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Blog A tiro - María Elena Vallés

María Elena Vallés

Periodista de Cultura en "Diario de Mallorca". Comencé en "El Mundo-El Día de Baleares" en la misma sección. He colaborado en algunas ocasiones en espacios culturales de IB3. Twitter: @ElenaValles

Sobre este blog de Cultura

Este blog es en principio un recopilatorio de los artículos de opinión y análisis sobre la actualidad cultural de la isla que se publican los domingos en "Diario de Mallorca" bajo el epígrafe "A tiro". En la medida de lo posible, se actualizará con más frecuencia.


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  • 27
    Julio
    2015

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    Cultura Mallorca

    LA ENTREVISTA MÁS “METAFÍSICA” DE KIKO AMAT

     

    LA ENTREVISTA MÁS “METAFÍSICA” DE KIKO AMAT

     

    KIKO AMAT/ Escritor y periodista

     

    “Hacer lo que me sale de los huevos el resto de mi vida es algo contra lo que lucho”

     

    Autor "de clase obrera", presentó el pasado viernes en Literanta ´Chap Chap' (Blackie Books), una osada y acaso imprudente antología confesional que reúne sus mejores y peores artículos periodísticos. El acto, organizado por la publicación digital 40 putes, terminó con el cronista de Sant Boi de Llobregat en los platos del Novo Café Lisboa. Su voz es una de las más explosivas y pasada de vueltas del articulismo cultural y la narrativa española. Las mismas armas afiladas y mordaces de chico de barrio campan por sus fueros en sus novelas –Rompepistas o Cosas que hacen BUM– y en sus columnas tronchantes. Atropellos a ancianos, vasectomías contadas al detalle, diatribas contra los heavies y otras yerbas componen el tocho de este periodista con un vasto lenguaje de bar y juicios categóricos. Kiko Amat tiene una historia para cada tatuaje de su piel y se sorprende a sí mismo mientras enfila un parlamento en el que reparte estopa. Sobre todo contra sí mismo. Entre pregunta y pregunta, sorbetea la caña que tan bien le han tirado en el Mavi de 31 de diciembre. De fondo, la conversación sobre discos raros de Joan Cabot y Àngel Romaguera.  Luego se une Marina de Literanta y apagamos la grabadora. "Mándame la entrevista, por favor, que ha quedado muy metafísica”, espeta Amat a su interlocutora.

     

    Reconoce abiertamente que el criterio de elección de este ómnibus de artículos ha sido la diversión. ¿Es lo que le impulsa a escribir?

    Santiago Lorenzo, que es un novelista que me encanta, me dijo que en las librerías debería existir el género “no-aburrido”. Y creo que es una definición óptima para lo que hacemos. En narrativa y articulismo hay cinco o seis cosas que son claramente el enemigo: la babosez, la cursilería, la ampulosidad, la presuntuosidad, el cripticismo y el escribir desde una atalaya de superioridad moral o intelectual. Las frases que no se entienden no son más profundas que las que se entienden. Éste es un engaño que le han predicado al vulgo desde el principio de los tiempos. Hemingway y Faulkner se pelearon mucho por esta cuestión. Faulkner comentaba que Hemingway utilizaba palabras baratas, que las sabía cualquiera. Y Hemingway le contestaba: ¿te crees realmente que una esdrújula rara hace que sea más guay tu texto? Prefiero las palabras de tres dólares, son las que entiende la gente. El texto será igual de elevado, inspirador, te conmoverá igual, te hará reír o llorar igual. Por supuesto, hay que tener un vocabulario riquísimo para hacer lo que hacemos. La diferencia está en ir a impresionar. Conozco a muchos autores a los que se les nota que uno de sus deseos finales es impresionar.

     

    Ellos pueden pensar que usted también busca epatar con su estilo, que en ocasiones es faltón.

    –Sí. Pero no funciona así. Cuando te dicen que vas de rebelde desde la cultura seria, la gente no ha entendido el bagaje que va detrás de los escritores de clase obrera como yo. No estás rechazando la alta cultura, sino que ni sabías que existía ni forma parte de tu canon. El mío se enriquece por otras vías. Venimos de otra tradición y de otro mundo. En mi mundo se hablaba así: con procacidad, las herramientas se afilaban oralmente, era un mundo violento en el sentido de que era un mundo en perpetua tensión, y lo que hacíamos mis amigos y yo era buscar todo el día maneras más imaginativas de insultar al prójimo. En este sentido, mi voz va a ser inequívocamente soez.

     

    Juan Marsé también es de barrio y no resulta soez.

