Suscríbete 4 Billetes GRATIS Diario de Mallorca

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Opinión

Los Premios Goya: La única fiesta del cine español

Javier Bardem recibe el Goya al mejor actor.

Una canción de Eurovisión supera en impacto a un año de producción cinematográfica nacional. Por tanto, la gala de los Goya es la única fiesta del cine español, la suplantación de las películas a concurso que nadie ha visto. Por fortuna para el futuro del cine, salvo en casos tan concretos como El buen patrón o Maixabel

La diferencia entre estos dos títulos y el resto es más acusada que el abismo en nominaciones previas. La racial envidia que genera esta disfunción se traduce en el castigo recibido por las cintas sobresalientes en los premios técnicos, había que bajarles los humos. Javier Bardem ya se refirió en los prolegómenos a la maldición de los «favoritos», su empeño tardó más de una hora en obtener un galardón por la banda sonora, dos horas interminables para amarrar el segundo por el montaje. 

A la tercera hora y ya casi en domingo, llegó el goya a Bardem, tan inevitable como el recibido inmediatamente después por la doliente Blanca Portillo. Dentro de esta rebelión vengativa contra la excelencia, ya tiene mérito que El buen patrón monopolizara tres de las cuatro candidaturas a actor secundario y perdiera, aunque fuera a manos del extraordinario Urko Olazabal interpretando a un etarra en Maixabel. La película del premiado León de Aranoa, porque Almodóvar sigue proscrito, coronó cinco de veinte nominaciones. La Academia se resiste a la hegemonía. 

Cada entrevistado en la alfombra roja abandona en cuanto puede las pretensiones artísticas, para pedir trabajo y lamentarse de la crisis crónica del sector. Así ha sucedido esta vez con un afeitado Luis Zahera, protagonista de la mejor escena del cine español reciente en El Reino, o con Bardem recordando que «da de comer a mucha gente». Por no hablar de Penélope Cruz en «nuestra industria necesita mucho cariño». ¿Industria? Sin entrar en comparaciones con el mercado laboral en su conjunto, la reinterpretación a tocateja del mundo de las ilusiones despoja de cualquier gracia a la sala y el salón oscuros. Ninguna película española mejoraría si supiéramos lo poco que han cobrado los participantes en la misma.

Por ejemplo, los organizadores consideran que los primeros premios que han de conquistar a la audiencia en el prime time de las diez de la noche corresponden a sonido, diseño de vestuario, dirección artística, dirección de producción y maquillaje, factores que ni un espectador avezado sabría distinguir. Esta elección explica que de los escasos espectadores cinematográficos, solo uno de cada seis se decante por una película española, y ni siquiera elige a las mejores. El galardón sonoro fue celebrado discursivamente hasta por cuatro ganadores cuatro, y uno de ellos pidió trabajo para su esposa. Como bien dijo el premiado Arturo Valls, «este agradecimiento va a ser más largo que el corto». Ni por un momento imagine que le estaban hablando a usted. Se dirigían a Pedro Sánchez, empotrado en la audiencia y con la cabeza en Castilla y León.

Por tanto, lo más berlanguiano del cine español es la ceremonia de los Goya, con Carmen Machi elegida para estrenar la gala en un registro disparatado. Sus guionistas creen que «sentar a un positivo a la mesa en Navidad» es un chiste a costa de los pobres, un detalle que explica las tribulaciones de una fiesta que en su edición inaugural de 1987 premió El viaje a ninguna parte. No se les puede negar un acierto premonitorio, mantienen el rumbo sin distracciones.

Machi califica a Berlanga como «uno de los mayores genios del cine español», donde sobra la palabra «español», que muestra más indigencia que referencia. La Academia homenajea por todo lo alto a un director que se autodefinió como «misógino». El #metoo solo respeta a los muertos. 

Una locutora de RNE presume de haber conocido a «Keit Blanch», olvidando que se llama Cate Blanchett, incluso en la pronunciación literal que recomendaría Unamuno. En general, los comentaristas de la pública consiguen empeorar en patriotismo de hojalata a los narradores de un partido de la Selección. A la actriz australiana le bastó una intervención escueta para demostrar la distancia sideral con sus colegas españolas.

Blanchett demostraba que son más interesantes los premios garantizados de antemano que los sometidos a la incertidumbre de las conjeturas. Enhorabuena a quienes montaban votaciones masivas de películas sin espectadores, internet significa que el conocimiento del producto degrada su valoración.

El recuerdo a un director sexual y políticamente incorrecto se completa con el merecido premio de José Sacristán, venerado hoy por los mismos progresistas que nos apedreaban cuando lo consideraban el heredero del landismo. Su emergencia compartida con maestros como Michael Caine o Sean Connery, también autodidactos, demuestra que no hay malos actores. Ni buenos, por tanto. De su discurso cabe la misma consideración que en Cate Blanchett, marca la diferencia.

Compartir el artículo

stats