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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 12
    Octubre
    2014

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    El centenario de unos para memoria de otros

    Aniversarios y conmemoraciones refrescan la memoria. Pero no sólo con relación al personaje o suceso en cuestión sino que, muchas veces, el recuerdo se expande y lleva, sin pretenderlo, por asociaciones y remembranzas distintas para cada uno de nosotros.


    Quizá sea cierto que uno empieza a envejecer cuando gusta de efemérides que le permitan, con nostalgia, encaramarse de nuevo al pasado que vivió y del que lo/el homenajeado puede ser únicamente la punta del iceberg. Yo me he dado ese paseo a propósito de un par de centenarios: el del nacimiento de Bioy Casares y, sin luto, los cien años que cumple, vivito y coleando, el magnífico, provocador y heterodoxo poeta chileno Nicanor Parra. Me podrán decir que, en el ámbito de la literatura, este año se cumple un siglo de otras defunciones o nacimientos igualmente merecedores de un cable contra el olvido. Murieron en 1914 (y además en plena juventud), el poeta George Trakl (27 años, por sobredosis) o, con 28, Alain Fournier, el autor de El gran Meaulnes. Y en ese año nacieron, entre otros muchos millones (“los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de seres humanos”, afirmó con ironía el Bioy que hoy gloso), Julio Cortázar, Octavio Paz o Marguerite Duras. ¿Por qué, entonces, Bioy y Parra? Pues debido a lo que me han evocado. Ahora les cuento.

    En ambos casos se trataba de mujeriegos impenitentes y, aunque ello no implique un plus de atracción, sí autoriza a suponerles una inquietud existencial que excita la curiosidad. Bioy Casares, dos hijos antes de casarse con Silvina Ocampo. Y amante de Elena Garro, esposa a su vez de Octavio Paz. En cuanto a Parra, cinco compañeras, incluida Andrea Lodeiro en los años noventa. Pero se me ha ido el santo al cielo ya que, lo dijo Barthes, quien escribe no es quien existe. Y estoy de acuerdo, de modo que a lo que iba. Bioy fue autor de una obra, si no extensa, de indudable calidad, y sus novelas y relatos, irónicos unas veces y otras transitando una seductora fantasía, dan para pensar en varias direcciones. Así, La invención de Morel (su primera novela, en el año cuarenta), comienza así: “Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro”. ¿Acaso no se daría cualquier balear con un canto en los dientes por poder decir lo mismo? Y de su visión anticipatoria de lo que ha venido sucediendo en estos lares (y estoy pensando, entre otros sonados rifirrafes por aquello de no enmendalla, en el TIL), el título de la que publicó en 1969 es buen ejemplo: Diario de la guerra del cerdo.


    Sin embargo, y más allá de cautivar por su metafórica cercanía a cuanto por aquí acontece, Bioy Casares brilla, para mí, por ser el íntimo amigo de Borges. Y es a éste (por otra parte su gran admirador y con quien publicaba historias de crímenes con el común seudónimo de Honorio Bustos Domecq) a quien me remite cuando se le menciona. Bioy es sin duda un referente, pero nunca he pensado en él sin que Borges surja y se convierta al poco en protagonista de mis evocaciones; la Ocampo cederá su lugar a María Kodama y, a El sueño de los héroes —aseguran los entendidos que es su mejor novela—, se sobrepondrá cualquier otra de aquel ciego genial, si se exceptúa su trasnochado conservadurismo.


    Y algo parecido me ocurre al leer o saber de Nicanor Parra, tal vez el poeta más innovador que ha dado Hispanoamérica. Me atrae sobremanera esa deriva coloquialista en alguien de tan sólida formación científica; me imanta la “antipoesía” (“la poesía está en cualquier sitio excepto en los versos de los poetas”, sugirió) de ese profesor de física y matemáticas, ex director de la escuela de ingeniería en su país, o sus veinte años de silencio —a partir de 1985— que terminaron, ya con 92 cumplidos, al publicarse Discursos de sobremesa. No obstante, y al igual que Casares me lleva de la mano a Borges sin transición, Parra es el preludio de su hermana menor, Violeta (suicidada en 1967), y la puerta que abre aquella época de contestación y esperanzas fallidas. Con Nicanor Parra se viene de inmediato la cantautora y, con ella, el tarareo de algunas que se hicieron mundialmente conocidas y popularizadas aquí, entre otros, por Serrat y Sabina: El rin del angelito, Yo canto a la diferencia o Gracias a la vida. Y a su través, el compromiso político de tantos esforzados hasta que indefectiblemente emergerá Víctor Jara y su asesinato, seis años después de la muerte de Violeta Parra, a manos de los sicarios de Pinochet.

    He querido significar, en resumen, que en el ámbito de las letras, como en otros muchos, recordatorios y cumpleaños son también los cabos de una madeja que llevan a nuevos parajes de canto, alegría o lamento. Y muchas veces como partes de una trama que no es preciso, ni vale la pena, ordenar. Basta con revivirla. Así me ocurre con Bioy Casares y Nicanor Parra entre otros muchos y, a buen seguro, también a ustedes con iguales u otras espoletas para mirar atrás. Aunque, quizá, la edad ayude.

     

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