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La filarmónica de Hamamatsu

Suzuki, la fábrica japonesa más modesta, se dispone a redondear el Mundial de su vida ganando la triple corona: pilotos, con el mallorquín Joan Mir, constructores y escuderías u Con el italiano Davide Brivio, ha aprovechado la ausencia de Marc Márquez

Mir y Rins con el jefe de
Suzuki, Davide 
de Brivio. SuzukiMotoGP

Mir y Rins con el jefe de Suzuki, Davide de Brivio. SuzukiMotoGP

El equipo Suzuki de MotoGP está hecho del material con el que se hacen los sueños. De lo contrario cuesta mucho imaginar a una de las fábricas y equipos con un presupuesto tan sensato, nada que ver con los números de Honda, Yamaha y Ducati, estar a las puertas de conquistar, no solo el título de pilotos, aún en posesión del siempre pletórico Marc Márquez (Honda), sino también el de constructores (aventajan a Ducati en 7 puntos) y escuderías (superan al Petronas por 82).

Por eso, todo el mundo en Suzuki afirma estar viviendo un sueño. Todos, en Suzuki, muestran su orgullo por haberse convertido en el año de la pandemia en uno de los peores cursos del nuevo siglo, en el equipo de moda, en el ‘team’ que alcanzará el cielo de MotoGP y lo hará en un curso donde todos los números son redondos.

Porque Suzuki, que empezó en la localidad de Hamamatsu, fusión de 11 pueblos distintos, fabricando telas, repleta de telares, ha soplado hace unas semanas las 100 velas de su fundación, los 60 años de competición, los 20 desde que el norteamericano Kenny Roberts Jr. (2000) ganase el último título para su marca (Mundial de 500cc) y, con toda seguridad, ¡no se le puede escapar!, el joven Joan Mir (Palma, 23 años) se convertirá mañana en Cheste (Valencia) y/o el próximo domingo, en Portimao (Portugal), en el 10º campeón del mundo azul.

Es posible, muy posible, que alguien sienta la tentación de considerar que, insisto, en uno de los peores años de nuestras vidas, se han juntado todos los astros (incluida, desgraciadamente, la grave lesión de Marc Márquez, factor muy importante) para que Suzuki aproveche el Mundial exprés, la gira europea, la repetición de carreras en un mismo circuito, para encontrar la explicación más clara del inicio del nuevo reinado de los japoneses azules. Esa interpretación, esa lectura, sería muy injusta, pues Suzuki, de la mano del sabio, pillo, experto, veterano y habilidoso Davide Brivio, el hombre que ayudó a Valentino Rossi a construir su imperio, ha sabido fabricar, con ese material soñador, integrado por 35 locos y apasionados trabajadores, más dos jóvenes y hambrientos pilotos, como el propio Mir y el finísimo Alex Rins, una escudería casi invencible.

Trabajo versus romanticismo

“Me hace mucha gracia”, comentó el otro día Carmelo Ezpeleta, el gran jefe del Mundial ante el micrófono de DAZN, “que Davide (Brivio) hable de romanticismo, diga que Suzuki y lo que está haciendo la fábrica, la escudería, sus ingenieros, sus técnicos y, por supuesto, sus pilotos, es muy romántico. No, no, de romántico no tiene nada, si acaso la propuesta, la intención, la pasión, pero lo que han logrado, lo que van a conseguir, es fruto de trabajo, trabajo y trabajo, muy bien pensado y mejor ejecutado. Él podrá llamarle a eso romanticismo, estupendo, pero lo que hay detrás es un trabajo muy bien hecho”.

