castigadas, como si conformaran una realidad exótica y sin traducción administrativa, una anomalía.

Madrid se ha pronunciado con su habitual desdén hacia Mallorca, y tampoco ha defraudado la pasividad del Govern. Cuando alguien señala que "no entiendo si Armengol quiere abrir o cerrar el aeropuerto", en realidad está entendiendo a la perfección a la presidenta, que desea mantenerse en la ambigüedad más calculada. Abrirlo cerrado, o cerrarlo abierto.

Por tanto, la única sorpresa ante la aniquilación de la actividad turística procede de los industriales del sector. Los empresarios locales se muestran noqueados a la hora de efectuar propuestas, que han brotado en catarata de sus colegas andaluces. En Mallorca se han limitado a conformarse con el descargo de las nóminas de sus trabajadores sobre el Estado o el conjunto de los contribuyentes, en un súbito arrebato de marxismo leninismo que hasta ahora solo habían desplegado en la Cuba castrista. En cuanto al grado de protección ofrecido al nuevo proletariado, Austria cubre hasta el ochenta por ciento de cualquier salario bruto por debajo de 5.370 euros mensuales.

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