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Daniel Capó


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  • 09
    Abril
    2014

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    Madrid - Berlín

    A principios del año 2012, el apocalipsis de la deuda soberana amenazaba con quebrar el proyecto europeo. En nuestro país la asfixia financiera se traducía en un agujero negro de impagos, en el cierre masivo de empresas y en una ola de despidos que devastó el mercado laboral. Los bancos se vieron obligados a ampliar capital y las cajas eran intervenidas ante el riesgo sistémico que suponía su caída. Durante unos meses dio la sensación de que Europa se enfrentaba a un remolino capaz de destruir cualquier resquicio de estabilidad. Rajoy llegó al gobierno bajo la tenaza del equilibrio presupuestario exigido por Angela Merkel: se subieron los principales impuestos, se bajaron los salarios y se recortaron derechos sociales. Aunque resulta difícil de cuantificar el daño en el PIB nacional, el deterioro medio de la prosperidad de las familias españolas fue brutal. Y podría haber sido peor si el temido rescate de los hombres de negro llega a tener lugar. De hecho, en determinados círculos intelectuales, políticos y económicos se descartaba cualquier otra opción e incluso se proclamaba que cuanto antes llegara el dinero de Bruselas mejor. El peso de las circunstancias parece a menudo abrumador y llega a enturbiar el juicio. Alemania, que exigía una cuaresma de décadas para los manirrotos países mediterráneos, lideraba a los estados virtuosos del norte. Discursos morales que nos retrotrae al siglo XVII y a la Guerra de los 30 años; esto es, la seriedad luterana frente a la irresponsable joie de vivre de los católicos. Por supuesto, además de una geografía física y otra política, en Europa existe un mapa de prejuicios que enmarcan el diálogo entre las naciones. Alemania —para entendernos— ve a España mejor que a Italia, pero peor que a Francia. En 2012, aquel año en que nos asomamos al abismo, Rajoy y Merkel se las tuvieron tiesas y sólo la pinza formada por Francia, Italia y España logró que lo inevitable no sucediera. El club mediterráneo no fue rescatado por Bruselas y el mago Draghi hizo el resto. En 2013, la prima de riesgo empezó a caer y la economía inició un lento despegue que previsiblemente irá tomando cuerpo a lo largo de este curso. ¡Ay, los juegos de palabras! Fue suficiente una frase del presidente del Banco Central Europeo para finiquitar la crisis de la deuda soberana. Mario Monti, en cambio, vendió una agenda reformista que no pudo llevar a cabo y a los pocos meses desaparecía del firmamento como una estrella fugaz, casi sin dejar recuerdo —esa finezza italiana que, en Berlín, se interpreta en clave de frivolidad—. Por contra, entre 2012 y 2013 la habilidad galaica de Rajoy sumó puntos a ojos de Merkel. A veces no equivocarse puede ser preferible a acertar y la épica personal de Mariano Rajoy obedece a esa particular capacidad de resistencia. Uno a uno caen sus contendientes —la última, Esperanza Aguirre, en un fatal despiste de tráfico—, mientras él persiste en el arte de la espera. Sin movimientos, el desgaste es menor. Ecos de una política zen.

    En las próximas elecciones europeas de finales de mayo, el continente se va a dividir entre los partidarios del activismo, los nuevos populistas y los responsables de la ortodoxia. Saldrá un parlamento difícil de gestionar, con tendencias italianizantes. Sin embargo, la pregunta clave debe ser traducida a los dos ámbitos reales de poder: los distintos Estados miembros y la Comisión Europea. ¿De qué modo les afectará el previsible castigo a los partidos tradicionales? Por ahora, poco. Con la llegada de Manuel Valls a Matignon —y sobre todo del izquierdista Arnaud Monteburg al ministerio de Economía francés—, así como del treintañero Matteo Renzi a Palazzo Chigi, Rajoy se convierte en un aliado crucial para Angela Merkel. España necesita reforzar sus posiciones en la Comisión —y no sólo en número de comisarios, sino también en la fundamental segunda y tercera línea—, además de alargar los plazos en el control del déficit, lo que permitiría aligerar las cláusulas de la austeridad: mayor peso en la Unión y menos presión sobre las cuentas públicas. A cambio del apoyo de España, Merkel aceptará. Y Rajoy podrá entonces presentarse a las próximas elecciones con el relato de la recuperación económica en marcha; suficiente, tal vez, para lograr una victoria por mayoría simple que permita al PP gobernar de nuevo. En alianza con los socialistas —“a la alemana”— o sin ellos.

     

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