Y lo dice, no solo el jefe sino la persona que tuvo que vivir, cuando tenían contrato en vigor, la retirada de Suzuki del Mundial, de ahí que, cuando regresó, de la mano de Brivio, lo celebrase a lo grande. “Cuando Suzuki contactó conmigo”, explica Brivio, “lo hizo con la modestia que les caracteriza y estoy absolutamente convencido de que me consideraron un loco cuando les dije todo lo que teníamos que hacer si queríamos ser grandes e, incluso, conquistar el título mundial. Desde luego, lo que sí pensaron es que yo era un soñador, pero aquí estamos ante el momento más hermoso de nuestras vidas, de las vidas de todos nosotros, intentando conseguir esos objetivos. Y, si no los logramos, volveremos a intentarlo el año que viene”.

No hay nadie en el ‘paddock’ de MotoGP que piense que Suzuki va a perder la posibilidad de conquistar la Triple Corona. Es su año, es su Mundial, es su mérito y es su sueño. “Todos debemos admirar lo que está haciendo Suzuki”, señala el italiano Carlo Pernat, uno de los grandes gurús del campeonato, también creador del ‘mito Rossi’. “Y debemos celebrarlo porque lo han hecho con un presupuesto modesto, con solo dos motos, sin equipo ‘satélite’ y con mucha paciencia, habilidad, sabiduría, cariño y, sobre todo, familiaridad”.

Ese es, cuentan todos, el secreto del equipo Suzuki: la familia. Familia que llega, por supuesto, a la fábrica de Hamamatsu. Tal vez por eso, las personas encargadas de la logística del equipo decidieron un día promover la idea de que la Suzuki se comporta como un violín, suena como un violín y corre como se desliza el arco del violín sobre sus cuerdas. Es, sin duda, la filarmónica de Hamamatsu, la que sonó, la que se escenificó, violines en mano, en la celebración de la victoria de Rins en Aragón.

“¡Ojalá! todo el mundo nos vea como una familia, ¡ojalá! todo el mundo interprete que nos mueve la pasión y, sobre todo, que nuestra relación se fundamenta en la amistad y complicidad”, señala Alberto Gómez, jefe de Comunicación de la escudería. “Si algo nos duele a todos los que estamos en el circuito, a todos los que esperamos vivir, en estos dos grandes premios que restan, la felicidad, el éxtasis, de la celebración, de la fiesta, es que los miles de trabajadores de Hamamatsu no puedan compartir, ‘in situ’, con nosotros, el fruto de su apasionado trabajo”.

Gómez cuenta que no hay nada más gratificante para él y el equipo que, cada domingo por la tarde, enviar a la fábrica japonesa el video que él mismo graba sobre la fiesta de celebración de ese gran premio. Al día siguiente, en las pantallas de plasma de todos los comedores de la factoría azul, se proyecta ese documento y los trabajadores se sienten partícipes de lo conquistado por Mir y Rins. “Hace mucho tiempo que Suzuki decidió que prefería promover, difundir, el nombre de Suzuki en sus motos que pintar sus carenados con un patrocinador”, asegura Brivio. “Es evidente que, cuando me refiero al romanticismo de nuestra marca, me refiero a estos detalles. O al hecho de no tener equipo ‘satélite’ para no tener que desprendernos de parte de los 35 componentes del equipo, que son los justos y necesarios, pues aquí no se despilfarra en nada”.

Fabricante de mascarillas

Suzuki empezó tejiendo telas en Hamamatsu, una región algodonera. Y Suzuki ha terminado fabricando mascarillas de tela para que sus trabajadores se protegiesen del Covid-19. En medio, en el inicio de los 60, construyó su primera moto, curiosamente, de la mano de un ingeniero y piloto alemán oriental, Ernst Degner, que saltó el muro de Berlín y acabó en Hamamatsu empujando a Suzuki a fabricar su primera moto con los conocimientos que él tenía de su paso por la marca MZ. Y la historia se completa, en 1962, cuando Degner conquista, con esa moto, que él y las gentes de los telares de Suzuki construyeron, el primer título mundial. Los otros ocho campeones serían Hugh Anderson, Hans George Anscheidt, Dieter Braun, Barry Sheene, Marco Lucchinelli, Franco Uncini, Kevin Schwantz y Kenny Roberts Júnior.

