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Agricultura ecológica y multicultural

Maria González y Baris Doganay han establecido en Manacor s’Hort den Conies, un compendio de lo aprendido en distintos países

Maria González 
y Baris Doganay, 
con sus hortalizas 
ecológicas en s’Hort den Conies. |  S.SANSÓ

Maria González y Baris Doganay, con sus hortalizas ecológicas en s’Hort den Conies. | S.SANSÓ

Cuando dos trotamundos se encuentran pueden suceder dos cosas: que continúen su camino nómada o que finalmente se asienten en algún lugar consensuado, para desarrollar allí todo lo aprendido previamente de sus kilómetros. Y aunque las dos historias se ajustan a lo sucedido, nos quedaremos con la segunda. Maria González (Palma, 1982) y Baris Doganay (Bahadin, Turquía, 1974) se conocieron en Berlín, en la confluencia de dos viajes paralelos desde Asia. Ahora, diez años después, han asentado una pequeña empresa de agricultura ecológica (con tienda y distribución por cestas incluida) donde el concepto de kilómetro cero es literal.

Bajo el nombre de s’Hort den Conies, por vinculación familiar con la possessió que queda al otro lado del pueblo, la finca, aún estando ya en el campo, se sitúa a apenas 200 metros de la ciudad de Manacor, muy cerca de s’Hort des Correu (finca ahora sin uso y que hasta hace dos años era famosa por sus dos vimers mágicos). «Mi familia ya había cultivado hortaliza aquí hace años», explica Maria, «incluso en la década de los 60 hubo una vaquería», pero poco a poco, a medida que el campo mallorquín se fue abandonando, su actividad decreció hasta pasar solamente a cultivar cereal sin demasiadas pretensiones.

«Cuando llegamos hacía ocho años que no había animales y que la casa estaba abandonada, así que decidimos emprender un proyecto de recuperación, con la clara intención de que fuera ecológico y sostenible». Y es que Maria, al terminar sus estudios secundarios, emprendió una etapa de viajes por el mundo que la pusieron en contacto con el medio rural. Trabajó en granjas en la India, Nepal y Dinamarca: «Des de entonces supe que algún día tendría mi propia granja ecológica».

«Cuando tenía 18 años me fui porque quería conocer mundo, experimentar otras formas de vivir, así que primero marché a la India y después a Nepal, donde empecé a trabajar para una ONG que ayudaba a los agricultores locales, realizando un voluntariado en diversas granjas. Allí experimenté la permacultura y a enseñar técnicas a agricultores locales». Unos conocimientos tradicionales que pudo aplicar después en una explotación ecológica en Dinamarca, «lo cual fue muy inspirador, me di cuenta que podía volver y aplicar todo lo aprendido».

Para Baris, aunque su aventura tuviera menos escalas, fue incluso más vital. Nacido en un pueblo de apenas 500 habitantes cerca de la capital turca de Ankara, pronto tuvo que emigrar a Alemania forzado por la presión a la que el presidente Erdogan ejercía (y sigue haciéndolo) sobre las minorías que no comulgan con la religión musulmana tradicional. «En realidad no somos muy religiosos, tenemos una cultura muy comunitaria basada más en ritos y en la ayuda común, sin que la figura de la Iglesia tenga mucho peso», recuerda Baris, que pertenece a los alevíes, un pueblo diseminado y que alcanza también a otros países y zonas vecinas como el Kurdistán. Son un grupo etnorreligioso islámico heterodoxo de enseñanzas místicas y orales.

«En Turquía ya cultivábamos cereales y legumbres con mi abuelo; ya que en realidad es complicado tener un huerto de hortaliza y frutales porque es una zona con grandes cambios de temperatura, donde se pasa rápidamente del frío al calor intensos».

De esta forma y después de dos años previos en Barcelona y dos hijos, volvieron juntos a Mallorca: «La mujer que se encargaba de la casa ya estaba mayor y se retiró. Eso, unido a que al ser de muchos familiares la finca no se podía vender ni alquilar, hizo que nos decidiéramos: ¡Esta es la nuestra!».

Bajo un sistema de regeneración y oxigenación rotatoria de la tierra, Maria y Baris han asentado un sistema basado en la hortaliza, los cereales y las legumbres con la incorporación de gallinas y cerdos (por lo tanto, huevos y sobrasada), «y la próxima inclusión de abejas para poder tener miel», además de fruta de temporada como higos, ciruelas, nísperos o albaricoques, pan recién hecho «y a la espera de tener el registro sanitario para empezar a elaborar confituras». Seis hectáreas que cultivan entre los dos y cuyo producto va a parar al consumo de proximidad.

«Llevamos apenas un mes con la tienda física abierta y estamos francamente muy ilusionados», dice Maria, que recuerda que también salen a vender cada sábado al mercado ecológico de Palma y que cada miércoles reparten los pedidos que llegan a su web (ca.hortdenconies.com), donde se pueden ver los productos a escoger y entre los que también están vinos o cocarrois. «Aunque parezca lo contrario, ahora no hay mucha salida para los productos ecológicos… Venimos de una crisis sanitaria que también ha perjudicado económicamente a muchas familias, a las que ahora les cuesta más comprar alimentos, que aunque sean mejores y sepan mejor, tienen un coste mayor de producción. Por eso debemos espabilar y evitar posibles intermediarios para que ganemos tanto agricultores como consumidores», coinciden, «son productos superfrescos y a precios razonables».

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