    Juan Marsé venía de barrio y efectuó un proceso de desclasamiento que fue el que padeció todo el mundo que empezó en los 70 con la gauche divine. Esta gente se fascinó inmediatamente por el mundo editorial, que era evidentemente de clase media-alta. Entraron en el bullicio de los cócteles... Yo no digo que se vendieran. Yo hubiese hecho lo mismo. Esto no es una condena moral. Lo que les pasó es que publicaron de más jóvenes. Cuando me llegó la posibilidad de publicar en Anagrama, la época había cambiado y yo ya estaba hecho. Tenía una clara conciencia de pertenencia a una subcultura, a una cierta clase. A mí no me impresionó ese mundo. Por tanto, yo no he perdido la voz. Sigo estando en Sant Boi [de Llobregat].

     

    ¿Por qué piensa que transformar la voz es perderla?

    –En mi caso, la voz de mi primera novela se parece sospechosamente a la de la última. Lo que mejoras son las formas de explicar esa voz. Yo no siento ningún tipo de admiración por la alta cultura. Pienso que los autores de los 70 se vieron obligados a demostrar en los templos de la cultura seria que tenían el carné de lecturas suficiente y que habían leído a los modernistas. Yo no tengo que demostrar eso. Me la sudan los modernistas. Me la suda Beckett. Me paso por la rabadilla lo que dice James Joyce. No me interesa, no forma parte de lo que yo soy, ni de mi cultura, ni de nadie que yo conozca.

     

    ¿Ha leído a Joyce?

    –Por supuesto. Me he leído todo lo que odio. Primero me lo leí, después pasó a través de mí como una ventosidad y luego comprendí que eso no tenía nada que ver con mi mundo.

     

    Entonces, ¿sólo le interesan los autores que se parecen a usted?

    –Muchas cosas no se parecen a mí ni puedo emularlas, pero me gustan y me interesan porque hay un espíritu que es común en todas ellas: la no pretenciosidad, ser económico con el lenguaje, etc... Todos mis ídolos y maestros rechazan el cripticismo gratuito y la artificiosidad pirotécnica.

     

    ¿Necesitaba revisitar todos sus artículos para avanzar?

    –Me ha sido útil para avanzar espiritualmente pero ni articulística ni narrativamente. Es una antología confesional [así se subtitula] pero también podría haber sido una biografía en artículos. Se cuentan partes vastas de experiencias vitales y de bagaje, y cosas catastróficas y gloriosas que me han pasado. Por tanto, sí que sirve para hacer una especie de inventario moral. Pero es que he cambiado de idea sobre esto constantemente. En 2009 estaba convencido de que la salvación y la redención eran posibles. Y ahora he vuelto a pensar que no.

     

    ¿Qué ha pasado ahí en medio, entre esos años?

    –Es una buena pregunta que no puedo contestar. Pero sí creo que siempre eres lo mismo. Lo que eres está marcado a fuego. Nada en el mundo lo cambiará. Entonces pasas épocas de mayor benignidad. Incluso llegué a tatuarme “salvado” porque creía que estaba genuinamente salvado, y no  lo estoy para nada.

     

    En Chap Chap confiesa que encontró la benignidad.

    –La encontré y la volví a perder. No puedes confiar en la salvación. No creo que funcione así. Esto lo he hablado con muchos autores. Lo hablé también con Steve Earle, que salió en The Wire, ¿has visto The Wire?, y hace del que lleva un grupo de narcóticos anónimos. Para él redención y salvación son términos tan extremos porque fue heroinómano, para él son términos que implican algo cósmicamente mayor que para mí. Para él sí implicaba hacer esto o morir y él cree que sí se salvó de morir. Para mí es otra cosa. Para mí la salvación implica ser un hombre mejor, un mejor tipo de hombre. Y eso no creo que esté en mi mano siempre. No soy particularmente benigno. Digámoslo así. Tampoco soy Goebbels. No tengo un patio lleno de víctimas ni nada de eso. Mi mujer siempre dice que sólo tengo dos atributos. Eso para empezar es un poco faltoso. Dijo que eran la autoconciencia: no me engaño sobre quién soy. Y la otra es que me importa un bledo lo que la gente piense de mí. Que está bastante bien, pero a los psicokillers también les importa un bledo lo que la gente piense de ellos. Es decir, es algo que puede desembocar en un nihilismo total. Lo que sí sé es que soy autoconsciente y no tengo la menor duda de quién soy. Pero conoces a mucha gente que no lo es. Alguien que te habla de sí mismo como si fuera otro pavo... Eso es alucinante. Es muy común la falta de autoconciencia. Y me fascina. De Chap Chap se pueden decir muchas cosas, pero no que sea un libro no autoconsciente. No trata de erigir un mito sino más bien de torpedearlo vilmente.

