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Diario de Mallorca

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LITERATURA

Albert Camus o la autenticidad

A los 70 años de su publicación, ‘El hombre rebelde’ nos enseña que sostener la dignidad común es tarea de todos

Albert Camus. WIKIPEDIA

El año pasado se cumplieron 70 desde la aparición en las Éditions Gallimard de París de El hombre rebelde (L’Homme revolté), de Albert Camus, cuya traducción al español acaba de reeditar, en prueba de la vigencia del libro, el sello barcelonés Debolsillo con feliz iniciativa. Esta admirable obra de arte no tuvo en su época ningún éxito, ni siquiera un modesto “succès d’estime”. Según relata Michel Winock en El siglo de los intelectuales (Edhasa, 2010), alguien próximo al círculo de Sartre escribió que, aunque alababa el arte de Camus, le reprochaba igualmente “la inconsistencia de su pensamiento”. El libro no era sino una revuelta metafísica incapaz de pasar a la revolución histórica. En resumen, ese Camus era, únicamente, “un buen hombre”, lo que claramente entrañaba un reproche de simpleza. Dado el contenido de la obra –principalmente un alegato demoledor contra la divinización de la historia por el nihilismo–, juicio tan desdeñoso sólo podía proceder de un compañero de viaje de los comunistas, papel que Jean-Paul Sartre desempeñó a conciencia sobre todo de 1952 a 1956, en que tuvo lugar la intervención rusa en Hungría. Al regreso de su viaje a la Unión Soviética de 1954, había declarado, en efecto, que allí “la libertad de crítica es total”. Pese a ello, a la muerte de Camus, Sartre rindió tributo de justicia a su figura: Albert Camus, opinó, “representaba en este siglo, y contra la historia, el heredero actual de esa larga línea de moralistas cuyas obras constituyen quizá lo más original que haya en las letras francesas. Su humanismo testarudo, estrecho y puro, austero y sensual, libraba un combate dudoso contra los acontecimientos masivos y deformes de este tiempo. Pero inversamente, mediante la tenacidad de sus rechazos reafirmaba, en el corazón de nuestra época, contra los maquiavelismos, contra el becerro de oro del realismo, la existencia del hecho moral”.

Sin embargo, el gran historiador británico Tony Judt, en un artículo recogido en su magnífica compilación titulada Sobre el olvidado siglo XX (Taurus, 2008), ha sostenido severamente que Camus, de acuerdo con las modas de la época, se había empeñado en un tipo de especulaciones filosóficas para las que sólo estaba moderadamente dotado. Ciertamente, El hombre rebelde formulaba algunas observaciones importantes sobre los peligros de las líricas ilusiones revolucionarias, pero Raymond Aron dijo prácticamente lo mismo con un efecto mucho más devastador en El opio de los intelectuales. Judt desdeña también “las ingenuas especulaciones filosóficas de Camus, casi autodidactas”, aunque reconoce que la posteridad echa de menos la lucidez y valentía moral de su autor. Justamente es esa autoridad moral lo que falta en la Francia contemporánea. A tal punto que en 1994, casi tres décadas y media después de la muerte de Albert Camus, al aparecer su novela póstuma (e inacabada) El primer hombre, fue recibida con verdadero entusiasmo. También por Tony Judt: “En una era de intelectuales mediáticos que buscan auto engrandecerse, pavoneándose indiferentes ante el espejo admirativo de sus audiencias electrónicas, la patente honestidad de Camus, lo que su antiguo maestro llamaba ‘ta pudeur instinctive’, tiene el atractivo de lo auténtico, una obra maestra hecha a mano en un mundo de reproducciones de plástico”.

La propia Hannah Arendt describió a Camus en 1951 –justo el año de la publicación de El hombre rebelde– como “el mejor hombre de Francia”. Y no se trataba de un reduccionismo piadoso, sino del reconocimiento sincero de su inmenso empeño como testigo comprometido de su tiempo, es decir, como intelectual sin amo. Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957, no fue nunca un filósofo, sino novelista y dramaturgo, extraordinario columnista periodístico y ocasionalmente ensayista, como en la obra que motiva esta reseña. En tanto que ensayista hay, pues, que juzgarle en el presente libro, que es –no ante todo, pero sí también– una obra maestra del género por la enorme belleza de su lenguaje, a la que hace justicia la traducción de Josep Escué.

Según anuncia el autor en la introducción, El hombre rebelde pretende describir en sus rasgos esenciales “dos siglos de rebeldía, metafísica e histórica”, tratando de encontrar su hilo conductor. “El hombre, afirma, es la única criatura que se niega a ser lo que es. El problema está en saber si esta negativa no puede llevarlo sino a la destrucción de los demás y de sí mismo, si toda rebeldía debe concluir en una justificación del crimen universal, o si, por el contrario, sin pretensión a una imposible inocencia, puede descubrir el principio de una culpabilidad razonable”. Al final de su búsqueda, Camus proclama “que hace falta una parte de realismo a toda moral: la virtud enteramente pura es criminal; y que hace falta una parte de moral a todo realismo: el cinismo es criminal”.

ALBER CAMUS. El hombre rebelde. Debolsillo, 384 páginas, 13,25 €.

ALBER CAMUS. El hombre rebelde. Debolsillo, 384 páginas, 13,25 €.

En suma, nos hallamos ante una obra plenamente actual, que ayuda a comprender el valor irrenunciable de las personas en el seno de los procesos sociales. Cada uno de nosotros sostiene la dignidad común, que no puede dejar envilecer ni con respecto a sí mismo ni con respecto a los demás. Este individualismo, declara Camus, no es goce: es lucha siempre y alegría sin par a veces.

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