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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 20
    Abril
    2013

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    Las chispas de la vida

    Adviertan que las menciono en plural, así que nada que ver con la chispa de la vida y Coca Cola es así, que nos decían hace unos años. Me refiero a que (¡hay que ver cómo somos!) podemos aterrarnos o resultar conmovidos por los sucesos y vivencias más dispares, soportar lo indecible o sumirnos en la depresión sin que exista muchas veces una correspondencia entre nuestra reacción y la magnitud del halago o la injuria. Y lo más llamativo es que, al poco, volveremos a caer en lo mismo.


    Solemos estar a merced, excepciones aparte, de lo más variopinto. Nos influye la muerte del ser querido o una sonrisa, el cambio de tiempo, la pérdida del trabajo o el comentario malévolo, y cualquier bagatela puede mudar la sintonía en odio o la serenidad en inquietud. Sin embargo, tal como están las cosas y nos las pintan para los años venideros, no estaría mal que parásemos mientes en la calidad de algunas de esas chispas y su entidad; en cómo y porqué nos afectan o si estaría en nuestra mano interiorizarlas a conveniencia tras someterlas al oportuno análisis. Porque vale que lo que no nos mata nos hará más fuertes (Nietzsche), pero estar en una agonía cada dos por tres, para recuperarse quién sabe cuándo, no se antoja de entrada plato de gusto. Y es que vamos a terminar pareciendo enfermos y pendientes del médico en que se ha convertido cualquier soplagaitas; pendientes de su gesto preocupado o displicente, de la frase que anuncie la convalecencia o, por contra, nuestra condena en el porvenir. Aunque el personaje de marras no se percate de ello, más atento a cumplir con la papeleta que de las consecuencias derivadas del tópico, la embuste o el titubeo; chispas sin gracia que prenderán en nosotros momentáneos alivios o preocupaciones sin cuento.

    Por ende, no estoy seguro de que estemos inermes frente a las citadas chispas. El humor, para el que estamos bien dotados por estas latitudes, suele ser un mecanismo de compensación utilizado con frecuencia, aunque me temo que pueda ser, demasiadas veces, un modo fácil de disimular la angustia: la sonrisa de la desilusión como afirmaba Fernández Flórez. La tapadera del desencanto y un telón para la frustración. Restar valor a lo que nos conturba hasta llegar a los oídos sordos, y atender de modo selectivo (“valen más aquellas mentiras en las que creemos, que verdades que no terminan de satisfacernos”), podría ser otra estrategia de autoprotección: en un pedestal los brotes verdes, y las cifras del paro relegadas al sótano, por un decir.
    No obstante, quizá el esfuerzo que supone la discriminación, por consciente, invalide la selección, y lo enterrado siga arañando desde abajo la memoria y clavándose en sus tripas, así que, ¿por qué no apostar por el mejor conocimiento de uno mismo y sus flaquezas para evitarlas, por la información objetiva y, cuando se sobrepase el límite de nuestra tolerancia, cambiar el pasotismo masoquista por la reacción individual o mejor si colectiva? Y sin temor alguno a equivocarse. También lo hacen nuestros agresores sin empacho. En último extremo, no le faltaba razón a quien sostenía que uno no peca por lo que hace sino por la intención con que lo hace. Si las supuestas mentes preclaras de aquí y allá no alcanzaron a columbrar la obviedad de que una austeridad llevada a extremos deprimiría el consumo, o el jefe del Estado entretenía algunas de esas noches de insomnio que le provocan tantos jóvenes en paro, con un rifle y en Botswana, ¿por qué deberíamos cogérnosla nosotros con papel de fumar?
    Nuestros prohombres han cargado de razón a aquel griego, Epicteto, cuando escribió que no nos afectan las cosas sino nuestras representaciones de las mismas. No nos brindan hechos sino sus distorsiones cuando no los flecos, de modo que ¿por qué no modificar nuestra actitud y esa disposición al temblor en cuanto abren la boca o ejercitan sus performances de cara a la galería? Contra chispas y fuegos de artificio, la vara de medir. Antes que vernos con el ánimo encogido frente a cualquier secundario. Conceder autoridad a quien se la haya ganado y empeñarse en entender más allá del semblante de esos galenos sobrevenidos. Con humor si se tercia, pero sin que éste reemplace la cautela con que los miramos y nuestras posturas, explícitas e impúdicas.

    Hacer callo, sí, para que reboten en él sus inicuos emplazamientos al tiempo que nos esmeramos en mejorar los filtros que distingan el fuego del simple chisporroteo. Cuidar nuestra eficacia, no hurtarnos a las propias responsabilidades para cargarnos de autoridad moral y, desde esos postulados, volverse inmunes a fuegos fatuos y escenografías de conveniencia, sean semblantes adustos o nalgas reposadas sobre el borde de la mesa, por hablar del trasero del rey en el discurso de Nochebuena. Porque no podemos permitirnos que cualquier curandero de tres al cuarto nos dicte los remedios. Ni seguir como siempre ni un cambio radical, tal vez, pero la dialéctica entre ambos extremos puede hacer posible que las chispas no distraigan del bosque. Y es que nos jugamos mucho en nuestro tránsito por él.

     

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