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Daniel Capó


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  • 16
    Abril
    2014

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    El traje nuevo del emperador

    De hacer caso al diagnóstico de Christopher Lasch, fue a principios de la década de los ochenta –y no antes– cuando empezó la llamada “revuelta de las elites”. En aquellos años, todavía coleaba la crisis del petróleo y el eje Tokio–Bonn amenazaba con desbancar la tradicional hegemonía económica de los Estados Unidos. Con el telón de fondo de la Guerra Fría y el miedo a la URSS, la derrota de Vietnam se respiraba en el ambiente. América vivía uno de sus periódicos brotes de pesimismo, sin que su presidente Jimmy Carter lograra transmitir la imagen de un líder vigoroso y carismático. Había llegado el tiempo de los políticos enérgicos capaces de articular un discurso alternativo al del agresivo oso soviético. Así llegaron Thatcher y Reagan. La primera se presentó como una “dama de hierro”, que no dudaba en enfrentarse a los sindicatos o en recuperar la soberanía británica de las Falkland. Reagan combinaba la simbología del western con el futurismo tecnológico de la Guerra de las Galaxias. La información todavía no circulaba como un flujo viral por Internet, pero el credo desregularizador comenzó a adquirir rasgos dogmáticos. Se  leía a Friedrich Hayek y a Ayn Rand. Milton Friedman capitaneaba la Escuela de Chicago. Algunos hablaron de “capitalismo popular”; otros veían necesario debilitar el Estado del Bienestar para dar paso al “turbocapitalismo”. Tras la caída del muro de Berlín, una interpretación radical del liberalismo se impuso: la economía financiera por encima de la industrial, la globalización como nuevo mantra del desarrollo, el endeudamiento como palanca de crecimiento... El rigor fiscal se aplicaba a las políticas de redistribución social más que a las grandes infraestructuras o al clientelismo interesado de las subvenciones. Un relato maniqueo fue cobrando forma: la pobreza era el rostro de algún tipo de vicio moral, de actitud incívica, como recurrir a las ayudas sociales para evitar el esfuerzo del trabajo diario. Los principales proveedores de servicios públicos —eléctricas, telefónicas, compañías de agua o de gas— se privatizaron y las diferencias patrimoniales empezaron a magnificarse. Nada de eso fue lineal, enmascarado como estaba por el flujo sin restricciones del crédito y por las bondades de la internacionalización. Determinados cambios resultaban imparables —los efectos de la demografía o de la tecnología, por ejempl—, mientras que otros provenían de una lectura ideológica sesgada. Cuando la megaburbuja estalló, el lujoso traje del emperador se deshizo por arte de birlibirloque. No obstante, las grandes tendencias resultaron más evidentes, lo que sirvió para intensificar la preocupación. Ya nadie pone en duda que la polarización social ha llegado para quedarse.

    Un buen ejemplo sería la educación. Durante años, la escuela pública funcionó como una indiscutible herramienta de equidad. La universidad se abría a una nueva generación de españoles que aspiraban a consolidar una clase media europea. La inserción laboral resultaba relativamente sencilla, así como el desarrollo de una respetable carrera profesional. La crisis, sin embargo, ha mostrado las auténticas costuras del modelo. La economía ya no puede absorber a los licenciados, sino que los repele con sueldos mileuristas —en el mejor de los casos— y con altas tasas de desempleo. El siguiente paso consistió en universalizar la titulación de grado para convertir en elitistas —y muy costosos— los posgrados de calidad. De este modo, se afianzan los procesos de reproducción de la clase social. Cínicamente, las oportunidades se concentran.

    La polarización social se extiende como una mancha de aceite ante la aquiescencia de los partidos políticos. Los recortes deterioran la sanidad pública y amplían las insoportables listas de espera. Los planes de pensiones
    —además de un negocio lucrativo para los bancos— buscan complementar jubilaciones decrecientes con unas rentas privadas que sólo consiguen reunir los más pudientes. El acceso a las hipotecas se convierte en el privilegio de unos pocos. El economista francés Thomas Piketty en su ensayo Capital in the 21th century —el libro del que todo el mundo habla— advierte de la enorme concentración de dinero en unas pocas manos. Los salarios a la baja apuntan a que será la acumulación de patrimonio el auténtico catalizador de la riqueza, la marca distintiva de clase. No es un hecho extraño. La estabilidad —esa gran promesa de la segunda mitad del siglo XX— ha pasado a mejor vida. Queda por ver cuáles serán las consecuencias de todos estos cambios.

     

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