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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 31
    Agosto
    2014

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    La influencia de los nombres

    En un principio, las cosas no tenían nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Es lo que se afirma en Cien años de soledad, y supongo que con los homínidos debía pasar algo parecido hasta que se comprobó la utilidad de designarlos con un sonido y más tarde unas letras que los diferenciasen, sin necesidad de tocarse o recibir una pedrada a modo de llamada.


    A partir de aquellos días, el asunto se ha ido complicando lo indecible. Podía, en algunas culturas, nombrarse por un atributo cierto o deseado para el sujeto en cuestión, dejar volar la imaginación o recurrir a la metáfora, desde Toro Sentado a Caballo Loco, Espada Flamígera o El que ve más allá de sus narices. Después, el santoral condicionó a muchos creyentes y el ego a otros tantos, descreídos o no. La quimera de perpetuarse y vencer a la muerte por medio de un apellido que nos trascienda (que las americanas lo pierdan sin decir oste ni moste no deja de sorprender), la sonoridad, la emulación o el deseo por parte de quienes eligen el nombre de que éste contribuya al éxito de sus retoños, ha convertido el tema en un filón para la investigación sociológica. Y no es mi intención, de entrada, hablar de los apellidos; siquiera por no dar caña a Cañete o rajar de algún otro que me sé, aunque me sienta obligado a mencionar ciertos detalles que refrendan la tesis de que, para conocer a ciertos personajes, no hace falta ir más allá del carné de identidad.

    Incorporar un “de” entre los apellidos denota orgullo de casta, con perdón de Podemos. Quizá por aquello —ligeramente modificado— de que, a quien Dios le de un “de”, San Pedro se lo bendiga. Sin embargo, Dolores Fuertes de Barriga prescindiría de él con sumo gusto. Por lo demás, hay apellidos que el nombre vulgariza mientras que otras veces se elige por estar en consonancia con el famoso. Si es Benítez, pues Manuel, y si Aznar, José María, aunque en este caso los padres queden retratados al igual que ocurre si al niño Paredes se le pone Armando. O Susana Horia a la chica. En tales y otros casos se facilita el apodo, algo de poco respeto o propio de ambientes cerrados, rurales, aunque pueda caracterizar a familia y descendientes tanto o más que un preclaro linaje. Por no sacar a colación algunos alias de entre los que conozco, recurriré a los mencionados por otros, y así, el Tetas o el Amén, de Marsé, son suficientemente descriptivos. Al igual que “las guindillas”: un par de solteronas descritas por Delibes y de las que nadie supondría la amabilidad necesaria para un buen estar en su compañía.


    Pero volvamos a los nombres propios, objeto de la columna. Es creencia extendida que la elección puede condicionar el futuro del portador; que el nombre te hace en alguna medida y que, para triunfar en la vida, no sólo hace falta ser tonto y tener buenas maneras, sino poseer un nombre rimbombante. Lo apuntaba Voltaire de quien por cierto, y por apellidarse así, nadie supondría que iba por derecho. Tampoco se esperaría rapidez de reflejos en quien se llamase Pausanias como el asesino de Filipo de Macedonia, y de encontrar a Virtudes en una casa de lenocinio, tal vez alguien la interrogase sobre su abdicación moral. Se deduce de todo ello que el nombre puede generar prejuicios o expectativas sobre las conductas e incluso el físico del portador y, como ejemplo, el fallecido escritor Javier Tomeo renunciaba explícitamente a imaginar, de cualquiera llamada Nicolasa, que tuviese el trasero como una plaza de toros. Peculiar asociación, ciertamente, porque es más obvio inferir la anglofilia de esos venezolanos o cubanos que han llamado a sus hijos Yesaidú (por Yes, I do), Uotisdís, Usneivi o, por el agobio de la canícula estival, Kelvinator. Para refrigerar el entorno.


    No me negarán que, por ese camino, los padres se definen un algo sin que sea preciso el psicoanálisis, y que los hijos pueden cargar con un marchamo que asombre, despierte la curiosidad o provoque una sonrisa. En esa línea, nuestro futuro depende pues, en cierto modo, no sólo de los aconteceres micro o macroeconómicos, sino de las ocurrencias de nuestros ancestros, y ese es el motivo de una digresión (superficial, y es que con semejante calorina uno no da para más) que puede aportar algo de luz adicional en estos tiempos de zozobra. Y ya ni les cuento si es el abuelo quien entra en juego para dictaminar, rotundo, que el nieto sólo heredará su reloj, valioso y con cadena para el bolsillo del chaleco, si se llama como él: Policarpo o Pantaleón. Y de tratarse de la abuela, la niña heredará las joyas si es Sinforosa. O Apolonia, porque la moda de las Vanesas vino mucho después y de la mano con las revistas del corazón.

    Por cierto, y en mi caso, lo de Gustavo procede al parecer de la afición de una tía paterna por el romanticismo de Corín Tellado. Aunque podría haber sido peor, o eso me obligo a pensar cuando veo a la rana, mi tocaya. Cualquiera de estos días me pongo un “de” por ahí en medio, más que nada por ver si se me abren otras puertas. Aunque la inclusión deberá ser gratuita, claro. Que no está la cosa para dispendios.

     

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