     

    Kiko Amat es un personaje de ficción en Chap Chap.

    –Puede verse así, claro. Pero eso tiene un matiz. En internet ves gente que se fabrica personajes que son diametralmente opuestos a como son ellos. En mi caso no es así. Mi personaje es una hipérbole de mí, es exactamente igual que yo. He exagerado lo peor de mí con intenciones cómicas.

     

    ¿Todo lo que toca lo convierte en columnas disfrazadas?

    –Sí. Julio Camba decía que todo lo que él pensaba eran columnas. El columnismo para mí es la forma de periodismo que más obedece a mi naturaleza. Admiro a los periodistas de verdad, a un tío que vaya a Gaza y entienda la situación y la sepa explicar. Pero yo no soy así, soy otro tipo de fulano. Ellos tienen una disciplina y la nuestra es otra distinta, que es la autodisección, la autodefenestración, el comentario crítico de tu entorno, la explicación de tu bagaje de forma chispeante y cómica. Es una tradición claramente e innegociablemente en primera persona, vivencial.

     

    En el libro, elabora un teorema sobre el articulismo.

    –Sí, en ese teorema aparece también la cuestión de la dureza. Una voz dura que no hace falta que sea la de los propagandistas del Tercer Reich, pero ha de serlo y eso puede hacerse de muchas maneras. Se puede ser duro pero el que quede peor en el artículo, y éste es otro de mis mandamientos, seas tú. Aquí hay un claro error de concepto. Mucha gente tiende a ser procaz pero por encima del otro. Es un error habitual y que se puede cometer muy fácilmente. A mí me ha pasado.

     

    ¿En el artículo sobre los heavies, por ejemplo?

    –Sí, en ése. Que dices algo con condescencia y eso es una tragedia. Lo que pasa es que aquí es una tragedia que acaba resultando cómica por todo, y que aparte hay que explicar por el momento de delirio y demencia del autor. Pero es un error de posicionamiento. Al final del artículo, tú no puedes tener la última palabra. Tienes que quedar como el humano más risible e infalible de todo ese universo. En el camino, como decía Camba en la cita que recojo, tirarás un par de piedras al vecino huerto de hortalizas, pero la imagen final de ti debe ser la de un tío lleno de cicatrices, que tropieza y que es completamente falible y que no podría hablar aunque quisiera con altivez. Lo que no quita que no puedas ser mordaz y que puedas decir burradas y salvajadas. Pero partiendo de que tú eres un ñu perdido y desorientado en este mundo como cualquier otro transeúnte.

     

    ¿Hay demasiados refritos en la prensa?

    –Sí. Es horrible y repugnante, pero también inevitable. Miramos a culturas que son tan guays que ¿cómo no vas a tener la compulsión de inspirarte en un artículo de The Guardian si ese artículo es claramente tan guay? Entiendo que aquí broten los refritos. Porque para mí somos una nación claramente inferior a la inglesa culturalmente. Lo que pasa es que la gente lo hace con despreciable jeta y de una forma autocongratulatoria.

     

    El editor ha aceptado incluir sus piezas más vergonzantes. ¿Cómo le convenció?

    –Claro, pero sólo con la condición de que había que explicarlas. No brotamos de debajo de níscalos, todo tiene un contexto. El contexto lo es todo. Ésa es la frase tatuable. Tengo muchos ídolos a quienes he copiado mil veces pero nunca he visto a nadie de mis ídolos poniendo sus peores artículos en un libro. Ni ellos han tenido los huevos. Hay que estar medio demente para hacer algo así. Y enfrentarme a ellos no ha sido nada divertido.

     

    ¿Por qué lo ha hecho?

    –Lo he hecho para entenderme, para que mis lectores me entendieran más de lo que ya me entienden y para entender las cosas que me han pasado y para entender la visión que tengo del mundo. Y porque es divertido ver a un tío perdiendo la razón como yo lo hago en el artículo de los heavies o en el de las tiendas de discos. Mi lista de las tiendas de discos de Barcelona es la nota de suicidio más larga jamás escrita. Es un suicidio en ciernes. A todas luces es un pavo quemando todos los barcos y puentes de su ciudad, enemistándose con todo el mundo que conoce. Porque todo el mundo que yo conocía trabajaba en tiendas de discos.

     

    Pero a usted le importa un bledo lo que piensen de usted.

