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Jorge Herralde desvela los secretos de su cocina editorial

Jordi Gràcia trenza en un volumen la correspondencia del editor a autores, editores y agentes literarios con una historia de Anagrama

Jorge Herralde, en su domicilio de la Bonanova (Barcelona); a su espalda y tras los libros, la pintura de su amigo Vicente Rojo.

Jorge Herralde tiene un nuevo libro en su catálogo. Esto no sería novedoso si no se tratase de Los papeles de Herralde, una historia de Anagrama que ha pergeñado el incansable crítico Jordi Gràcia a partir de una selección de las cartas que el ya legendario editor ha recogido en su famoso archivo. Famoso por los datos que encierra y porque desde hace unos años se lo rifan infructuosamente tanto la Biblioteca Nacional de España como la de Cataluña. El libro, justo es reconocerlo, no existiría sin la labor incansable de la secretaria del sello, María Cortés, que recogió todas y cada una de las cartas escritas por su, en ocasiones, caótico jefe, como se reconoce a sí mismo.

No ha sido 2020 un buen año para el editor y no solo por la inevitable clausura domiciliaria pandémica, sino porque también ha tenido que pelearse a fondo contra algún que otro problema de salud, felizmente salvado. El editor recibe en su casa de la Bonanova, en Barcelona, a pocos metros de su editorial, e invita a admirar un cuadro de su buen amigo el pintor Vicente Rojo, fallecido el día anterior. En un jarrón, tres rosas amarillas que acaban de regalarle, porque es su cumpleaños, 86, que se dice pronto, sin haber perdido ni un ápice de su proverbial y acerada ironía, ese estilo tan suyo que podría definirse entre florentino y británico. «¿Crees que gracias a él evitaré el infierno?», pregunta ufano y coqueto, para reír inmediatamente cuando se le replica que seguramente no, pero ¿quién quiere evitar el ameno infierno?

Intimidades

«Estas cartas no fueron escritas para ser publicadas, pero el torrencial Jordi Gràcia, ha conseguido gracias a su edición que haya leído con apasionamiento una historia que no tiene secretos para mí». Hay poca intimidad en las misivas pese a sus dardos internos, pero Gràcia aprovecha para aportar datos poco conocidos: por ejemplo, que Lali Gubern, su compañera desde hace más de 40 años, no fue sempiterna. El editor tuvo dos parejas estables en la época en que antes de dedicarse a la edición ganaba premios dando saltos a caballo y cerraba los tablaos flamencos a altas horas. Recuerda el editor el primer flirteo con Lali, dueña de Litteradura, la librería más trendy de Barcelona. Una de las cosas que más le sedujo fue que ella había roto con varios novios porque no quería casarse ni tener hijos. «Aquello era insólito en la Barcelona de la época, mis amigos eran muy de izquierdas y tenían sus ligues pero todos estaban casados. Nosotros acabamos haciéndolo cuatro décadas después solo para legalizar papeles».

Lali Gubern fue la compañera perfecta para la aventura de impulsar un sello siempre en sintonía del aire de los tiempos. Así en los 70 fue el ensayo político puro y duro el que triunfaba y los cuadernos Anagrama –recuperados hace unos pocos años con otro estilo- el complemento perfecto del outfit de cualquier progre. «El editor tiene que estar atentísimo al aire de los tiempos sin traicionarse a sí mismo. Cuando llegó el famoso desencanto político no seguimos por esa vía porque eso hubiera sido editar para nadie». No era nada fácil entonces intuir las tendencias en una España que despertaba a la democracia con graves carencias culturales. «Estaba suscrito a veinte revistas culturales internacionales, viajaba frecuentemente a París y Londres, y en Fráncfort me encontraba con Inge Feltrinelli, Christian Bourgois y Klaus Wagenbach, a quienes consideraba mis hermanos y a los que yo llamaba la banda de los cuatro, un guiño maoísta».

Ante todo no herir

Si como aseguraba Christian Bourgois, la verdadera biografía de un editor es su catálogo -algo que Herralde firmaría sin rechistar- una de las grandes habilidades que debe tener un buen editor es saber decir que no. Herralde, todo elegancia (algo envenenada, a veces), sabe hacerlo como nadie: «dado el extraordinario interés del libro […] no tendrás más problema en publicarlo que elegir entre los distintos sellos». Sin embargo, admite: «Siempre he procurado no herir a los escritores porque aunque una novela sea mala es seguro que el autor se ha dejado las vísceras».

Menos contemplaciones, y ahí se crece el aguijón del editor, tiene a la hora de defender tanto sus opiniones como el respeto de sus autores si los considera ninguneados por la prensa. Las cartas dirigidas a la agente Carme Balcells se concretan en rifirrafes teñidos de amor y odio. No muy distintos a los de los Roper. Y la sugerencia divierte al editor. «Un día después de interminables veladas, con chismes y carcajadas, llegó a decirme que ella y yo éramos la misma persona. Yo necesité sales para evitar desmayarme ante la idea».

Entre las cuerdas

Tampoco le ha costado subirse al ring para defender a sus autores frente al supuesto ninguneo de los medios. A Mercedes Milà le recrimina que no haya querido a Patricia Highsmith en su programa con fama de progre al haber contado la periodista para ese día «con personajes tan interesantes y novedosos como Emilio Rosales, Rodríguez Sahagún y Jaime de Mora».

No cierra los ojos Jordi Gràcia a la hora de abordar alguna de las aireadas leyendas negras del editor, con fama de poco generoso en sus adelantos, lo que fue, a decir de Javier Marías, una de las razones por las que se marchó del sello. «Es cierto que he ajustado los adelantos en los anticipos para que no se contradigan con las ventas previsibles, pero a cambio he gastado muchísimo en promociones». Respecto a Marías de quien asegura «quería ser adorado durante 24 horas al día y todo lo que no fuera eso era una infamia», se incluye una carta en la que el editor da razón de las dudas del autor. Muchas décadas después, Marías se mantiene en sus trece frente al desencuentro, y ha prohibido que ninguna de sus cartas aparezca en la antología final. También se echan en falta las de Roberto Bolaño, por expreso deseo de la viuda que cambió de sello la obra del gran autor chileno.

Las estocadas del editor

«Debo confesarte también con toda franqueza que el estilo de tu carta, aunque retóricamente valioso en su género, me ha parecido un tanto aparatoso y melodramático». Así escribía Herralde el 31 de marzo de 1971 a la agente Carme Balcells, a la que es fácil imaginar en plena ofensiva. Este es uno de los elegantes sarcasmos que el editor lanza en sus cartas. A Fernando Sánchez-Dragó, por entonces editor en Círculo de Lectores, le reprocha su negativa a recoger la muy estimable El héroe de las mansardas de Mansard de Álvaro Pombo: «No sabes cuánto valoro tu papel de inflexible cancerbero de la calidad literaria».

En 1985, un artículo aparecido en el Món lleva al editor a enviar una carta al editor del semanario , ya que en un artículo se afirmaba que una editorial [evidentemente Anagrama] había presionado al agente literario de Patricia Highsmith amenazándole con enviarle a los «muchachos de la Crida» para bloquear los derechos de una de las obras de la autora en catalán. «Yo ignoraba, confieso, que los muchachos de la Crida se consideraban utilizables como comandos de posibles estrategias transparentemente mercantiles». Y añade: «Teniendo en cuenta su vigorosa concepción patriótica de los asuntos editoriales, sugiero la publicación del Mein Kampf en nombre de la deseable normalización. De la misma manera que Cataluña será pornográfica o no será queremos (aunque sin exagerar) fascistas catalanes».

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