“Quién no recuerda al gran Barry Sheene”, exclama Alberto Gómez, uno de los mejores periodistas del mundo del motor que ha dado España, “un auténtico ‘beatle’ de los circuitos; quién no recuerda la foto icónica, mítica, de Kevin Schwantz, vestido de Pepsi, en pie, sobre las estriberas de su Suzuki, dando la vuelta de honor tras conquistar el título; quién no recuerda al modesto Roberts Júnior triunfar sobre las aguas en aquel Mundial-2000, que se corrió, casi todo, bajo la lluvia. Esa es la historia de Suzuki, una marca que engancha por su modestia y bien hacer. No sé si ganaremos todo lo que dicen, lo espero, sí, claro, pero esto nos lo estamos llevando y nadie, nadie, nos va a quitar tantos y maravillosos momentos como hemos vivido y tanta alegría como hemos contagiado aquí, en el boxe, en el ‘paddock’, donde todo el mundo se alegra de nuestro éxito, en el mundo y, cómo no, en Hamamatsu”.

Esa filarmónica tiene, al principio y al final, a dos jóvenes pilotos hambrientos: Mir, 23 años, campeón de Moto3 en el 2017 y ganador de 12 grandes premios y Rins, 24 años, cero títulos y con 15 victorias mundialistas. Ellos y el fantástico piloto probador, el francés Sylvain Guintoli, campeón de Superbikes (2014), “cuya aportación ha sido vital para valorar todo lo que estamos consiguiendo”, señalan Mir y Rins al unísono, son las flechas del arco azul de Suzuki.

“Tengo la sensación de que ganar con Suzuki es más hermoso y enternecedor que ganar con cualquier otra marca”, asegura Mir, a las puertas de su segundo título y la mayor de sus gestas. “Cuando un equipo funciona con armonía, todos unidos de buen rollo, los pilotos se sienten en la gloria, todo fluye, incluso los momentos de crisis, los instantes de duda, de fallos, de errores, se comparten y se remontan todos juntos. No hay duda de que, cuando ganas, todos los equipos son fantásticos y es, por supuesto, cuando pierdes donde se ve, se nota, se siente, la unión de todos. Pues eso es el equipo Suzuki”.

“Suzuki siempre quiere ganar ¡claro que sí!, pero Suzuki jamás te pondrá entre la espada y la pared para que venzas, ¡nunca!, no son así porque tienen una filosofía, yo no sé si diría romántica, como suele decir Davide (Brivio), sí diría sensible, familiar, contagiosa, de mucho tacto”, asegura Rins. “Ellos siempre están ahí, en los buenos y malos momentos, siempre te rozan con cariño, siempre tienen el grito de ánimo, la palmada en tu hombro, mucha comprensión. Suzuki no es como Honda, Yamaha o Ducati, que llevan toda la vida en las carreras, han vuelto hace poco y, ahora, reciben el premio a tanto esfuerzo, trabajo e inteligencia”. “Si no puedo ganar yo el título”, señala Rins, a 37 puntos de Mir, cuando restan 50 en juego, “quiero que gane Joan. Yo por lo que suspiro es por viajar a Hamamatsu y celebrar la corona con todos los trabajadores de la fábrica”.

La filarmónica de Hamamatsu está afinada. Bueno, lleva afinada todo el año. Y, por supuesto, recibe los aplausos de todo el público. “Solo tienes que presenciar las celebraciones del equipo, cómo disfrutan en familia de los éxitos de Joan y Alex, para darte cuenta de la grandiosidad de esa gente. Y, sí, yo puedo decirlo, yo he ido detrás de ellos en la pista y su moto es como un violín, ¡pero necesita de dos grandes pilotos para conseguir esos éxitos!”, comenta el bueno de Pol Espargaró, que ha trabajado duro, durante los últimos cuatro años, para que KTM se acercase (y lo ha logrado) a las fábricas japonesas.

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