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OBITUARIO

El mejor de todos nosotros

Cuando Javier Marías publicó el tercer tomo de Tu rostro mañana, muchos pensamos en la inmensa dificultad de superar ese titánico tour de force y lo hicimos con tanta curiosidad como preocupación por el futuro del novelista como escritor y de nosotros como sus lectores. La densidad y ambición novelística de esa novela en tres partes –no sólo en la literatura española, sino en la europea y americana– era un dique desmesurado y muy difícil de superar. Pero como su talento ha sido siempre impecable, sólo necesitó tiempo, el otro gran aliado de la narrativa: Marías lo volvió a hacer y publicó, consecutivamente, tres novelas que para mí son las mejores de él: Así empieza lo malo, Berta Isla y Tomás Nevinson. Sólo por estas dos últimas –ahora ya para siempre–, magníficas, su nombre no se ha de borrar jamás en el tiempo por mucho que la posteridad ya no exista y la maldición de Warhol –todos tendrán sus quince minutos de fama– sea vulgar moneda de uso corriente: también en el mundo de las letras.

Javier Marías era el mejor de todos nosotros y esas tres novelas, además de su excelencia literaria, forman parte de la verdadera memoria de la sociedad española, esa que sólo puede retratar la ficción. Son novelas cuyo enclave en el tiempo –el último cuarto de siglo del XX– nos avisa no de un ‘adiós a todo eso’ o de un ‘adiós al siglo XX’, sino de un ‘recuerda todo eso’, porque todo eso pasó y fue y nos hizo también como somos ahora. Henry James se refería al envés del tapiz que cosía una novela por detrás. Y las novelas de Marías acaban cosiendo los flecos sueltos de nuestra historia, dándole así su verdadero sentido en los relatos de vida de sus estupendos personajes. Que ahí estén Shakespeare, Cervantes o Conrad sólo las enriquece, pero lo que destaca es la simbiosis perfecta entre el hilo narrativo y la meditación, marca de la casa. O dicho de otra manera: en el equilibrio entre el pensamiento circular e insistente del novelista Marías y el desarrollo de la acción narrativa.

Javier Marías, mientras relata, enseña a pensar y a ahondar en el pensamiento con subordinadas circulares y subjuntivos hoy olvidados. La lengua como herramienta y riqueza, pero también como complejidad que nos distingue sobre el resto de la naturaleza. Él ha sido –es– un lujo de la literatura española contemporánea dado al mundo y de los pocos que su sana ambición literaria –no hablo de vanidad o codicia o ambición dineraria o de poder–, y sus logros en vida, que han sido grandes, han estado acordes y los ha podido disfrutar y compartir con los suyos. Desde la primera frase de sus novelas hasta la acogida que han tenido sus libros entre millones de lectores de todas las lenguas, sin necesidad de bajar ningún listón ni rebajar ninguna idea previa sobre su oficio y su arte. Ahí también la literatura de Marías se ha hecho memoria de todos ellos. En cuanto a España, yo creo que es peor desde el domingo –pienso hace tiempo que Marías era uno de las grandes valores morales, políticos y cultos que teníamos como sociedad– y la reacción de pena, tan extendida, lo subraya. Que su muerte haya coincidido con los días de honras fúnebres por la reina de Inglaterra, no deja de ser una broma llena de símbolos que, tan anglófilo él, le habrá divertido sin duda.

El domingo a mediodía acabé de escribir un artículo que trataba del rey Carlos III de Inglaterra antes de serlo. En ese momento me pregunté qué pensaría Javier Marías de lo que acababa de escribir. Al cabo de una hora supe que había muerto y desde entonces el pendón del reino de Redonda cuelga a media asta en casa. Porque Javier Marías escritor era también el rey Xavier I de Redonda y hace diez años me quiso nombrar cónsul de su reino en Baleares –los títulos eran honoríficos y son, desde luego, un honor–, pero le dije que, dada la variada idiosincrasia del archipiélago, mejor me nombrara cónsul en Mallorca sólo y así lo hizo. Conocedor de mi devoción literaria por Llorenç Villalonga me propuso que mi nombre de caballero en Redonda fuera Villalonga, pero también le dije que no me parecía adecuado por su carga semántica en la isla –‘es apellido botifarra aunque no lo sea siempre, le dije, y yo no lo soy y, además, siendo ambos escritores, es mejor optar por otro’–. Lo aceptó enseguida y el nombre de Bellver acompaña desde entonces al mío en el nobiliario de Redonda y figura en el apéndice de todos los libros que Marías ha publicado en su editorial Reino de Redonda desde hace nueve años. Les parecerá una broma pero no lo es. Ride si sapis era el lema de su corona. No lo olvidaremos.

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