    –Cierto, no me importa, lo que no tiene nada que ver con que no sufra remordimiento, culpa, etc. Chap Chap es un intento de decir “mirad este nota, qué loco estaba”, pero tampoco es un acto de contricción exactamente. No espero el perdón por estos artículos en concreto. No estoy esperando a alguien que venga y me pose la mano encima y me lave de mis culpas. No funciona así. Nadie puede limpiarte tu culpa. Se trata sólo de una testificación de “esto fue así”.

     

    ¿Le ha perdonado alguien?

    –No. Creo que si algo obedece a incluirlos es precisamente que la gente entienda lo que pasó. Yo quería explicarlo.

     

    ¿La honestidad es lo más importante en su escala a la hora de escribir?

    –Sí y no. Porque como bocazas de bar y mentiroso patológico, la hipérbole y la explicación de la historia, la tendencia a la magnificación de la historia que estás contando, que me viene directamente por vía oral de hablar en bares, las empleo pero no para quedar como el más guay, sino porque tu historia era la que tenía que dar más risa de todas. Aunque fuera el gatillazo de la noche pasada. En el fondo, te debaja mal claramente, te dejaba como un tío con blandura penil. Pero tenía que ser la más divertida y por eso la embellecías. Por eso no hay un compromiso con la verdad como la que podría tener un tío documentando las guerras del narco en Tegucigalpa. Yo no tengo este compromiso con la verdad. Nick Cohn, que es mi autor favorito hablando de música pop, de novela no tanto, no sé quién dijo sobre él que no deja que la verdad se entrometa en una buena historia. Es así. Y las historias orales se deforman y con tus amigos ya sabes que la historia final que ha quedado no es exactamente la que pasó, pero es tan guay la contada. Es claramente la mejor. Por tanto, yo tampoco dejo que la verdad se entrometa en una buena historia. Eso lo sabe todo el mundo que me conoce. Con lo que eres honesto es con tu emoción y contigo mismo, y así no eres un puto cínico. He ahí otro de mis mandamientos: no ser un cínico. Una cierta ironía y sarcamo está bien, pero la ironía puede matar. Es venenosa. Hay cosas que no son ironizables. Y la ironía puede desembocar en altivez. Si hay un compromiso es contra el cinismo. El postmodernismo por definición es cínico. No hay un eje, es un estado de perpetua confusión, no hay bien ni hay mal. Es amoral. Yo me cisco en todo eso. Yo vengo de una tradición antipostmoderna. Hay una moralidad aunque no llegues a ella. Puedes pasarte una vida intentando alcanzarla y no llegar, como yo. Pero existen la rectitud, la benignidad, el bien y el mal. Hay cosas que hay que hacer y otras que no. Hay una forma de ser un hombre y una forma de no ser un hombre. Hay una cosa que es valentía y otra que es cobardía, aunque hagas cosas de cobarde constantemente, pero lo sabes. No es algo que flota en el éter de la postmodernidad. Cometeremos actos de cobardía diariamente, pero nunca te irás a la cama sin saber que los has cometido. Oye, me estoy poniendo muy metafísico en esta entrevista. Pienso mucho sobre estas cuestiones. Lo más importante es comportarte con coraje y ser un hombre. Pero la base de todo esto es ser consciente de qué es serlo. Y que si tropiezas en el intento, y te hundes o dañas a la gente que te rodea, al menos seas consciente de todo ello, qué ha pasado, quién eres tú, cuál es tu entorno, cuál es tu historia, qué intentas alcanzar, cuál es tu ideal. Tiene que haber un ideal en la vida, aunque no lo alcances, si no, no hay ninguna razón. El postmodernismo lo ha eliminado. Pero yo pienso que sí, que tiene que haber un ideal moral. En la vida hay una moralidad y una verdad.

     

    Habla como un burgués.

    –No. Pero tengo claro que hay cosas morales e inmorales. Y que lo que dice Foster Wallace y toda su petulencia son mentiras. Hay una verdad clarísima.

     

    ¿Entonces prefiere a su amigo Jonathan Franzen?

    –No me identifico con esta gente. No les admiro claramente. Podría admirarles técnicamente como podría admirar a alguien que salta algo muy alto. De hecho admiraría mucho más a alguien que salta algo que a Foster Wallace. Como enclenque, el atleticismo me impresiona un montón. Son escritores que me parecen aburridos. Sí escriben más o menos bien, pero les falta emoción. Todos mis autores son inequívocamente emocionales, eso no quiere decir que sean histriónicos. La comicidad también es importante. La tragicomedia es uno de los grandes géneros para mí. Para mí no hay nada mejor que Caída y auge de Reginald Perrin. Esos son los libros que yo querría haber hecho. Explicar un suceso tremendamente terrible de desamor y de banalidad suburbana e incapacidad y mediocridad y ser un pésimo padre y explicarlo que haga reír, sin victimismos, sin melodrama... Que te haga reír y que te conmueva a la vez. Eso es ultracomplicado.

     

    La edición española de la Rolling Stone deja de editarse. ¿Nos perdemos algo?

    –Me estás pidiendo que insulte a la Rolling Stone. Yo nunca he sido fan de la revista. No puedes llorar las cosas de las que no eras fan. Me jodió mucho más que se acabara Smash Hits, que era el equivalente de la Super pop, pero mucho mejor, claro, porque era inglesa. La Rolling era muy rock.

     

    Escribió una crítica de Spiritualized en su actuación de una de las ediciones del Primavera Sound sin haber visto el concierto. ¿Escribir sobre algo que no vio no es estafar?

    –Sí. Lo digo directamente. Puedes decir que no respetas el formato del festival. A mí el Primavera Sound me parece obsceno, lo detesto, no me parece un formato para el pop. Dicho esto, también obedece a que soy un jeta. Porque también lo habría hecho con otro festival más pequeño que el Primavera. Si contradecía mis deseos, es posible que lo hubiera hecho también con un festival pequeño y guay en aquella época.

     

    ¿Sólo escribe o hace lo que desea?

    –No, no, no. Eso sonaría a estar enloquecido por la farlopa. Hacer lo que me sale de los huevos el resto de mi vida es algo contra lo que lucho. Es uno de mis demonios. Es ese egocentrismo y egoísmo salvajes, sí. Me parece la peor lacra de carácter. Por eso cuando leía a los individualistas y anarquistas me flipaban tanto. Porque justificaban mi discurso. Algunos de sus autores decían: “Lo que tenemos que hacer es una sociedad de egoístas”. Y yo pensaba, “la hostia”.

     

    Columnista que apenas escribe de política.

    –No, pero soy de extrema izquierda.

     

    Eso no casa con su egoísmo.

    –Esa es otra contradicción. Mi idea de progreso se parece mucho a la de cierta izquierda radical. Pero mi bagaje, mi cultura, mi panda y como soy yo están completamente en otra parte. Somos farreros enloquecidos que no aguantarían ni un segundo en una asamblea, gente que en el instituto estábamos a punto de zurrar a los hippies que venían a darnos la chapa. Yo soy antihippy de tradición. Con Antonio Baños lo hablamos: hay una parte de la izquierda que es blanda. Pero yo no puedo con la blandura. Blanda que parece estar pidiendo perdón todo el rato, políticamente correcta, esto es el perfecto opuesto de todo lo que yo pienso. Y aunque suene horrible y suene militar, la izquierda tiene que ser viril, súper dura y tiene que ser capaz de responder a las armas con armas. Y no hablo de armas físicas, me refiero a armas orales.

     

    ¿Ve algo de todo eso en Pablo Iglesias?

    –También veo algo de esto en gente que admiro, como David Fernàndez de la CUP, pero son súper correctos en su discurso: él, ella... Hablar así claro que es una forma de contrarrestar el machismo, pero se acaba... El caso de Fernàndez es un mal ejemplo porque a él le admiro y me parece un tipo increíble. Pero todo este discurso tan correcto tiende a ablandarlo todo. Y esto de que haya un canon izquierdista también me parece un espanto. ¿Porque soy antifascista he de pensar en delfines todo el rato o comer tofu? Esto no obedece a ningún tipo de racionalidad. Los anarquistas de los años 30 no tenían nada que ver con esto. Bueno, algunos sí, pero eran nudistas, que es mucho más divertido. También había movimientos de abstemios. Pero también había muchos que eran unos tajas, unos calaveras, unos vivalavirgen.

     

    –“La gente que no bebe se toma la vida demasiado en serio”, escribe en una de sus crónicas. Lo lamento, pero no estoy de acuerdo.

    –¿Sabes qué pasa? Que el beber favorece el pensamiento abstracto. Beber demasiado lo que favorece es el despiporre y el divorcio. Pero en su justa medida y si eres un tío tan nervioso como soy yo, favorece el pensamiento abstracto y la desligadura de los correajes de la cotidianidad. ¿Sabes esas pequeñas preocupaciones que en el fondo son súper banales y que yo nunca superaría si no me tomara un par de tragos? Y entonces pienso: por qué me he estado preocupando por esa mierda. No tiene ninguna importancia. Yo no llegaría a este estado de iluminación si no fuera porque me he ido a tomar unas birras con los colegas.

     

     

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